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El Schindler del ICAM (Primera parte)

José Manuel Pradas – La Huella de la toga (segunda temporada)

Ya sólo con el título, más de uno habrá adivinado de por dónde va a ir el tema

En la película “La lista de Schindler” de Steven Spielberg, al final de la cinta un amplio grupo de descendientes de mil doscientos judíos desfilan ante su tumba y dejan una piedra encima de la lápida, a manera de homenaje y tributo y que representa el recuerdo de la persona que salvó la vida de sus seres queridos

En España, tuvimos a nuestro Schindler particular en la persona de Ángel Sanz Briz que facilitó pasaportes españoles a varios miles de judíos en Budapest fuesen o no sefardíes. Ambos ostentan hoy el privilegio de haber sido declarados “Justos entre las Naciones” en reconocimiento a su actuación.

En este recorrido semanal lleno de hechos, curiosidades y sucedidos, vamos adentrándonos en épocas peligrosas, los años treinta del siglo pasado, sin lugar a duda la década más trágica de nuestra historia reciente. Intentaré ser objetivo, no dejarme llevar por simpatías o inquinas, sean del signo que sean y no dejar nada en el tintero porque no me guste o al revés no explayarme y hacer sangre o al contrario, edulcorar las actuaciones de nuestros protagonistas. En definitiva, no voy a ser cobarde, lo que crea que tengo que decir, lo diré.

Hoy toca hablar de alguien olvidado, ni siquiera sé si poner el calificativo de injustamente, porque lo más posible es que no haya reparado nadie en él y en lo que hizo. Yo no sé si sería merecedor hoy día de que se le ponga su nombre a una calle, pero si se lo preguntasen a las ochocientas personas que salvó la vida en el Madrid de 1936, estoy seguro de que no le pondrían una calle, sino toda una avenida y de las gordas, con derecho a estación de Metro con su nombre.

Cuando hace unos años di con él -o él conmigo, eso nunca se sabe- yo ya estaba convencido que tendría que escribir sobre su persona. Vamos por tanto a desvelar el nombre de nuestro protagonista, en la absoluta certeza de que no va a decir nada a nadie y con la confianza de que, al terminar la lectura, su historia quede ya para siempre en ese archivo maravilloso que todos tenemos a nuestra disposición, que se llama memoria. Por tanto, voy a contar quien fue Don Pablo Bergia Olmedo, natural del Madrid, nacido en 1881   y que se colegió en 1902, siéndole asignado el número cronológico 8.971.

No hay mucho que decir de sus etapas anteriores, o no merece la pena, salvo significar que entre 1912 y 1915 ejerció como diputado en la Diputación de Madrid, en una candidatura republicanosocialista en la que figuraba Largo Caballero.

Destacó también como penalista en algunos procesos mediáticos y no voy a profundizar más. Quiero reservar espacio para lo que viene ahora.

Como ya tengo contado, en los últimos días de julio de 1936, el Colegio fue incautado y luego se creó la denominada “Comisión Ejecutiva del Frente Popular del Colegio de Abogados de Madrid” encabezada por Feliciano López y López de Uribe, de quien me reservo la opinión y al que puede traiga a estas páginas dentro de unas semanas

La actuación de esta Comisión sometió al Colegio a una situación de gran tensión que podría hasta ser calificada de régimen de terror, de manera que convirtió su máxima preocupación en la localización y detención de los cincuenta y cinco abogados que habían firmado una solicitud para la celebración de una Junta extraordinaria, donde debía tratarse el asesinato de Calvo Sotelo. Su otra actuación importante -además de quitarle al Colegio el apelativo de “Ilustre”- fue la formación del llamado batallón de milicianos “Águilas de la Libertad” con cargo a la tesorería del Colegio, de manera que lo dejó prácticamente en la ruina.

Seguramente trate también el tema de la caza y captura de los imprudentes abogados que osaron pedir la condena del asesinato del líder de la oposición. El legítimo Gobierno de la República, tan pronto como tuvo ocasión, adoptó una medida radical, consistente en publicar un Decreto para destituir oficialmente la Junta de Gobierno democrática existente hasta entonces, comenzando por su decano, don Melquiades Álvarez, alegando que los diputados eran “en su inmensa mayoría, elementos desafectos al régimen  y en simpatizante connivencia con los alzados contra la República”. Ni que decir tiene que al menos en lo que atañía al decano, su destitución era algo rigurosamente cierto. Había muerto asesinado en la cárcel Modelo el día 22 de agosto, donde el propio Gobierno le había sugerido se refugiase, para intentar garantizar su seguridad. Así pues, el decano no es que fuese desafecto, es que no podía ser ni una cosa ni otra, lo habían despachado al otro barrio, con la anécdota de que, al arrojarlo a un camión, balancearon con tal fuerza su menudo cadáver, que pasó volando de un lado al otro del vehículo, aterrizando en el suelo, a lo que un miliciano con pésimo humor comentó: “mira como vuela el pajarito”.

En ese Decreto se nombra una Junta, llamada incautadora, que no debemos confundir con la “Comisión”, dirigida por López y López de Uribe que aún seguía manejando los resortes y sobre todo los fondos del Colegio.

Funcionan por tanto en paralelo la “Comisión Ejecutiva” que es la que manda y controla en realidad al Colegio y la “Junta Incautadora” que manda más bien poquito o nada, al menos durante un tiempo.

