La quimera arquitectónica de Goyeneche

Publicado el viernes, 14 febrero 2020

Natalia Velilla Antolín – Arte Puñetero.

Durante un tiempo, fui juez en Arganda del Rey, uno de los partidos judiciales de Madrid más extensos, con veintidós municipios y más de 200.000 habitantes. La Mancha Madrileña, que le llaman algunos, por la semejanza paisajística y de productos agrícolas de la zona con la de las vecinas Cuenca y Guadalajara. Uno de los pueblos que comprende –y que apenas da trabajo a los juzgados–, es Nuevo Baztán. Confieso que no tenía ni idea de su curiosa historia y, me permito aventurar, que tampoco es conocida por muchos madrileños.

 

Natalia Velilla Antolín, Magistrada - Arte Puñetero

Natalia Velilla Antolín, Magistrada – Arte Puñetero

Este pequeño pueblo, ubicado a 50 km al este de la capital de España, es una rareza histórica, con interés histórico, cultural, artístico, político y económico. Un pueblo para contar en clases de microeconomía. Debe su nombre a Juan de Goyeneche (1656-1737), natural de Arizcun, en el Valle del Baztán (Navarra). Sexto varón de una familia acomodada, se vino a Madrid en busca de fortuna, ya que, como hijo menor, no podía heredar la hacienda familiar, limitada en su expansión por leyes forales. Sirvió en la corte de Carlos II y Felipe V. El intrépido Goyeneche, que tenía la ambición empresarial familiar en las venas, era gran admirador de J.B. Colbert, ministro de Luis XIV e impulsor del racionalismo francés, corriente filosófica contrapuesta al empirismo, en la que se impone la razón como fuente del conocimiento frente a la experiencia. El racionalismo huye de los sentidos porque considera que nos pueden engañar y ama las ciencias exactas, concretamente las matemáticas y la geometría. Es de suponer que el racionalismo llevado al extremo, es la antítesis del sentido práctico de la vida. Y Nuevo Baztán es ejemplo de ello.

En 1722, Goyeneche fundó la localidad de Nuevo Baztán, en medio de un páramo deshabitado, rodeado de las vegas fértiles del Tajuña y del Jarama. Contó para ello con la ayuda de su amigo, el arquitecto y escultor José Benito de Churriguera, autor reconocido por sus retablos y, curiosamente, artista recargado y barroco, muy alejado las formas puras y la geometría. El encargo consistió en un complejo arquitectónico de 80 casas para albergar a 500 personas, que trabajarían en las fábricas de cristal, sombreros, pieles, textiles, jabones, cera, etc. enseñados por maestres extranjeros traídos de Europa. Con dicho proyecto pretendió dejar de importar manufacturas extranjeras y proveer al ejército español de productos autóctonos. Tan ambicioso proyecto tuvo poco recorrido, pero ha quedado construido para siempre, a expensas de Goyeneche. Cualquiera con mínimos conocimientos de economía es capaz de entender que el coste fijo de mantener tantas industrias en tan poco espacio y con tan poca gente es muy superior a los ingresos que pudieran obtenerse del producto de dichas fábricas. La antítesis de las economías de escala.

Al Palacio de Goyeneche se accede por una puerta en cuyo dintel figura un león (símbolo de la nobleza) que sujeta un escudo en damero insignia del Valle del Baztán, como recuerdo de los orígenes de Goyeneche, que siempre tuvo muy presentes. Unos metros a la derecha de la entrada principal, se encuentra la iglesia, que sí puede visitarse y está abierta al culto del pueblo. La fachada cuenta con una imagen de San Francisco Javier en la portada, co-patrono de Navarra y miembro de la orden de los Jesuitas, a la que pertenecía el colegio de Madrid donde se formó Goyeneche (el Colegio Imperial de la Compañía de Jesús). La iglesia, de pequeñas dimensiones y adosada completamente al palacio, tiene un retablo de José de Churriguera (¡no podía ser de otro!) con otra imagen de San Francisco Javier. Precioso retablo con una composición cromática de un templo clásico elaborado en mármol rojo y gris con la figura en el centro del Santo en mármol blanco, todo ello flanqueado por una estructura esculpida y cubierta en pan de oro imitando ropajes o telas. Una verdadera belleza, y eso que, a mí, el churrigueresco, nunca me ha gustado mucho.

No obstante, la ausencia de inversión pública en labores de mantenimiento –una pena, no puede visitarse el Palacio ni las dependencias más que en una mínima parte– merece la pena la visita. Es muy triste que, pese a ser Monumento Histórico Artístico (1941), no haya recibido ayudas para su restauración. Un pueblo creado para autoabastecerse, financiado por un noble con nobles ideas, pero poco sentido práctico. Si alguien con visión cultural lo cogiera, sería un magnífico lugar para hacer un museo o centro de interpretación de las profesiones y llevar turismo a esta zona y, de paso, promocionar el fantástico cocido de puchero que hacen los restauradores del lugar y que ya solo por eso, invita a una visita. No todo es arte visual. Los demás sentidos, como el del gusto, también sirven para reconfortar el alma.

Por cierto, curiosidad para juristas: Goyeneche también fue el fundador de “La Gaceta de Madrid” (predecesora del BOE). A él le debemos la publicidad de las leyes y reglamentos para su general conocimiento y obligado cumplimiento. Un visionario.

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