La princesa Tarakanova en su celda de San Petersburgo

Publicado el viernes, 28 febrero 2020

Natalia Velilla Antolín – Arte Puñetero.

Princesa Tarakanova

La prisión es una institución relativamente moderna, al menos en lo que se refiere a su concepción actual. Si durante etapas históricas anteriores la prisión era el lugar donde “encerrar” al malhechor, donde retenerle mientras aguardaba su juicio o para cumplir la pena impuesta, las democracias modernas como la nuestra conciben la prisión como lugar de cumplimiento de las penas privativas de libertad, tanto como un castigo por el delito cometido como para prevenir la comisión de otros delitos. Nuestra Constitución, no obstante, en la línea de otros países de nuestro entorno, dio un paso más en lo que a finalidad de la prisión se refiere, reconociendo su función socializadora o de reinserción social, aunque el Tribunal Constitucional ha admitido que las penas privativas de libertad no sólo tienen como único objeto legítimo la reeducación o reinserción social, sino finalidades de prevención general e incluso de mero castigo. En cualquier caso, las condiciones humanas en las que los presos son mantenidos en las cárceles españolas han de responder al respeto estricto de los derechos fundamentales, evitando causarles males innecesarios o condiciones insalubres, bajo la responsabilidad civil directa del Estado. Escenario jurídico muy diferente al que padeció la Princesa Tarakanova.

 

Natalia Velilla Antolín, Magistrada - Arte Puñetero

Natalia Velilla Antolín, Magistrada – Arte Puñetero

El 5 de enero de 1762 fallecía la zarina Isabel I Petrovna. Cuentan que, diez años después de su muerte, apareció en los círculos nobles de París una misteriosa mujer, culta, elegante y de modales refinados, que se decía hija de la zarina fallecida y de su amante, el conde Razumovsky. Su nombre era Isabel Alekseyevna, más conocida como la Princesa Tarakanova, la cual era una “hermosa joven de cabello rubio, mirada azul oscura, rasgos circasianos”, según cuenta el libro de G.P. Danilevsky, que narra la historia de la noble. Pedía el trono la zarina Catalina II La Grande, monarca rusa en aquel momento, una de las reinas más poderosas de Europa. Los detractores de la zarina vieron en la Princesa Tarakanova una posible sustituta que derrocase a la carismática Catalina. La zarina empezó a preocuparse por la amenaza que suponía la existencia de la extranjera, llegada con aires usurpadores, y pidió ayuda al Conde Aleksei Orlov quien, con malas artes, sedujo a la princesa. Con total cinismo, propio de películas de espionaje, enamoró a Isabel y le hizo creer que la amaba, manteniendo con ella un ardiente (y falso) romance. Atraída por el Conde con promesas de matrimonio, Tarakanova accedió a subir en el puerto de Livorno a un buque de pabellón ruso (territorio ruso, por tanto), donde fue detenida, y llevada rumbo a San Petersburgo. Al llegar a la ciudad, Catalina II ordenó su encarcelamiento en la fortaleza de San Pedro y San Pablo donde fue retenida hasta su muerte. La zarina no tuvo piedad de ella, y los guardias sometieron a la princesa a duros interrogatorios en los que reiteraba que, según el testamento de la difunta Isabel l Petrovna, ella era la legítima heredera del trono. La humedad del Neva, próximo a la fortaleza, y las condiciones físicas de debilidad de la princesa, hicieron que esta contrajera tuberculosis, enfermedad de la que murió en 1775. Hay quienes opinan que, si Catalina La Grande actuó así con la bella princesa que vivía en París, por algo sería.

El pintor Konstantin Flavitsky (1830-1866), fallecido a la temprana edad de 35 años –también de tuberculosis–, es el autor de uno de los cuadros más bonitos del romanticismo ruso, que se encuentra en la galería Tretiakov, en Moscú, pintado en 1864, aunque hay una versión del cuadro anterior, de 1862, de inferior calidad. La pintura refleja el momento en el que el río Neva se desborda, inundando la ciudad y la fortaleza. Se cuenta que en aquella época, efectivamente, el Neva rebosó, experimentando una de las crecidas  más importantes de su historia, de más de tres metros por encima de su nivel habitual. La princesa aparece desesperada, subida al catre. Por la ventana de la derecha, entre las rejas, se ve entrar el agua en cascada, anegando la estancia, una oscura celda de paredes irregulares manchadas de humedad, con el único mobiliario de la cama, a la izquierda, y, a la derecha, una mesa con una jarra y un mendrugo de pan. El agua llega al borde de la cama, cubriendo las patas. Unos ratones huyen de morir ahogados subiéndose al catre. Tarakanova languidece de pie sobre la cama, apoyada en la pared, la cabeza ladeada hacia atrás en un gesto de vencimiento y desesperación, su nacarada piel asoma por el generoso escote de un lujoso vestido de brocado marfil y levita carmesí, levemente desabrochado a la altura del pecho, y con puños de encaje. La princesa lleva el pelo suelto, un mechón reposa en su hombro izquierdo. Con su gesto transmite al espectador que está esperando la muerte, que su empeño es inútil, que morirá ahogada. La luz del cuadro es un personaje más de la composición, muy presente en el brocado del vestido, la ventana, la lana de oveja del colchón y las sábanas de la cama.

Pese a lo dramático del momento, la princesa no falleció ahogada –de hecho, la inundación del Neva se produjo en 1777, dos años después de su muerte oficial, en 1775–, sino de tuberculosis. Pero las leyendas alrededor de la princesa, llevaron al autor del cuadro a reflejar las creencias y no la realidad.

El cuadro en cuestión le valió a Flavitsky el título de profesor de la Academia de Artes y la atención de los amantes de las artes plásticas y del público culto de la época. Su corta vida le impidió ser prolífico, aunque hay otras obras del autor de gran calidad como Mártires cristianos en el Coliseo o La Corte del Rey Salomón.

Sea cual fuere el aciago final de la princesa, las condiciones insalubres de los presos, la falta de las mínimas condiciones habitacionales y las enfermedades producidas por el frío y la humedad, afortunadamente, pertenecen al pasado. El Estado tiene un especial deber de custodia de los presos, asumiendo responsabilidades civiles y administrativas como consecuencia de cualquier mal que les pueda suceder en prisión. Haciendo un esfuerzo de imaginación, el romanticismo, de haber existido hoy en día, tendría que haber buscado otras escenas trágicas y bellas en las que recrearse.

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