Como esa Junta incautadora no tiene el rango o, mejor dicho, el poder necesario para imponerse o al menos tratar de igual a igual a la Comisión ejecutiva, el Gobierno decide, más tarde, reforzarla con dos miembros pertenecientes al Sindicato UGT y otros dos de la CNT. Y ahí es cuando entra en escena Pablo Schindler, perdón, Pablo Bergia.

Su actuación se reduce en el tiempo a escasamente cinco meses que es el lapso que media entre que es designado miembro de la Junta y posteriormente cuando es nombrado Juez del Juzgado Municipal de Universidad.

Pablo Bergia Olmedo

En el expediente de depuración de Pablo Bergia vienen muchísimas cosas que sirven para que podamos conocer un poco como era la vida en el Madrid sitiado, pero también precisamente, para no entender nada de nada. Cosas incomprensibles, escenas propias de películas de Berlanga, otras escenas más adecuadas de films de miedo y terror por los cuatro costados, situaciones de encuentros felices fruto de casualidades que dan un giro a las microhistorias que están dentro de la gran historia que constituye el personaje de Pablo Bergia.

Cronológicamente, la vida de Pablo Bergia nace para este artículo el 23 de agosto de 1936. Ese día, cuenta que es convocado en el Colegio de Abogados, él entiende que, por su especialización de Derecho penal, y junto con otro abogado que luego sería compañero de Junta, el señor Bellver, y son llevados a la cárcel Modelo para hacerse cargo de las defensas de aquellos que allí estaban detenidos. Cuenta que fue tal el choque emocional que se llevó, de estar el patio de la prisión lleno de cadáveres -el asalto por los milicianos se había producido veinticuatro horas antes y estamos hablando del calor de mediados del mes de agosto- que de la impresión se golpeó, sin saber el motivo, en una rodilla y se fue a su casa alegando el golpe. Este hecho, levantó sospechas y no le quedó otra que aportar a los dos días una radiografía al Colegio, dado que se tenían serias dudas de la certeza de la lesión. Así estaban las cosas por aquellos tiempos. Todo eran desconfianzas y más aún con la “clase colegial” que era un nido de burgueses al entender de los milicianos.

Nos vamos a dos meses después, cuando Bergia entiende que no le queda otra alternativa que afiliarse a un sindicato para encontrar una especie de salvoconducto en aquel Madrid que resistía los ataques de las llamadas fuerzas nacionales, pero que, por otro lado, podía ser inminente su caída en manos de los rebeldes. Se afilia entonces a la C.N.T., sección de Técnicos.

A resultas de esto, empiezan “a caerle” innumerables asuntos para defender a presos de la cárcel de Porlier. Consigue atraerse las simpatías del Tribunal, de manera que el número de absoluciones desborda todas las estadísticas.

Según él, alarmadas las autoridades por el número de absoluciones, y con la finalidad de alejarle del ejercicio de la profesión, es nombrado por la Junta incautadora, Juez Municipal número 10 de Madrid, que correspondía al Distrito de Universidad. Este nombramiento, al parecer, tenía el carácter de irrenunciable -habría que averiguarlo- porque según palabras de Bergia “… siendo el nombramiento irrenunciable en época normal, más difícil aún era renunciarlo en aquella época de barbarie. Aceptado pues, el cargo su actuación en el mismo fue de ayuda a la causa nacional, la cual realizaba poniendo obstáculos a los matrimonios hechos a las milicias, con lo cual logró dejar sin inscribir a unos quinientos aproximadamente”.

Pero es que además se le ocurrió otra triquiñuela importante. Cuando eran llamados a filas las quintas, hacia que los mozos declarasen bajo juramente que habían nacido en zona ya liberada por el enemigo y que tenían una edad más avanzada de la que en realidad tenían, siendo estos extremos ratificados por dos testigos. De manera que, según él, “restaba soldados al frente rojo”.

Usando y abusando de su cargo, en su domicilio albergaba armas y documentos que tenían allí tres de sus hijos, pertenecientes a la quinta columna. Además de celebrar en su casa Misas con sacerdotes que estaban escondidos por medio Madrid.

Por si ya fuera poco, el Juzgado Municipal número 10 de Universidad se convirtió en un refugio seguro, pues dio trabajo y certificados de estar destinados en el Juzgado “a todas aquellas personas de derechas que lo necesitaban”, según sus propias palabras.

Hasta aquí la primera parte de la historia. Increíble, ¿verdad? Pues es rigurosamente cierta. Todo lo escrito hasta ahora no son únicamente afirmaciones de Pablo Bergia, sino que están refrendadas en cada caso expuesto, por personas a las que ayudó de esas maneras.

No había forma humana de conseguir una fotografía de Pablo Bergia y, sinceramente, pensaba que ni él ni yo merecíamos no encontrarla y por lo tanto tuve que pedir ayuda a un buen amigo que se da muchas mejores mañas que yo en estas tareas y me ha proporcionado ésta, según él, después de mucho trabajo. Tengo que confiar en que no me haya engañado y no me haya remitido una cualquiera para así dejarme contento. Es broma, no me va a hacer esa jugada.

En la segunda el lector podrá ver una de las páginas que componían la lista salvadora.

 

Continuará…