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Las “águilas de la libertad”

José Manuel Pradas – La Huella de la toga (segunda temporada)

 

Cuando empecé a escribir estos artículos, pensé centrar el trabajo a partir del periodo que va desde finales del siglo XIX, arrancando con la guerra hispanoamericana, los sucesos de África, -desde el Barranco del Lobo al desastre de Annual-, pasando por la Primera Guerra Mundial y llegando hasta los años sesenta, en que se produjo un hecho de gran trascendencia colegial como es que el Decano volviera a ser elegido por sufragio universal y secreto de los colegiados. Pensaba, con mi candidez habitual, encontrarme con que el Colegio habría librado generosos dineros para botar un veloz contratorpedero que pudiera hundir media flota yankee, que se habría rascado el bolsillo a fondo para el auxilio de innumerables viudas y huérfanos caídos en el Rif y que en relación con el conflicto mundial habrían existido acaloradas discusiones entre anglófilos y germanófilos que tal vez habrían terminado en apasionados duelos a espada o pistola, dignos de ser trasladados a estas páginas

Bueno, pues nada de nada. Analizando los archivos de actas del ICAM, pareciera como si la guerra de Cuba no hubiera existido, ni en África hubiera habido en el barranco del Lobo una fuente que manase sangre española -como decía la copla- y la Gran Guerra hubiera sido un engaño de los sentidos, que no daba ni para charlas de café.

Lo más cercano que leí -y que ya conté-, fue el caso del abogado fracasado que pidió dinero para irse a una mina de carbón en Palencia y también vi el resultado de una visita que hicieron al Colegio unos abogados belgas que pedían dinero para ayudar a restaurar la catedral de Lieja, bombardeada por los alemanes. No recuerdo ahora si el Colegio “se estiró” con treinta mil pesetas o únicamente con tres mil. Y nada más.

Es decir, que desde la crisis del régimen de la Restauración y luego ya terminada nuestra guerra y realizadas las depuraciones, se entró en un periodo gris, donde la Junta se dedicó más a felicitar al presidente de la Audiencia por haber sido abuelo que a otras materias más técnicas, importantes y profundas. Y desde luego, afrontar grandes dispendios nada de nada y si acaso la creación de la Institución Protectora de Huérfanos obra de Ossorio y la implantación del Servicio Médico en tiempos de Escobedo. Dejo por supuesto al margen toda la tragedia de nuestra guerra civil y lo que implicó para la vida colegial.

¿Quiere esto decir que el Colegio de Abogados de Madrid no hizo en ese periodo de tiempo gasto alguno importante y a fondo perdido? No, de ninguna manera. Pero debemos tomar esa afirmación con muchísimo cuidado, pues, como es bien sabido, a la fuerza ahorcan.

Libemos en las fuentes. El 29 de julio de 1939 en la primera junta que se celebra tras el nombramiento de Decano por el Ministro de Justicia, se hace constar en una diligencia previa al acta: “No es este el lugar adecuado para hacer costar el despojo económico de que fue objeto este Colegio por parte de dichos elementos frentepopulistas con ocasión del establecimiento de dos Hospitales de Sangre y la financiación de un batallón de milicias denominado Águilas de la Libertad, ni las anormalidades corporativas cometidas que, en su día tendrán el pertinente reflejo donde proceda…”

Decir que en 1936 el Colegio era rico quizá sea una exageración, pero, sin duda, tenía una economía saludable. Sin embargo, al término de la Guerra Civil el saldo en la caja no llegaba a las dos mil pesetas. ¿En qué se había gastado el dinero? Hay una doble respuesta. En primer lugar, el dinero se fue, sobre todo al principio de la guerra, en la creación y financiación de dos hospitales de sangre -así se denominaban los hospitales de campaña entonces- pero no he encontrado el lugar donde estuvieron ubicados, ni el personal que lo atendía ni otros datos interesantes. En las actas de aquel periodo no hay el más mínimo dato.

