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Benito Pabón y Suarez de Urbina – Una vida sin desperdicio

José Manuel Pradas – La Huella de la toga (segunda temporada)

 

Hay ocasiones en que cuesta empezar a escribir, hasta que, casi sin querer, coges un hilo y de ahí arranca todo a buena velocidad hasta el final del artículo. No es este el caso; hay tanta cosa sobre la que escribir, que no tiene mérito meterse enseguida en harina y sacar partido al tema.

El abogado Benito Pabón Galindo y Teresa Suárez de Urbina -progenitores de nuestro protagonista- formaron un matrimonio de la alta burguesía sevillana, enraizada entre el integrismo religioso y el carlismo andaluz -que nada tenía que envidiar al navarro, donde se decía que no había nada más peligroso que un carlista recién comulgado- y que tuvieron una abundante descendencia, en la que, al menos, tres de sus hijos tuvieron cierta trascendencia histórica.

Benito Pabón y Suarez de Urbina

Uno de ellos, José Manuel, catedrático de griego en la Universidad Complutense, fue el autor del docto y popular diccionario de griego VOX. Vamos, un helenista de los que ya no se ven. Casi estoy por apostar que más de un lector de cierta edad – es decir, más o menos como la mía- tendrá en su librería un viejo y amarillento ejemplar de ese diccionario, de compra obligada para aquellos que hacíamos bachillerato de letras y que nos teníamos que “chupar” dos años de griego para, poquito tiempo después, conseguir meritoriamente olvidarlo absolutamente todo.

Jesús, otro de los hermanos, fue también catedrático en la Complutense, presidente de la Agencia EFE y director de la Real Academia de la Historia. Fue también en 1936, fue diputado por Sevilla con la CEDA, coincidiendo con nuestro protagonista su hermando Benito, que le tuvo escondido en su domicilio toda la guerra, salvándole sin duda la vida.

Así que, ya hechas las debidas presentaciones familiares, nos centraremos en la figura de Benito Pabón, anarquista primero y miembro del Partido Sindicalista después, advirtiendo de antemano que un paseo por su biografía no va a defraudar a nadie.

Benito nació en Sevilla en 1895. Hizo Derecho en Salamanca y Sevilla, finalizando los estudios en 1915. Se colegió en Granada en 1923 y posteriormente en Madrid en 1934, donde se le asignó el número 11.813.

Su primera intervención mediática, por así decirlo, ocurrió al defender a varios anarquistas implicados en los sucesos de Casas Viejas de 1932, juzgados el año siguiente. En aquel momento, Azaña -a la sazón ministro de la Guerra- había recomendado, por decirlo en tono suave, los famosos “tiros a la barriga”.

El siguiente paso nos lleva ya a las elecciones de febrero de 1936, en las que se presentó por Zaragoza y resultó elegido diputado a Cortes, como sindicalista independiente en las candidaturas del Frente Popular.

Aquí cabe hacer una pequeña digresión – aunque no soy ningún especialista-, que ayudará a contextualizar lo que más abajo escribo. En esas elecciones, la nación se presentó dividida en dos grandes bloques: el Frente Nacional, formado por los partidos de derecha, y el Frente Popular, que agrupaba a los de izquierda. El sindicalismo estaba representado, por un lado, por la Falange de Primo de Rivera como partido nacionalsindicalista que acudió a las elecciones fuera de toda alianza y, por otro, por el anarcosindicalismo, que insistía desde tiempo inmemorial por la no participación en los procesos electorales. Sin embargo, existía una tercera vía que representada por Ángel Pestaña, ex Cenetista y líder del Partido Sindicalista, que propugnaba romper con el sacrosanto abstencionismo, de modo y manera que se presentó en las citadas elecciones de febrero de 1936. Benito siguiendo a Pestaña defendió esa tercera vía en sus escritos -que podemos llamar posibilista o práctica para el anarquismo- de donde extraigo esta cita: “… mi ideario es un todo, conforme en lo que a finalidades se refiere, con el que propugna la CNT, a quien he dedicado, dedico y dedicaré mi máxima atención, esfuerzos y afecto. Pero entiendo que, sin hacer dejación de estos principios, podré, en estos graves momentos, luchar con mayores ventajas por su consecuencia, sentado, con el mayor orgullo, entre el elemento proletario en un escaño del Parlamento…”

Prueba de ese posibilismo fue su decisión respecto a la destitución de Alcalá-Zamora como presidente de la República. Según consta en el Diario de Sesiones del Parlamento, pese a considerar la medida jurídicamente ilegal, la estrategia política le obligaba a votar en favor del relevo del prócer, aunque eso repudiase sus conocimientos legales: “Si hubiéramos tenido en cuenta las razones jurídicas que aquí se han dado, yo hubiera tenido que votar en contra de la proposición, pero precisamente porque se trata  de destituir al Presidente de la República española, que en los dos años anteriores presidió una política contraria a todo aquello que es mi deseo ver implantado en España, sencillamente por eso y porque en esta votación se vienen abajo dos cosas: esa magistratura y el respeto al formulismo y a la letra de la Ley, porque obro en consecuencia de un ideal, he votado en favor de esta Proposición.”

