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Cuando el ICAM quebró – (Tercera parte: Al final mereció la pena)

José Manuel Pradas – La Huella de la toga (segunda temporada)

 

En el capítulo anterior dejamos -como en una especie de mala serie de suspense- dos cuestiones por resolver, que vamos a despejar en este tercer episodio, dando por terminada la saga Díez Macuso.

Quedaron como digo y en todo caso, otras dos dudas importantes que hoy día, posiblemente, a bien pocos interesarán, salvo que sean amantes de estas pequeñas historias.

Por un lado, y en primer lugar, desde cuándo estaba sustrayendo el tesorero dinero para su provecho. Téngase en cuenta para poder hacer un cálculo aproximado de lo que estamos hablando,  lo defraudado superaba las doscientas mil pesetas -cuarenta mil duros decía la prensa- y que el presupuesto de ingresos del Colegio para 1916 no alcanzaba las setenta y ocho mil.

Haciendo un sencillo cálculo, es como si hubiese sustraído a sus compañeros el presupuesto del colegio de tres años. Si haciendo un sencillo ejercicio lo comparamos con el presupuesto que hoy tiene el ICAM, y que es superior a los treinta y siete millones de euros, resultaría que Díez Macuso tendría que haberse hecho con cien millones de euros para poder igualar la marca. No sé cómo sería el cálculo en pesetas o euros constantes pero, en todo caso, no es un mal pellizco.

Hablando de estas cantidades, se entiende que los dirigentes de la institución salieran como de un sueño beatífico para encontrarse con la cruda realidad y la sorpresa de que quien había causado tal desaguisado era, por así decirlo, uno de los suyos y que, automáticamente, adoptaran unas medidas, si se me apura, hasta exageradas, para el control de los dineros. Durante años, mes a mes, se rendía cuenta en Junta de gobierno por el tesorero, de los ingresos y los gastos, así como del excedente de tesorería que se iba produciendo. Seguramente, una cierta desconfianza asentó plaza en el Ilustre Colegio durante muchos años.

La segunda cuestión circunstancial que ha quedado por resolver es en qué se gastaba los dineros el diputado y fiscal del Tribunal Supremo, señor Díez Macuso. No lo sabemos. Estos trabajos que hago no dan para tanto detalle ni para realizar ninguna investigación, incluso poco profunda. Desconocemos su estado civil, cuánta descendencia tenía y de qué edad. Si se gastaba el dinero en médicos y remedios, o si, por el contrario, se le iba en juergas y francachelas, rodeado de señoritas de vida alegre, o frecuentaba algún tugurio siniestro, jugando partidas de tresillo o de bacarrá. Un periódico o libelo, no voy a entrar en sutilizas, insinuaba que compraba los votos en su circunscripción de Toro a razón de cien pesetas. Quien sabe.

Pero, a cambio de lo anterior que queda sin dilucidar, sí estaremos en la posibilidad de resolver la forma en que el Colegio se había dado finalmente por satisfecho de la suma objeto del desfalco.

Hemos visto que las casas de Madrid se vendieron por menos de la mitad de lo tasado, que incluso hubo que afrontar gastos importantes de reparaciones y de contribuciones fiscales; las fincas de Toro, en proindiviso, fueron también malvendidas y, respecto a los cuadros y los mil quinientos libros del extesorero -no debía ser mala biblioteca-, tampoco se recaudó una cantidad muy importante. En definitiva, en una Junta General de 25 de enero se hace saber a los colegiados que el saldo a favor del colegio asciende a casi treinta y siete mil pesetas.

Es entonces cuando sucede lo inesperado. Dos abogados, los señores Álvarez Guijarro y Santa Olalla, propusieron que el colegio se quedara con el códice cedido por Díez Macuso; otros colegiales optaron por su venta, pero tomó la palabra el abogado Serrano Batanero y disparó lo que hoy se llamaría una “bala de plata” -una solución simple y mágica para resolver un difícil problema-. Propuso simplemente, que “…dejándose ya de tocar para siempre el desgraciado asunto del Señor Díez Macuso se echase sobre él un piadoso velo, quedando de la propiedad del Colegio por la diferencia del saldo que en su día resulte contra el Señor Macuso el Códice antes mencionado, en cuyos términos quedaría definitivamente liquidadas todas las cuentas que dicho Señor tenía pendientes con el Colegio.

Se constituye entonces el dichoso Códice en una especie de bálsamo de Fierabrás que todo lo cura. Sobre el desgraciado asunto, recae ese piadoso velo y se demuestra la caballerosidad del Colegio. Díez Macuso se va de rositas -eso sí, algo más ligero de equipaje- para fallecer poco después, el Domingo de Ramos de 1915, solo y olvidado de todos, según dice en un suelto la revista ilustrada Summa. Otro misterio más, quizá por aquellos años ya estaba  enfermo y por esa razón no quiso el Colegio agravar su estado. Posiblemente no llegaremos a saberlo nunca.

