José Manuel Pradas – La Huella de la toga (segunda temporada)
No conozco bien la idiosincrasia de otros países; de hecho, ni siquiera sé si conozco la del mío, que es España, a la que quiero.
Con esta afirmación rotunda quiero decir que, aunque uno pretende ser razonable, no faltar a la verdad y no inventarse cosas para que estos artículos queden más bonitos y apañados, al tratar de ser imparcial, corres el riesgo de perder esa razonabilidad.
Porque, claro, una cosa es ser imparcial y otra muy distinta ser equidistante. Esta última debe ser rechazada, por la sencilla razón de que, sobre todo, es injusta.
Quiero decir con ello -y alguno dirá que me estoy poniendo el parche antes que la herida- que, paradójicamente, noventa años después del comienzo de la Guerra Civil, no hemos logrado pasar la página del todo. Hemos transitado de los cuarenta años de la oprobiosa dictadura, donde todo, absolutamente todo era malo, a ensalzar a otros personajes que nos son presentados como dechados de virtudes de toda índole, unos seres de luz inmaculada a los que debemos total reconocimiento y devoción, en mor a la democracia, cuando lo que eran en realidad eran unos asesinos miserables.
Vamos, por decirlo de forma sencilla, somos un país pendular. Pero me atrevo a afirmar que últimamente el péndulo está volviendo, poquito a poco, a su punto intermedio, de donde no debiera ya moverse por el bien de todos.
¿Acaso a alguien se le ocurre pensar que en 1898 se publicasen todavía artículos sobre la figura del rey José I Bonaparte, que reinó en una parte considerable de España en 1808? ¿No sonaría a algo totalmente “viejuno”? Me refiero, lógicamente, a esos encendidos artículos de “buenos” triunfando sobre “malos”. El pobre rey José, desde luego no era peor que el cuarto de los Carlos ni el séptimo de los Fernandos de la dinastía Borbón. A mí, i se me apura, me cae hasta simpático.
Y, sin embargo, aquí seguimos con la misma matraca, dale que dale, cuando ya no queda vivo nadie y los que buscan fosas son, como mucho, sobrinos-nietos de alguien a quien se instrumentaliza y no se le deja descansar en paz.
“Verdad, reparación, justicia”, dicen algunos en una frase dogmática. Lamentablemente no hay una única verdad, no hay blancos ni negros; todos fuimos grises en absolutamente toda su escala, no hay una verdad absoluta e inmutable. Tampoco puede haber reparación. Pareciera que en las cunetas solo hay inhumados de un solo signo y eso tampoco es verdad. Respecto a la justicia, ¿qué justicia? ¿sobre quién? ¿con qué efectos? Y, mientras, parecemos idiotas buscando argumentos para echarnos en cara cosas y agredir al otro con un “y los tuyos más”.
Bueno, ya me he desfogado un poquito, solo un poco, de algo que llevaba tiempo queriendo dejar escrito sobre el papel.
Viene este desbarre a cuento de la figura del que fue secretario del Colegio de Abogados de Madrid en 1936, Marcelino Valentín Gamazo, miembro señalado del cuerpo de Abogados del Estado.
Por descontado que no es una figura desconocida, ni muchísimo menos, ni que las circunstancias de su fallecimiento no se hayan relatado bastantes veces -por supuesto que lo han sido-; pero no viene mal, de vez en cuando, recordar su persona y los hechos que sucedieron en el verano de 1936; creo que es una forma directa y sencilla de poner límites a la estupidez que nos caracteriza y así evitar, en la medida de lo posible, los riesgos de que estas tragedias vuelvan a suceder.
Natural de Arechavaleta, nació el 14 de agosto de 1879, perteneciendo a una de las familias de juristas más importantes del final del siglo XIX y principios del XX, los Gamazo.
Casado con Narcisa Fernández, tuvieron nueve hijos, de los cuales dos fallecieron tempranamente. No era un personaje de especial significación política; se le podría considerar un republicano moderado y sí, desde luego, una persona religiosa de rezo diario del rosario.
De alguna forma era un servidor del Estado y, como tal, fue promovido por el presidente de la República, Alcalá-Zamora -que ya antes había sido diputado de la Junta de gobierno del ICAM-, a fiscal general del Estado. No debemos olvidar que, en aquel Madrid, se conocían, por así decirlo, todos; eran “la clase”, según se autodenominaban, aparte de las afinidades políticas que hubiera entre ellos o el grado de amistad.
El nombramiento de fiscal general se hizo el 16 noviembre de 1935 y Valentin Gamazo dimitió en los primeros días de diciembre de ese mismo año, haciéndose efectivo el cese el día de Nochebuena. Ocupó el cargo poquito más de un mes.
¿Cuál fue la causa de tan corta duración en el cargo? ¿Qué tarea realizó en esos días de ejercicio de fiscal general? La respuesta es más que sabida: Alcalá-Zamora le nombra para que se haga cargo de la acusación contra Francisco Largo Caballero por el delito de rebelión -para el que pide treinta años de prisión- derivado de la Revolución de Asturias.
El juicio dura cuatro días y Largo Caballero es absuelto contra todo pronóstico por falta de pruebas y también, no lo neguemos, por las presiones ejercidas sobre los magistrados, quienes le juzgaron bajo el temor a la reacción de las milicias armadas socialistas, amén de las falsedades en la declaración del propio Largo Caballero, según luego él mismo reconoció más tarde.
Ante ello, Valentín Gamazo, con vergüenza torera, presentó su dimisión irrevocable, sin ser consciente que le quedaban ocho meses escasos de vida.
Antes de iniciarse la sublevación militar, Gamazo con su esposa e hijos, se había trasladado a pasar el verano en el pueblo de ella, Rubielos Altos, población minúscula a caballo entre Cuenca y Valencia. El día 5 de agosto, un grupo de doce milicianos (dos de ellos miembros del PSOE de Madrid) se persona en el pueblo comisionados para detener al abogado y secretario del Colegio. Así sucede, siendo preso junto con sus tres hijos mayores, José Antonio, de 21 años; Francisco Javier de 20, y Luis Gonzaga de 17.
Parece ser que son objeto de malos tratos -no quiero escribir torturas- y finalmente son ejecutados mediante tiros en la cabeza; matan a los hijos en orden inverso a su edad y en presencia de su padre, abandonando los cuerpos en un olivar y presumiendo luego de su “hazaña” en un pueblo vecino.
Unos días después son encontrados los cadáveres y llevados a Rubielos a lomos de animales, encontrándose los cadáveres ya en estado de descomposición dadas las altas temperaturas de agosto. La madre y viuda se hizo cargo de ellos, al parecer con gran entereza, y fueron enterrados en el pueblo.
Esta es la historia sin entrar en mayores detalles; podría, pero no quiero hacer una crónica morbosa; ya he dicho más o menos lo que me pedía el cuerpo decir, pero sí me gustaría contar aún un par de detalles.
Terminada la guerra y de forma casual, la persona a la que requisaron la camioneta con la que realizaron la “operación”, reconoció a uno de los dos milicianos -quizá mejor llamarlos sicarios- que daban las órdenes y que se paseaba tranquilamente por Madrid. Con una simple búsqueda en internet, conoceremos perfectamente el nombre de esa persona, que fue denunciada, detenida, juzgada y fusilada a los pocos días, pero no lo voy a escribir: no se lo merece. Sin embargo, hoy este asesino, paradójicamente, está reconocido como una víctima de la represión franquista y figura en los altares laicos como un mártir de la democracia. Sinceramente, con estos hechos, ¿alguien se puede apuntar al slogan de “verdad, justicia y reparación”? Desde luego con este individuo, de ninguna manera.
Y me queda otro pequeño detalle con el que terminar, porque siento un cierto regusto amargo con lo que he escrito y casi estoy deseando acabar la tarea.
Largo Caballero, conocido para mayor gloria de su persona como “el Lenin Español”, es un personaje muy poco reivindicado por sus propios compañeros de partido hoy día. Son conscientes de que su biografía no resiste un análisis serio y democrático sobre su persona; sobre sus espaldas hay varias mochilas llenas de cadáveres. Y, sin embargo, se decidió poner su nombre a una avenida en Madrid -bien es verdad que sin casas ni edificaciones, por lo que no tiene numeración y pocos escribirán en sobres de correos su nombre-. A mí no me parece mal, a fin de cuentas, no dejó de ser presidente del Gobierno y el listón para poner calles en Madrid, con ciertos monarcas, no debe estar muy alto. Pero ¿no habría que echarle valor y nombrar una calle con el nombre de fiscal Valentín Gamazo? O mejor aún, con el nombre de calle Familia Valentín Gamazo.
A veces cometemos errores gigantescos que ni siquiera tenemos los reaños suficientes para, noventa años después de su muerte, subsanarlos.
Podría poner cualquier foto de Valentín Gamazo, las hay de todo tipo, pero como homenaje a él y a sus hijos me he decantado por una parte de la estela del pequeño monumento erigido en el lugar donde fueron asesinados. Igual ya ni siquiera existe y le han aplicado alguna ley de memoria democrática.