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Los primos Barriobero

José Manuel Pradas – La Huella de la toga (segunda temporada)

 

Hablar de Barriobero, es hablar de una de esas estirpes de funcionarios del periodo de la Restauración y que, en el caso de Juan, como apreciado abogado que fue hacía bueno el dicho de “valer igual para un roto que para un descosido”. Natural de Logroño, nació en 1874 y falleció en 1947. Diputado y senador en numerosas legislaturas, Juan Barriobero y Armas fue director general de Comunicaciones, letrado oficial mayor del Consejo de Estado y especialista en derecho nobiliario, siendo recompensado por Alfonso XIII, de quien era gentilhombre de cámara, con el título de barón de Río Tovía.

¡Ay mil disculpas! ¡Me he confundido de Barriobero!, de quien yo quería hablar era de su primo Eduardo Barriobero Herrán, que nació un año después, en 1875, y murió fusilado en las tapias del castillo de Montjuic en 1939.

Pero como no hay mal que por bien no venga, esta pequeña confusión me va a llevar a mostrar dos trayectorias de vida, difícilmente comparables.

Eduardo Barriobero Herrán -que no Herranz, como aparece en muchos lugares- es una de esas figuras absolutamente inabarcables por las innumerables actividades a que se dedicó y, sobre todo, por el afán con que lo hacía. Licenciado en Derecho por Zaragoza, se colegió en Madrid en 1907 con el número 9.437, fue registrador de la Propiedad en San Martín de Valdeiglesias hasta que, movido por sus ideales, renunció a la plaza, ingresó en la masonería y cambió radicalmente su forma de vida.

La verdad es que, si me pongo a relacionar simplemente con orden cronológico y aún con poco detalle lo que fue y lo que hizo, se me termina el espacio del artículo sin decir todo lo que quiero. Así que ya aviso que me dejaré cosas en el tintero y, aquel que quiera saber más de Eduardo Barriobero, no le costará mucho obtener la información adicional necesaria.

Pero no puedo menos que dejar señalada su carrera como escritor de corte bohemio, con novelas históricas, ensayos, teatro y su labor como traductor tanto del latín como del francés; fue biógrafo de El Greco y de Emilio Castelar. Y eso sólo en lo que se refiere a la literatura, porque además todo lo compaginaba con su labor como abogado, defendiendo desde a los acusados por los sucesos de Cullera -tema que ya traté en otra ocasión- hasta a los obreros de las minas de Rio Tinto con motivo de una huelga general, o en 1934 defendiendo a los acusados de los llamados “sucesos de Turón” durante la revolución de Asturias.

Si entramos ya en su faceta política, fue diputado por Madrid en 1914, por Huelva en 1918 y 1919 – gracias a la defensa que hizo de los mineros antes citada- y en las Cortes Constituyentes de 1931 por Oviedo. Por cierto, ¿qué tal se llevaría con su primo Juan?, porque coincidieron en las legislaturas de 1918 y 1919, uno por Huelva y el otro por León. Misterio.

Ya en lo político, el galimatías de siglas y partidos que funda, participa o dirige, desborda cualquier límite. En Zaragoza, antes de terminar los estudios, fundó la Juventud Republicana Federal. Al trasladarse a Madrid, se relacionó con la bohemia literaria y se hizo activo miembro de la Acción Democrática, asociación que propugnaba la creación de un frente político único de anarquistas, socialistas y republicanos (cuando aún no se había producido la Revolución de Octubre en Rusia). En 1903 ingresó en la Unión Republicana y, antes de la Primera Guerra Mundial, ya era miembro activo de la Liga Española para la Defensa de los Derechos del Hombre y de la Liga Anticlerical Española.

Al menos en tres ocasiones, los miembros del llamado Sindicato Libre pretendieron matarle, entre entrada y salida de prisión por su actividad dentro de la CNT, en la que ingresó en 1912. Durante el periodo de la dictadura militar participó en todos los complots contra Primo de Rivera. En 1930 llegó a presidir el partido Republicano Democrático Federal. En las primeras Cortes Constituyentes de la República, formó parte del grupo de diputados que Ortega y Gasset llamó los “jabalíes”, cuya finalidad era actuar con un estilo jacobino y radicalizar cuanto fuera posible la Constitución y la actuación del Gobierno. Eso le llevó a un enfrentamiento radical con Azaña en 1933 que le condujo a boicotear, con su partido, a las candidaturas de izquierda, permitiendo, al menos parcialmente, el triunfo de las derechas. Iniciada la Guerra Civil, la CNT envió a Barcelona a Barriobero para que tomara el control de la “Oficina Jurídica” que había instalado en el Palacio de Justicia, aprovechando los primeros momentos en que los anarquistas tomaron prácticamente el poder en Cataluña y se hicieron los dueños de la ciudad, ante la dejación de los Gobiernos de España y la Generalitat.

Barriobero creó entonces unos llamados tribunales populares, que se dedicaron a ejercer una “justicia revolucionaria”, hasta que nuevamente las Autoridades tomaron el poder en noviembre de 1936. Pero, claro, cualquiera explicaba eso a quienes ya habían pasado por las manos de esos Tribunales. Paradójicamente, la “Oficina Jurídica” no se centró en la represión de los fascistas o seguidores del llamado bando nacional, sino en otras actividades más propias del derecho civil, pero dándoles siempre una visión revolucionaria. Voy a intentar explicarme.