Regresando a nuestro protagonista, al estallar la Guerra Civil, es nombrado diputado 5º de la Junta de Gobierno de Abogados, el 27 de julio, mediante un decreto del Ministerio de Justicia que cesa a toda la Junta de gobierno anterior, por entender que está de lado de los “fascistas”. Paralelamente, Benito Pabón se incauta -además de la sede del Colegio en las Salesas- del Palacio del Duque de Santo Mauro (hoy lujosísimo hotel en la calle Zurbano) para utilizarlo como cuartel general del batallón que se bautizó como “Águilas de la Libertad”, formado por 400 anarquistas y que se dedicó, según parece, a asediar el Alcázar de Toledo y luego a tareas de fortificación.

En el mes de octubre, siendo como era diputado por Zaragoza, fue requerido para ayudar en la formación del Consejo de Defensa de Aragón. Se encargó de redactar sus estatutos y mantener las reuniones negociadoras con la Generalidad de Cataluña y el Gobierno de la Nación. Fue nombrado secretario general de dicha organización en representación del Partido Sindicalista y, paralelamente, es nombrado miembro de la Comisión Jurídica del Ministerio de Justicia, cuyo responsable era el anarquista García Oliver.

En mayo de 1937 se produjo un hecho trascendente que cambiará su vida: los sucesos de Barcelona. Los enfrentamientos ocurridos supusieron una pequeña guerra civil dentro del bando republicano, de la que salió triunfador el Partido Comunista. Hubo dos derrotados: por un lado, la propia CNT-FAI y por otro, los trotskistas del Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM) quienes perdieron a su líder, Andrés Nin asesinado, después de ser torturado, al parecer en Alcalá de Henares.

Benito Pabón asumió la defensa del Comité ejecutivo del POUM, perdedor en la contienda, hasta que, por este motivo, se ve amenazado de muerte por los estalinistas del PCE y tras sobrevivir a un intento de asesinato, decide huir a Francia. Desde allí, en noviembre de ese mismo año, partió a Filipinas, de donde era originaria su segunda esposa y donde vio posibilidades de rehacer su vida. Nunca regresaría ya a España.

En diciembre de 1941, Japón invade las Filipinas y Pabón es detenido por el ejército ocupante, al parecer siguiendo instrucciones de Serrano Suñer. Nuestro protagonista pasa por diversos campos de internamiento para prisioneros extranjeros; una parte de ese tiempo permanece encerrado en una jaula de bambú. Según escribió más tarde a uno de sus hermanos: “casi a oscuras, sin poder hablar con nadie, incomunicado del mundo, en poder de gente salvaje…”. Esta imagen me ha evocado inmediatamente a Sir Alec Guinness interpretando al coronel Nicholson en la película “El puente sobre el río Kwai”, cuando era sometido a un castigo semejante por el malvado coronel Saito.

Finalmente, derrotados los japoneses, es liberado y marchó a América. Pasó por Nueva York y Cuba, hasta llegar, finalmente, a Panamá, donde fijó su residencia definitiva. Allí rechazó una cátedra de Derecho Civil en la Ciudad de Panamá y prefirió impartir junto a su esposa clases en un Instituto en la ciudad de Colón.

Su ya muy deteriorada salud fue haciendo mella en él y, finalmente, falleció en un hospital debido a un aneurisma de aorta abdominal.

Como muchos otros, jamás renunció a su nacionalidad española, pese a los ofrecimientos que se le hicieron ni, por descontado, a su ideología anarquista.

Cuando en 1939 terminó la guerra, fue expulsado del Colegio de Abogados junto a otros sesenta colegiados. Este acuerdo fue revocado por la Junta de Gobierno de la decana Sonia Gumpert en noviembre de 2015.

Acompaña este texto una fotografía de Benito Pabón, muy elegante de esmoquin -no dejaba de ser hijo de la burguesía- tomada en la Navidad de 1945 en La Habana. Hay mejores fotos, pero de esta me llamó la atención su extremada delgadez. Luego lo entendí con claridad al leer una carta dirigida a su hermano Antonio escrita en septiembre de ese año donde le dice: “Yo me encuentro muy bien de salud y de energías. He engordado 40 libras, es decir, el 50% de lo que pesaba cuando llegaron los americanos y nos liberaron”. Como no estoy muy ducho en las tablas de equivalencias -y supongo que lo mismo pasará a gran parte de los lectores -, me he tomado la pequeña molestia de calcularlo: cuarenta libras es la nada despreciable cantidad de dieciocho kilogramos. Si Pabón no ha exagerado (es posible que un poquito sí, no olvidemos que es sevillano), cuando le liberaron los americanos su peso rondaba los treinta y seis kilos. Sus orejas, las órbitas de los ojos y, sobre todo, los dedos de las manos parecen darle la razón.