Terminada la guerra, el material e instrumental quedan a disposición del Colegio, que hace cuanto puede por desprenderse de ello y recuperar la inversión en la medida de lo posible. Esto únicamente se consigue más de veinte años después y tras concienzudas negociaciones, pues en las actas cada cierto tiempo, he constatado que se habla del tema, pero las ofertas se consideran siempre tan bajas, que ni siquiera trasciende la naturaleza del debate y se zanjaba la discusión sin entrar en mayores profundidades. Pero por fin, en el año 1958 en el Acta correspondiente se refleja: “… el señor Decano expone a los reunidos que se hallan pendientes de cobro la suma de 150.000 pesetas que ha de entregar Auxilio Social como liquidación definitiva de la cuestión del Hospital de Sangre creado por la Junta del Frente Popular del Colegio”. Dice que “la obtención de esa suma se ha logrado mediante el tesón y persistencia con que desde hace muchos años ha venido actuando el secretario de la Corporación don Tomás Gistau cerca del anterior director del Auxilio Social…”

Pero lo que, según mi parecer, realmente revistió importancia y debió requerir una muy importante asignación periódica de recursos fue la creación y mantenimiento del llamado Batallón de las “Águilas de la Libertad”.

Su creación y puesta en funcionamiento no partió de un acuerdo democrático de los colegiados y ni siquiera de la Junta, que fue destituida y su lugar tomado por abogados que eran militantes socialistas, comunistas o anarquistas. Fue por iniciativa de estos abogados y de la CNT por lo que se formó el Batallón. Nada de abogados republicanos, más o menos de izquierdas o liberales, quienes enseguida fueron, a los pocos meses, dejados al margen, huyeron al extranjero o incluso, en algunos casos, fueron ejecutados.

No he logrado averiguar -como en tantas otras cosas que en realidad solo he llegado a formular- y, por lo tanto, dejo a los profesionales de la historia, cuál es el origen ideológico del batallón “Águilas de la Libertad” y de quien o de donde partió la idea. Los únicos datos objetivos iniciales son que se crea casi con carácter inmediato al inicio del alzamiento militar y que tiene su sede en el incautado palacio de Santo Mauro, en la calle Zurbano; que es destinado a Toledo, interviniendo en el cerco del Alcázar y que más tarde se divide, por así decirlo, en dos partes: una para conformar el inicio de la que luego sería la 7ª Brigada Mixta y la otra para constituir el llamado Batallón de retaguardia “Águilas de la Libertad”. De lo que no hay duda alguna es de que el batallón es costeado íntegramente por el Colegio de Abogados, apadrinando, por decirlo así, a los anarquistas del Ateneo Libertario del Sur y así lo va repitiendo una y otra vez la prensa de ambos bandos.

El caso es que antes de partir para Toledo y según manifestaciones de la doctora Amelia Azarola, esposa de Ruiz de Alda y discípula de Negrín, fueron los milicianos anarquistas del Batallón “Águilas de la Libertad” los que realizaron la matanza del patio de la cárcel Modelo, de manera que fueron ellos los que acabaron con la vida del Decano don Melquiades Álvarez y con la del famoso aviador, héroe del Plus Ultra.

Salvador Sediles Moreno

Los hechos se entremezclan de tal manera que muchas informaciones se convierten más en un mar de dudas que en un sendero de certidumbres. No es así con quien fue su primer jefe, el capitán de artillería Salvador Sediles Moreno. Éste fue el triunviro de la conspiración de Jaca en 1930 pero, como quiera que pudo escapar a Francia, no alcanzó la popularidad de los capitanes Galán y García Hernández, protomártires de la República, aunque en el Consejo de guerra que se siguió contra ellos, también Sediles, éste resultó condenado a muerte “in absentia”.

Es el capitán Sediles -que llegó a diputado en Cortes en 1931- el que lleva al Batallón a combatir frente al Alcázar después de merodear por varias localidades de Extremadura, sin mucho éxito en cuanto se proponía. El 27 de septiembre se produce el fin del asedio al Alcázar de Toledo y la retirada precipitada de los sitiadores. Sediles tiene un grave accidente de coche durante la huida y, aunque es llevado al hospital de sangre de las “Águilas”, fallece al día siguiente. El cortejo fúnebre que lo trasladó al cementerio fue multitudinario e iba presidido por Eduardo Ortega y Gasset y el periodista Augusto Vivero.

Augusto Vivero Rodríguez de Tudela

Fue precisamente Augusto Vivero Rodríguez de Tudela, amigo y compañero de fatigas revolucionarias del capitán Sediles, quien se hizo cargo del Batallón.

Creo que ya en aquellas fechas quedó muy claro que el Batallón “Águilas de la Libertad” no era precisamente una fuerza de choque, de manera que fue reconvertido, por decirlo así, en lo que se denominó “Batallón de Retaguardia”, asignándole otras misiones que no tenían que ver con luchar en los frentes.

