Llanto por nuestros mayores

Publicado el lunes, 20 abril 2020

Autor: Carlos Lacaci, Abogado.

Carlos Lacaci

 

Mientras escribo estas líneas, que nunca me hubiera imaginado tener que escribir, se han contabilizado en España más de veinte mil personas fallecidas (según datos oficiales) a causa de la enfermedad por el virus COVID_19. Más de un 90% de estas personas fallecidas superaba los sesenta años. Lloramos por todos y cada uno de los fallecidos, pero, hoy, quiero mostrar mi (nuestro) especial dolor por las pérdidas de los más ancianos.

Esta maldita pandemia ha atacado y sigue atacando con alta letalidad a las personas de avanzada edad, las más vulnerables. Un duelo brutal a causa de un enemigo microscópico que ya nos ha arrancado miles de vidas, sobre todo, de personas octogenarias y nonagenarias. Al inmenso dolor que significa perder a un ser querido se une el dolor, no menos penoso, por no poder despedirnos, si quiera, con un último beso de consuelo y amor hacia los familiares y amigos que ya se fueron.

A nuestros mayores les debemos mucho, tanto como el máximo respeto debido hacia quienes se dejaron la piel por todos nosotros. A quienes lucharon en tiempos y condiciones adversas, a quienes pelearon por salir de las calamidades de otras guerras, a quienes posibilitaron que, otros, no nos ahogáramos, bajo las turbias y revueltas aguas de las pasadas crisis económicas. Son ellos, los mayores, a quienes ahora más les cuesta respirar por culpa de esta maldita crisis sanitaria.

Ulpiano, el jurista romano, definió la justicia como “la continua y perpetua voluntad de dar a cada uno lo que le corresponde (lo suyo).” Pues bien, ¿qué podría corresponder a nuestros mayores? ¿Qué sería de justica darles o, más bien, devolverles? En mi opinión, no menos, de lo que apunto a continuación:

A nuestros mayores, no se les debe abandonar, jamás. Ni antes de que les llegue una posible enfermedad ni, aún menos, mediando una horrible pandemia como la que ahora les afecta. A nuestros mayores, no se les debe sustraer ni uno solo de los medios materiales o humanos que tengamos a nuestro alcance para cuidarles, para protegerles, para curarles. A nuestros mayores, se les debe un trato, si cabe, preferencial, por los mucho que nos dieron y nos dan, por su vulnerabilidad especial. A nuestros mayores, se les debe realizar pruebas, como a los demás. Por ser de justicia y por ser de humanidad, a nuestros mayores les debemos, al menos, un respirador, con el que puedan respirar…

La inmensa mayoría de las personas mayores que se han ido a consecuencia de esta pandemia y a quienes, con enorme tristeza y dolor, no pudimos dar, si quiera, nuestro adiós, fueron aquellos abuelos que sacrificaron su tiempo, bienes y dinero para educarnos, protegernos, cuidarnos. Nos lo dieron todo, incluso, aquello que, por justicia, no nos pertenecía y, aún así, nos lo dieron. Nos ofrecieron, desinteresadamente, su experiencia y su paciencia, su conocimiento y su sabiduría.

Muchos de estos mayores que sufren la enfermedad por el coronavirus y que pelean ahora frente a un microscópico virus, en el mejor de los casos en la cama de un hospital y enchufados a un respirador, fueron los mismos que se enfrentaron y derrotaron a un monstruo gigante con nombre de Guerra Civil y apellido de larga postguerra, vestidos de hambre, escasez e inmensa pena.

Si abandonamos a nuestros mayores estaremos abandonando nuestros propios valores. Si no protegemos y cuidamos de los más vulnerables, quizá, podremos superar y curarnos de la pandemia, pero seguiremos enfermos como sociedad y, para tal mal, ninguna vacuna hay ni jamás habrá.

Es muy triste asistir al reguero de muertes que el COVID_19 sigue dejando en todo el mundo. El luto es colosal, pero ante tan horrorosa realidad, aún hay mucho que se puede y se debe hacer. No se pueden permitir y se deben denunciar hechos como estos: que no se realicen pruebas (test rápidos) a las personas mayores que se encuentran internas en las residencias de ancianos para controlar si están o no contagiadas y para, consiguientemente, poder tomar las medidas adecuadas al objeto de protegerlas. Lo mismo se debe hacer para los cuidadores que, también, se están dejando la piel y jugándose su propia vida para poder cuidar y proteger a los mayores.

Me consta también que la inmensa mayoría de los profesionales sanitarios (médicos, enfermeros, auxiliares, celadores, etc.) están dando todo lo que está de su mano, con su profesionalidad y saber hacer para salvar la vida de todos los enfermos, con especial mimo hacia las personas ancianas.

Nuestros mayores no deben tener ningún temor ni recelo hacia todos estos excelentes profesionales, quienes, siempre, trabajan y luchan por la salud de aquéllos. Lo mismo ocurre con los profesionales que trabajan y seguirán trabando por la seguridad de todos los ciudadanos, especialmente, para los más vulnerables. Militares, guardias civiles, policías, bomberos, protección civil, etc. Todos ellos también se dejan la piel, dando la talla como servidores públicos que son.

Más dudas y responsabilidades habrá que poner encima de aquellos que, en mitad de esta cruenta pandemia, hayan mirado para otro lado. Para quienes hayan permitido, directa o indirectamente, que algunas personas ancianas internadas en residencias de ancianos quedaran varios días solas y abandonadas a su suerte, en algunos casos, con cadáveres sin levantar, en medio de un paisaje más propio de una guerra que de una pandemia, mas en las contiendas bélicas, incluso a los caídos, no se les abandona.

Quiero terminar estas breves líneas, que nunca me hubiera gustado escribir, refiriéndome a un hecho al que ya he hecho mención en otros medios, pero que creo que es el mejor resumen de, por qué, nuestros mayores, merecen todo nuestro respeto, nuestro deber de cuidar y proteger, nuestro deber, en fin, como sociedad, de darles lo que, por justicia, les corresponde.

El hecho al que quiero referirme ocurrió en un hospital de Bélgica, pero bien pudiera haber ocurrido en cualquier otro hospital de España o del mundo. Porque, el gesto que voy a narrar es el gesto con el que se visten estas personas mayores, trajes de honestidad, sacrificio, generosidad, bondad, ejemplaridad, son los trajes con los que, sin duda, podríamos curar muchos de los males con los que transitamos por esta vida: vanidad, egoísmo, maldad…

La protagonista del cierre de este artículo se llamaba Suzanne. Tenía 90 años. