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La mujer en la abogacía madrileña

José Manuel Pradas – La Huella de la toga (segunda temporada)

 

No creo que con este artículo me vaya a hacer merecedor de algún premio literario, no digamos ya jurídico, ni siquiera de un galardón en la Comunidad de propietarios de mi casa que me honro presidir. Debería quizá hablarlo con la administradora – que además de compañera abogada es amiga- para tratar de ejercer alguna influencia perversa y autoconcederme un premio periodístico creado a la medida como si yo fuese, por poner un ejemplo, el director de los conservatorios de música de alguna Diputación provincial.

Pero me apetecía poder escribir algo sencillo acerca del acceso de la mujer a la abogacía, sobre lo que ya se ha escrito mucho, pero nunca lo suficiente, y mostrar el cierto tono de paternalismo que se percibe en las actas de la Junta de Gobierno del Colegio de Abogados de Madrid en los felices años veinte, cuando se incorpora tímidamente la mujer a la más bella de las profesiones.

No he creído necesario hacer la consulta, pero estoy convencido que si hace siete u ocho años las mujeres constituían el 48% del censo de los colegiados, hoy día los varones debemos estar ya en minoría numérica en un proceso que es imparable, no sólo en la profesión de abogado, sino también en la judicatura y todas las demás ramas prácticas del Derecho. Es así; esto ya no hay quien lo pare y, además, según mi parecer, es algo más que razonable y justificable y a lo que nada tengo que objetar.

Pero claro, todo tiene un principio, una fecha en la que el contador estaba a cero y que se puso en marcha iniciando el largo camino hacia la igualdad. Y antes de que ese contador arrancara, no estará de más citar a la precursora de todo, doña Concepción Arenal. Tanta fue su influencia -cuando ya había comenzado ese camino- que en una Junta de Gobierno celebrada el 13 de noviembre de 1929, se acordó contribuir con la suma de 250 pesetas para la erección del monumento que se pensaba realizar en homenaje a su persona y que terminó instalado en el Parque del Oeste

Una Real Orden de abril de 1920 supone la apertura de los colegios profesionales a la mujer y, lógicamente sucede de igual manera con la abogacía. Quedan poco a poco atrás los tiempos de Concepción Arenal, asistiendo a clase disfrazada de hombre hasta que es descubierta, o lo sucedido con Mercedes Fórmica que debía acudir a la Universidad en Sevilla acompañada de una especie de institutriz o dama de compañía; o la misma Clara Campoamor que no pudo matricularse en Derecho hasta terminar el Bachillerato a la edad de 34 años.

Se puede hablar de una especie de póker de damas profesional que estaría formado, en orden de antigüedad, por Carmen López Bonilla, la primera mujer que terminó los estudios de Derecho en España y que no pudo colegiarse por la sencilla razón de ser pobre; Ascensión Chirivella la valenciana hija de procurador y que fue la primera mujer miembro de un Colegio de Abogados en España, concretamente en Valencia, cuando eso no era todavía posible en países como Francia, Bélgica o Italia; y completarían la combinación las conocidísimas Clara Campoamor y Victoria Kent que, con un mes de diferencia, se colegiaron en Madrid en 1925.

A finales de 1924, la víspera de la Nochebuena, “las solicitudes de incorporación de las Señoritas Doña María Victoria Kent Siano y Doña Clara Campoamor Rodríguez…quedaron aprobadas”. Poco después, el 2 de febrero de 1925, la Junta “acordó eximir del pago de los derechos de incorporación a las Señoritas Doña Victoria Kent y Doña Clara Campoamor, en atención a ser las primeras que figuran como colegiadas, dándose carácter de excepción a este acuerdo y sin que pueda considerarse como precedente obligado para casos sucesivos, dando cuenta en Junta General”. El tono paternal es evidentísimo y una prueba más de ello se obtiene cuando al mes siguiente en una Junta de 13 de marzo por el secretario “se da cuenta de la carta de gratitud formulada por la Señorita Doña Victoria Kent, acordando la Junta notificar a dicha Señorita el agrado con que ha visto su deferente atención”.