Y nos queda la segunda cuestión que planteaba en el primer párrafo de este escrito: declarar resuelto uno de los misterios de la Biblioteca del Colegio.

Orgullo de la institución desde que el decano Cortina decidió su fundación, la valiosísima biblioteca del colegio hoy día supera los ciento veinte mil ejemplares y está atendida por un personal que posee una gran preparación y, algo aún más importante, amor a los libros. Este departamento tiene, además, acceso a las últimas tecnologías en materia de préstamo y consulta para los usuarios, lo que hace que sea muy eficaz y de gran ayuda a los colegiados.

Tiene -tenemos pues yo también la considero mía en la parte alícuota que me corresponde- seis incunables, y yo puedo dar fe, por las actas de Juntas de Gobierno, del origen de otros tres que, sin ser incunables, tienen un importantísimo valor: Los “Furs de Valencia” impreso en 1555 que fueron adquiridos en 1921; otro post-incunable, impreso en 1528, un ejemplar original de “Las Siete Partidas de Alfonso X”, que tuvo para el colegio un coste de ciento cincuenta pesetas en el año 1910. Haciendo una pequeña digresión, no puedo evitar decir que, hace ya unos cuantos años, mi esposa me regaló un facsímil que guardo como oro en paño, en recuerdo de ella y que le costó cuarenta mil pesetas; así que no parece que fuese una mala compra la que hizo el Colegio hace más de cien años por todo un original.

Y hay un tercer libro, la joya de la corona que es la “Copilación de Leyes u Ordenamiento de Montalvo”, códice del siglo XV que se puede consultar y admirar a través de la web del Colegio y su biblioteca. Inclusive, en 2020, editó el Colegio, en colaboración con Tirant lo Blanch, un interesantísimo estudio técnico sobre el mencionado ejemplar. Este libro, también disponible en formato PDF, está al alcance de quien quiera conocerlo.

Pero, aun siendo tan completo el estudio, carecía de algo que, seguramente por azar, se había escapado a sus autores: ¿Cómo había llegado el libro a los anaqueles del colegio? Ellos, después de barajar más de una posibilidad, llegan a citar un artículo de 1970 del archivero y bibliotecario de fama mundial José Tudela de la Orden que dice: “la joya de esta Biblioteca es una copia coetánea en vitela del Ordenamiento de Montalvo, de 257 folios, dedicada a los Reyes Católicos…” Se especula con que pueda proceder de los libros propiedad de Eugenio Moreno López, político, jurista y bibliófilo, pero se concluye que no hay ningún rastro en las actas del Colegio que ratifique esa procedencia.

Lamentablemente, pues cuesta rectificar a personas que aprecio y admiro por su trabajo, no es así. Me ha tocado a mí el honor -salvo que aparezca otro documento anterior que ya lo haya dicho- de haber averiguado la procedencia del libro, lo cual no deja de llenarme de alegría y a mis amigos responsables de la biblioteca del Colegio, seguro que también.

En pleno escándalo por el “asunto Díez Macuso”, se celebra una importantísima Junta el 13 de noviembre de 1913. En ella, casi ya se resuelve el misterio. Entre los libros entregados por José Díez Macuso “… se encuentra un Códice de tiempo de los Reyes Católicos que contiene el Ordenamiento de Montalvo y el señor Lostau -era el bibliotecario- lo ha llevado para que lo examinase y tasara al Director de la Biblioteca Nacional, el cual ha manifestado que allí no tenían ningún Códice de esa época, pues todos los que hay son posteriores, y por lo tanto, dada su rareza y el perfecto estado de conservación en que se halla, era muy difícil hacer una tasación justa”.

En la Junta General Ordinaria de 25 de enero de 1914 que ya se ha citado, se contiene también una referencia al incunable al decir “…y el Códice conteniendo el Ordenamiento de Montalvo que es una obra rarísima que se ha tasado por lo bajo en la suma de mil pesetas.”

Con este misterio resuelto, daremos por concluida esta miniserie cuasi policíaca, espero que al menos haya sido entretenida y donde se ha dado razón del expolio que se hizo a las cuentas del Colegio, de cómo se afrontó la cuestión para resolverla de una forma relativamente razonable y, finalmente, de cómo terminó en las cajas fuertes del colegio el manuscrito del Ordenamiento de Montalvo.

No me queda el regusto amargo de un desfalco que se pierde en la noche de los tiempos. Casi, si se me apura, habría que hasta darle las gracias a José Díez Macuso. Si no hubiera perpetrado el robo, posiblemente el Códice no estaría en el Colegio a buen recaudo y casi con seguridad o él o sus herederos lo habrían vendido o subastado y ahora estaría exhibiéndose en alguna Universidad americana, o en algún museo de cualquier estado del golfo Pérsico.

Así que bien está lo que bien acaba y como no podía ser de otra forma, adorna este artículo final una foto del Ordenamiento de Montalvo, propiedad por dación en pago de deudas del Ilustre Colegio de la Abogacía de Madrid.