José Manuel Pradas – La huella de la toga.
En el ejercicio de la labor de abogado se conjugan -como en otras profesiones- una serie de habilidades que no es malo tenerlas. Conocimiento de las leyes, de los Principios Generales, capacidad de análisis y síntesis, oratoria y en definitiva, todas aquellas que se nos puedan ocurrir, ya que cuantas más tengamos, mejor y como dice mi padre, “de lo que no cuesta, se llena la cesta”. Sobre mi persona tengo pensadas dos con las que estoy relativamente orgulloso –entiéndase bien como lo digo- pues me han dado, a lo largo de un buen puñado de años de ejercicio, muchas más alegrías que disgustos. La primera sería tener un puntito de “mala leche”, tampoco excesiva no nos vayamos a pasar, que lo poco agrada y lo mucho cansa y la segunda creo que es poder tener una especie de sexto sentido –vamos a llamarlo olfato- por el que acostumbro a dejarme llevar y que, la verdad sea dicha, pocas veces me ha defraudado.
En la reciente historia de España hay uno de tantos personajes curiosos que nos servirá para llevarnos de nuevo, revisitar a García Borrajo. Me refiero a Enric Marco, Presidente de la asociación “Amicale de Mauthausen en España” y que estuvo yendo durante años de colegio en colegio y de plató en plató, dando charlas como superviviente que era de los campos de exterminio nazis. Se ganaba así la vida y gozaba del reconocimiento de muchos. Llegó incluso a ser condecorado con la Cruz de Sant Jordi por la Generalitat de Catalunya, que es la más alta distinción que concede esta Comunidad Autónoma. Pero mira tú por donde, de golpe y porrazo, se descubrió que todo era un invento y no había pisado un campo de concentración en su vida. Item más, ya en el colmo de la paradoja, al profundizarse en las investigaciones sobre su persona, lo último que se descubrió resultó ser que había sido colaborador de los nazis, y que había estado trabajando voluntariamente en los astilleros de Kiel. De esta historia dio cuenta, hace pocos años, Javier Cercas, autor de “Soldados de Salamina” –un libro que me impresionó en su momento- en su novela biográfica “El impostor”.
El caso es que ya sea por el olfato o por ese punto de mala leche al que antes me he referido, me he convertido con este artículo en investigador de la verdad y tener, no se bien si el honor o la decepción, de desenmascarar a otro impostor.
Pero es que en la huella de la toga que le dediqué hace unas semanas, había una idea que venía rondando en mi cabeza y no terminaba de alejarse. Una cierta desazón porque algunas fechas y los relatos de sus vivencias eran contradictorios. No conseguía hacerlos encajar adecuadamente. ¿Cuándo había empezado a estudiar Derecho? ¿Dónde? ¿En qué Universidad y cuando había terminado? ¿Había llegado a ejercer? ¿No era extraña su huida?
En esas tribulaciones estaba, cuando mi veterana nariz de sabueso apuntó hacia la calle Serrano donde debía conservarse el expediente de incorporación de García Borrajo en el Colegio de Abogados de Madrid. Allí deberían estar depositados los documentos precisos para haber ingresado en la corporación.
Y claro está, ¡Bingo! descubrí el pastel.
Cuando me llegó el expediente personal, en la carátula donde aparece su nombre y número de colegiado, el 14057, se dice que se incorporó el 25 de septiembre de 1950 y que fue “eliminado” el 17 de noviembre de 1951 por acuerdo de la Junta de Gobierno. Primera sorpresa. Pasando páginas llego a su solicitud de ingreso, donde dice que solicita el alta por estar ya colegiado en Pontevedra, acompañando la preceptiva certificación. Segundo asombro. ¿Cuándo ha estado este hombre en Pontevedra, que nunca lo ha citado?
Aparece más tarde una hoja en blanco, con la siguiente anotación: “Expediente disciplinario por usurpación de funciones. Baja. 1951”. Ni qué decir tiene que la cosa se estaba poniendo emocionante, pero sin llegar a la hiperventilación, que a uno ya le ha pasado casi de todo.
Más adelante, en una carta de 14 de noviembre de 1951, el abogado Francisco Labrador Leal, se dirige a la Junta de Gobierno del colegio, para poner en conocimiento de ésta que su socio de despacho, Antonio García Borrajo, ejercía ilegalmente la profesión, que así se lo había afirmado un Procurador amigo, al que habían visitado unos clientes de García Borrajo que se sintieron estafados. Muy alarmado, Francisco Labrador se fue a ver a la esposa de su socio para intentar informarse y cuenta a la Junta que ésta, muy enojada, le había dicho que era falso y que lo que contaban tenía que ser “una denuncia falsa o una broma de muy mal gusto”.