En primer lugar, pretendían borrar de un plumazo, destruyéndolos, todos los procesos sociales incoados en los años anteriores contra trabajadores. También proceder a la devolución de todos los bienes empeñados, a excepción de los de lujo -que se presumían eran propiedad de los burgueses-, por considerar que las Casas de empeños estaban en manos de usureros y eran una herramienta para dominar a la población. Sólo en los ocho primeros días de funcionamiento de esta norma, se desempeñaron tres mil máquinas de coser, ropas y colchones por valor de tres millones de pesetas. En segundo lugar, propugnaban una rebaja de los alquileres de viviendas obreras, que se estimó en un 25%, y posteriormente en un 50% y la devolución inmediata de los depósitos y fianzas dados por los inquilinos, de manera que la “Sociedad de Inquilinos Unidos”, a modo de sindicato, hizo la advertencia que: “…por el bien de la mayoría de los inquilinos, declaramos que aquel que no cumpla estos acuerdos se le considerará enemigo del pueblo y se le aplicará la justicia popular”.

Según Barriobero, conseguir una justicia revolucionaria, rápida y eficaz, debía pasar por el abandono radical de las leyes procesales. Se escuchaba al demandante y al demandado, se pedía un asesoramiento jurídico si se consideraba necesario e, “in situ”, se examinaba algún documento o prueba y se dictaba en el mismo acto sentencia que era ejecutable inmediatamente, salvo la posibilidad, en ciertos casos, de un recurso que se resolvería, inexorablemente, en el plazo de tres días. En los seis meses de actuación, se fallaron según Barriobero, más de seis mil casos con asistencia de numeroso público, que se congregaba para un espectáculo más propio de la idea que tenemos de los juicios de la Revolución francesa que, con carácter general, eran muy bulliciosos y con un final guillotinesco.

Claro que, según expresión de Forges, cuando se dio “la tour a la omelette”, o la vuelta a la tortilla, hubo infinidad de reclamaciones que la justicia ordinaria, pasada la guerra, tuvo que reexaminar en todas las materias en las que actuó la Oficina.

Con todo, fue propuesto por el ministro de Justicia, el anarquista García Oliver -aquel de célebres frases como que los de la CNT eran “los reyes de las pistolas obreras de Barcelona” o “los mejores terroristas de la clase trabajadora”- para fiscal general de la República; pero, afortunadamente, el presidente Azaña, que tenía más de una cuenta pendiente con Barriobero, lo vetó.

Fue poco después cuando se le acusó de haberse apropiado de ocho millones de pesetas, derivadas de las requisas de cuando estuvo al frente de a “Oficina Jurídica”, pues al parecer, realizaba numerosos viajes a Lyon y, aunque finalmente fue absuelto por falta de pruebas, ya pasó el resto de la guerra en prisión. Tomada Barcelona por las tropas nacionales, casi de inmediato fue sometido a un consejo de guerra sumarísimo y, a los tres días, fusilado y enterrado en una fosa común.

En definitiva -pero nunca, en conclusión, pues quedan muchos cabos sin atar-, posiblemente nunca lleguemos a saber si dentro del armario de Eduardo Barriobero existen cadáveres o si sus bolsillos estaban llenos de dinero y joyas, para él o para la causa que hizo suya.

Y nos queda su primo. Una lástima haberle dedicado únicamente un párrafo, aunque haya sido el primero. En definitiva, lo que he pretendido es contraponer a uno con el otro, pero la personalidad y trayectoria de Eduardo es tan arrolladora, abarca tanto, que convierte en gris la de su primo Juan. De qué nos vale escribir que la obra cumbre literaria de Juan es “La nobleza española. Su estado legal”, publicado en 1902 por la Biblioteca de Derecho y Ciencias Sociales y de obligada lectura para todo aquel que se jacte de que por sus venas circula sangre de un color distinto al rojo. O añadir que su esposa, doña María Josefa Pérez de Soto Vallejo Tova y Larrinaga, era una de las náufragas del Titanic y que, con 22 años, perdió allí a su primer esposo, Víctor Peñasco, de manera que no pudieron terminar juntos su viaje de luna de miel que ya duraba diecisiete meses. En 1918, se casó en segundas nupcias con nuestro Juan Barriobero Armas. En fin, compare el lector una biografía y la otra y el contrapunto que ellas presentan.

Como cierre de estas líneas quiero compartir un hallazgo que estoy seguro no cambiará el curso de la historia, pero cubrirá una pequeña laguna en la biografía de Eduardo Barriobero. En el Archivo histórico del ICAM figuran otros dos Barriobero. El primero de ellos es Barriobero Pérez de Soto, hijo de Juan. El segundo, que me llamó la atención, es Eduardo Barriobero González. Se colegió en 1960, a la extraña edad de sesenta años. En su partida de nacimiento, que forma parte del expediente, consta que nació en San Martín de Valdeiglesias -donde su padre era registrador de la propiedad- el 18 de agosto de 1899. Su madre se llamaba Araceli González Ocaña. Mire el lector por donde me temo que acabo de descubrir que Eduardo Bariobero Herrán estuvo casado y de ese matrimonio hubo al menos un hijo.

He buscado una foto y un dibujo caricaturesco de cada uno de los dos Barriobero. Obviamente no voy a dar pistas de quien es cada cual, pero seguro que muy pocos se confunden señalando el “who is who”.