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El reposo del peregrino, el reposo del enfermo

Natalia Velilla Antolín – Arte Puñetero.

 

Llevo varias semanas hablando de arte, derecho y confinamiento. Creo que es de Justicia (y aquí enlazo mi discurso con el derecho), mencionar a quienes, durante los días más aciagos de esta crisis sanitaria, han sido los destinatarios de aplausos de miles de españoles. Aplausos que, en ocasiones, han sonado vacíos e hipócritas, cuando hemos sido testigos de noticias en las que algunos de estos héroes con bata blanca han sido repudiados y vilipendiados por sus vecinos o increpados en medios de transporte público.

En una España dada a las montañas rusas emocionales de endiosamiento y degradación, frases como “no todos los héroes llevan capa” acompañando a fotos épicas de personas con mascarilla, gafas y trajes de hospital, han llenado chats de WhatsApp, redes sociales y discursos públicos. Una vez que vemos la luz al final del túnel, esta sociedad de la que formamos parte se torna olvidadiza.

Los sanitarios han sido, desde que el mundo es mundo, una pieza fundamental para la sociedad. No hemos cambiado tanto: por mucho poder y dinero que tengamos, en situaciones límite, ponemos nuestra existencia en manos de desconocidos en cuya pericia confiamos. Porque, en definitiva, nuestras vidas son ríos que van a parar al mar, que es el morir, por mucho que nos empeñemos en contradecir a D. Jorge Manrique poniendo una chequera delante.

Tan importantes eran los sanitarios en el pasado, que Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, cuando visitaron la Catedral de Santiago, decidieron construir en sus proximidades un hospital, llamado Hostal de los Reyes Católicos, donde los peregrinos pudieran aliviar las heridas de sus largas jornadas del Camino de Santiago, con el que pretendían ganar la eternidad. El hospital es parada obligada tanto para quienes alcanzan El Obradoiro, a pie, en bicicleta o a caballo y se ganan la bula del peregrino, como para quienes hacen una prosaica visita a la ciudad.

Son varios los hospitales que, en España, merecen una visita por su interés artístico. A modo de ejemplo y sin ánimo exhaustivo, se pueden destacar el Hospital de la Santa Cruz y San Pablo en medio del barrio gótico de Barcelona, en estilo del mismo nombre y datado en el siglo XV; el Hospital de Tavera, de estilo renacentista, ubicado en la ciudad de Toledo; o el maravilloso Hospital-Convento de San Marcos, en León, también de estilo plateresco, como el que ahora nos ocupa, y destinado igualmente a atender a los peregrinos del Camino de Santiago. Pero el Hostal de los Reyes Católicos quizá merezca una especial mención, al tratarse de un edificio que, junto a su finalidad de dar cobijo al peregrino, el estilo artístico en el que fue construido y su inigualable ubicación, sea de una rareza digna de ser destacada.

El gótico plateresco es una derivación del gótico francés deconstruido bajo la óptica hispana de la gloriosa época de los Reyes Católicos, especialmente bajo la influencia de la Reina Isabel, motivo por el cual una de sus etapas fue llamada gótico isabelino. El plateresco, propio de finales del siglo XV, coincidió en el tiempo con el renacimiento del quatrocentto italiano, por lo que la pureza del gótico ya se había perdido, introduciendo influencias renacentistas de origen lombardo y toscano, junto con el gótico flamígero propio de los Países Bajos y con detalles mudéjares. Dicho estilo, eminentemente arquitectónico, se caracteriza por dividir las fachadas en tres cuerpos frente a los dos del Renacimiento y por utilizar detallados bajorrelieves ornamentales en las fachadas con representaciones vegetales, festones, criaturas mitológicas y figuraciones, alternadas con arte sacro propio de la época isabelina. En España, se utilizó tanto para construcciones civiles como religiosas, siendo de especial relevancia la catedral de Granada, la Casa de las Conchas en Salamanca o el Palacio de Monterrey en la misma ciudad.

El Hostal de los Reyes Católicos cuenta con el honor de ser considerado el hotel más antiguo del mundo, porque su finalidad era tanto sanitaria como de hospedaje, actividad a la que se lleva dedicando desde hace más de cinco siglos. Así, rezaba la orden de los Reyes Católicos que la ciudad necesitaba un nuevo hospital «capaz de dar cumplido y decoroso servicio a todos los devotos, enfermos y sanos que a la ciudad llegasen». No obstante, este hospital siguió funcionando como tal hasta la década de los sesenta, en la que pasó a formar parte de la Red de Paradores Nacionales. No es para menos: su magnífica fachada plateresca flanqueada por dos medallones con las efigies de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón diseñada en 1519 por los maestros Martín de Blas y Guillén Colás, impresiona a quien la admira. Está separada en tres cuerpos horizontales, en cuyo centro, un enorme arco de medio punto, da entrada al recinto. Alrededor de la puerta en arcada, dobles pilastras con ocho hornacinas que contienen las figuras de San Pablo, Santa Isabel, Santa Lucía y Eva, a un lado, y San Pedro, San Juan Bautista, Santa Catalina y Adán, al otro. Sobre el arco, un friso con los doce apóstoles y cuatro hornacinas con las figuras de Santiago, Jesucristo, la Virgen María y San Juan.

No sólo la fachada sobrecoge. El interior del edificio transmite paz, belleza y tranquilidad, especialmente si se visitan los cuatro patios interiores en dos plantas, el atrio delantero o la capilla de Enrique Egas. Fue, precisamente, a este último a quienes los monarcas, llenas las arcas tras la conquista de América, encargaron la construcción del edificio, suntuoso en concepción y ejecución.  Contaba con chimenea, caballerizas, granja, cementerio, panadería y bodega, además de disponer de médicos capaces de atender a los ingresados hasta en dieciséis lenguas diferentes. Era el mejor hospital de la cristiandad.

Lo interesante desde el punto de vista jurídico es que el hospital tenía una jurisdicción propia. Quien entraba en él, ingresaba bajo la regencia del administrador, por lo que servía de alivio a quienes trataban de eludir la acción de la Justicia. El edificio está circundado por pilastras labradas que sujetan la gruesa cadena del siglo XVI, que representa la línea a partir de la cual se concedía el derecho de asilo concedido por los Reyes Católicos. Los perseguidos de la Justicia por cualquier causa, podían traspasar la cadena y someterse al administrador del Hostal, quien debía darles protección o bien, bajo su única jurisdicción, celebrar el correspondiente juicio. Algo comparable a la inmunidad diplomática que las embajadas conceden en el extranjero a los nacionales del propio país o de países afines.

Miro el Hostal de los Reyes Católicos y su finalidad altruista, hospitalaria, y sanitaria, y mi recuerdo vuela hacia el reconocimiento a miles de sanitarios, auxiliares y demás personal al servicio de la sociedad que, durante estas durísimas semanas de pandemia, nos han regalado un tiempo y un sacrificio que trasciende la relación laboral. Aunque en unos meses la sociedad os olvide y volvamos a idolatrar frívolas figuras de papel couché, en nuestro corazón debe tatuarse el agradecimiento a todos vosotros. En vuestras manos estamos. Aunque muchas veces lo olvidemos.