Pero mira tú por dónde Francisco Labrador, recibe poco después una carta del García Borrajo, a quien seguro su mujer le había contado, de la que da traslado al Colegio y que transcribo literalmente:
“Madrid, a 10 de noviembre de 1951.- Paco: Perdóname, he sido descubierto de lo que a todos os he ocultado, a ti que eres un santo quiero darte una explicación lo hice porque siempre quise ser abogado, primero la guerra y después los años que estuve detenido por izquierdista –de esto también te lo oculté- me impidió realizarle ese sueño de toda mi vida. He sido abogado y ya me creía serlo, de los conocimientos que tenía en la cárcel lo aprendí en libros y compañeros que eran abogados o catedráticos, por eso Máximo y González Deleito que estuvieron en la prisión les engañé también y creyeron lo mismo, como todos por eso he vivido un tiempo como soñé. Ni mi mujer ni mi padre supieron la verdad, todos creían que era abogado y lo demostré en los Juzgados ganando asuntos como a González de Miguel y otros que todos sabéis. Júzgame como quieras, solo te pido que reces a tu Dios para que me de suerte.- Anima a mi pobre mujer, está en estado y esto le va a costar la vida, he sido un canalla con todos, con el engaño que habéis sido víctimas, pero conseguí lo que pretendí, ser abogado.- Bueno que vamos a hacer, que te de mi mujer todas las cosas que tiene en la casa de su familia y que yo te las pedí que las llevaras.- Que tengas suerte en la profesión.- Te saluda.- Antonio García Borrajo”
El Colegio de Madrid actúa con celeridad, da de baja al defraudador, se dirige al Colegio de Pontevedra y al Juzgado de Guardia, instruyéndose el Sumario 273/1952.
Conclusión de la historia, Antonio García Borrajo ES UN FRAUDE. Ni debió fundar la F.U.E., ni le pondría preso Gil Robles –que no fue nunca presidente del Consejo de Ministros como él afirma- ni seguramente estudiaría Derecho antes de empezar la guerra, si acaso algún curso después de terminarse y por supuesto estoy casi seguro que no debió cruzar a nado el Bidasoa escapando a los disparos de la Guardia civil, sino seguramente en tren y únicamente cuando se descubrió el pastel que acabo de contar.
En definitiva nos encontramos con otro impostor, o un canalla como él mismo se define, que es capaz de engañar hasta a su propia esposa embarazada. Es otro Enric Marco. Podría esbozar unos renglones sobre esos referentes de determinadas ideologías que parecen ser los poseedores del progreso, la integridad y la superioridad moral de la izquierda y el resto o somos unos burgueses o unos “fachas”, pero no lo voy a hacer. Todos somos ya lo suficientemente inteligentes para sacar nuestras propias conclusiones.
Hoy día, en Google está todo o casi todo –cosa diferente es que sea verdad o no-. Me cabrá desde ahora, la pequeña satisfacción íntima de haber descubierto a este estafador. Cuando cualquiera busque su nombre, aparecerán los panegíricos que se han escrito hasta ahora de él y los relatos de sus “hazañas”, bélicas o de las otras. Pero también aparecerá este artículo. Con eso me conformo, para mí estas personas no merecen ya muchas más líneas y que cada cual piense lo que quiera al leerme.
Es costumbre acompañar estas reseñas de una foto. Dije en el anterior artículo que de Antonio García Borrajo no había mucho donde elegir y es verdad. Hay otra, que es la que acompaño ahora, donde se muestra una especie de carnet de la masonería con la foto de Antonio García Borrajo. También es otra turbia historia, como no. Al parecer, en complicidad con otras dos personas, crearon una especie de organización masona, cuyo último objetivo era conseguir ser indemnizados por el Estado español, como lo fueron los sindicatos y los partidos políticos, debido a la incautación de bienes que se produjo al finalizar la guerra. Fueron descubiertos y la cosa quedó aparentemente en nada. Pero ya me pasé del límite de palabras impuesto y creo que no merece la pena profundizar en algo tan sórdido como apunta ser. Me basta la frase “quien hace un cesto, hace ciento”. Con eso debiera bastarle al lector. Para mí, cuando estoy llegando al punto y final, Antonio García Borrajo ya es historia.