Respecto a Carmen López Bonilla -que mucho antes que sus predecesoras había pedido la incorporación y solicitado expresamente que se la eximiera del pago de los derechos que implicaba adherirse al colegio, y que había sido denegado por la Junta en su momento- en reunión de 25 de noviembre de 1930 se acordó: “Por lo que respecta a la solicitud de incorporación se esta señora, la Junta acuerda, teniendo en cuenta que han sido exceptuadas del pago de los derechos de incorporación las señoritas Clara Campoamor y Victoria Kent, por razón de equidad y en consideración a que la petición de incorporación de la señora López Bonilla fue solicitada en el año 1921, concederla la misma exención, pero sentando el criterio de que no existe disposición alguna reglamentaria que permita la condonación de la cuota de incorporación

Yo me reconozco con una cierta debilidad por la figura de Carmen López Bonilla, mujer digna de que se escriba una biografía sobre ella. Cuando realizó sus estudios con gran aprovechamiento, se encontró ante un muro casi imposible de salvar. Incorporarse al Colegio se llamaba entonces -como coloquialmente se dice- tres mil pesetas y su padre era un simple ordenanza de 5ª clase en el Palacio de Parcent, donde residían en una buhardilla. Si en 1921 hubiese tenido las tres mil pesetas para colegiarse, o cuando lo solicitó, la Junta del Colegio la hubiese eximido del pago, habría sido la primera mujer abogada de la historia de España. Habría ocupado, sin duda, un lugar en la pequeña historia de la abogacía patria, pero no pudo ser. Como bien dice un amigo mío, más vale llegar a tiempo que rondar un año y López Bonilla no es que no llegara a tiempo, hizo algo aún peor, se adelantó.

Tengo perfectamente localizadas, tras haber leído las actas de todas las Juntas y establecido un censo, las mujeres que se colegiaron en Madrid desde el inicio en 1925 hasta 1960, año que supone la vuelta a una cierta normalidad democrática en los colegios de abogados, ya que desde esa fecha se permitió que los colegiados eligieran decano directamente, como se había hecho siempre. De esta ímproba tarea podemos llegar a conocer, las siguientes cifras de mujeres colegiadas:

Desde esa fecha, el incremento, hasta las cerca de 40.000 que quiero suponer hay en la actualidad, es más que exponencial.

Seguir las huellas a nuestras colegiadas será más o menos laborioso, pero contamos con la colaboración inestimable de los expedientes de incorporación, que permiten trabajar con todo rigor. Pero no solo de colegiados vive el Colegio y ya que me encontré con el dato, me sabe mal no hacer referencia al mismo y dejarlo por escrito, para perpetua memoria. ¿Y quién fue la primera mujer que trabajó en el Colegio de Abogados de Madrid? Pues creo tener la respuesta y merece la pena poderlo contar.

Allá por el mes de junio de 1918, la Junta de Gobierno toma la decisión de contratar a un auxiliar mecanógrafo, para que, de ese modo, queden liberados otros empleados, en concreto ordenanzas, y así puedan hacer el reparto del Boletín del Colegio, nacido poco antes. Se designa, tras deliberación, a la Señorita Aurea Gracia Díaz, y se le asigna una jugosa retribución de 1.500 pesetas anuales.

No las debían tener todas consigo los junteros, cuando se aprueba su contratación, porque se da un plazo de seis meses para “apreciar su aptitud y acreditar que sus condiciones son adecuadas para el desempeño del cargo

Poco más de un año después, en la Junta de Gobierno de 8 de octubre de 1919, se da cuenta del cese de Aurea y del nombramiento en su lugar de un varón, “por estimar la Junta que los servicios de la misma no serán ya necesarios.

Siento que el final de la historia parezca un poco triste, pero en aquellos años, quizá como ahora, la vida no era sencilla y en ciertos supuestos carecía de toda justicia.

Repasando este artículo, después de dejarlo unos días para que remansara y el mosto se convirtiera en vino, me ha sucedido algo muy curioso y que quiero compartir porque creo que merece la pena. Hace unos días vi una película -en blanco y negro, ya lo aviso- dirigida por Fernando Fernán Gómez en 1960, cuya protagonista era Analía Gadé y que está basada en una obra de Miguel Mihura. Su título “Solo para hombres”.

El argumento es bien sencillo, una mujer logra entrar a trabajar en un Ministerio en 1895. Lo hace acompañada de su “instrumento”, que no es otra cosa que una pluma estilográfica. Gracias a su empeño, resuelve el atasco de años en su departamento y acaban llevándole trabajo de otros ministerios, desde el de Marina, hasta el de Hacienda. No debo contar más, aunque me cuesta muchísimo esfuerzo callarme.

La persona que quiera pasar un rato de lo más agradable, la podrá ver en algún canal de pago; y si se busca por YouTube, se puede ver a trozos. Aseguro, sin temor a equivocarme. que el que la vea me lo agradecerá.

La semana que viene iniciaremos una pequeña serie de tres artículos donde sacaremos de nuevo a la luz un escándalo que casi lleva a la quiebra al Colegio de Abogados de Madrid