Quedó encargado de procurar mantas y ropa de abrigo para afrontar el invierno que se venía encima y tuvo como principal misión la de conseguir la evacuación y desalojo de las innumerables familias que vivían refugiadas en los túneles del Metro. Esa evacuación traía consigo el realojo en viviendas pertenecientes a las clases pudientes de la capital -me trae un vago recuerdo a la película Doctor Zhivago- y además, justo lo contrario, evitar que se ocupasen las de aquellos funcionarios leales que, por tener que residir en el extranjero o al menos fuera de Madrid, tenían su casa abandonada.

En el mes de abril de 1937, la prensa se hace eco de la visita del general Riquelme -justamente el que fracasó en el asedio del Alcázar- al Batallón de retaguardia “Águilas de la Libertad”. Y desde esa fecha se produce el silencio más absoluto. No se vuelve a hablar de ellos.

Volviendo a Augusto Vivero, es otro de esos personajes cuya biografía no te deja indiferente. Periodista, editor, activista republicano y anticlerical, se hizo famoso por ser el artífice de la “Biblioteca de los Sin Dios”, una colección de textos con títulos tan atractivos como “Jesucristo, mala persona”, “Origen nefando de los conventos” y así hasta 24 libritos con unos títulos que, por una cuestión de buen gusto, prefiero no mencionar.

Con la muerte de su amigo y junto con Virgilio de la Pascua como segundo, se hicieron cargo del mando del Batallón, con las misiones que ya he citado. De todos modos, no era Vivero hombre de armas, sino más bien de pluma, lo cual no fue óbice para que tuviera a gala haber participado en el asalto al Cuartel de la Montaña del Principe Pío. Incautado el diario monárquico ABC, fue designado director del periódico, pero puede uno imaginarse como sería el sesgo radical que le imprimiría, que en agosto de ese mismo año de 1936 fue cesado de su cargo.

Nada más terminada la guerra, no pudo escapar y resultó detenido. El 5 de mayo de 1939, a un mes escaso del fin de la contienda, fue sometido a consejo de guerra por el tribunal de responsabilidades políticas de Madrid, y por el tribunal especial de la represión de la masonería y el comunismo; con sus antecedentes, las posibilidades de librarse de la pena máxima eran nulas; resultó condenado por adhesión directa y voluntaria a la rebelión con los agravantes de perversidad y trascendencia. No había terminado el mes cuando el último jefe del Batallón fue fusilado, igual que otros muchos, junto a las tapias de lo que hoy es el cementerio de la Almudena.

Esta es, más menos que más -lo reconozco-, la curiosa historia del Batallón de Retaguardia “Águilas de la Libertad”, esponsorizado, como se diría hoy día, por el Colegio de Abogados de Madrid, sin que con anterioridad hubiera casi relación alguna entre el anarquismo y la profesión. Que cada cual juzgue su actuación y, aquel que sienta la curiosidad de profundizar sobre el tema, no tiene nada más que seguir las pistas que, como si fueran migajas de pan, se han ido dejando a lo largo del texto.

Un cartel del Batallón llamando al alistamiento y las fotografías mejoradas del capitán Salvador Sediles y el periodista Augusto Vivero, ilustran el artículo.

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Y terminamos, al menos de momento, la segunda temporada de “La huella de la toga”. Comenzó a finales de enero y finaliza la serie ya bien entrado el otoño. Con que el lector haya disfrutado la mitad de lo que lo he hecho yo escribiéndolo, me doy por bien pagado. No me quiero alargar. La serie empezó como estaba inicialmente pensada, pero los avatares por los que pasó el Colegio y sus miembros, especialmente en la guerra civil y los pequeños descubrimientos que me ha tocado en suerte desvelar, han hecho que los derroteros hayan sido muy distintos.

Queda mucho por escribir de aquellos años, faltaría más, pero después de la lectura de más de mil quinientas actas de juntas de gobierno, asambleas ordinarias y extraordinarias y actas de escrutinio de elecciones, toca descansar.

Hoy mismo diría que no va a haber una tercera huella de la toga, pero ya estoy acostumbrado a desdecirme a mí mismo. Quien sabe…

Un último párrafo lleno de agradecimiento a Lawyerpress por haberme acogido en su revista; a mi Colegio madrileño de la Abogacía por la colaboración y cariño que siempre me ha mostrado y por último a ese entrañable amigo que vive a once mil kilómetros de aquí, que me ha ayudado tanto en corregir cuestiones técnicas y otras que no lo son tanto. Gracias Goliath.

En definitiva, muchas gracias por todo a todos y hasta más ver.

José Manuel Pradas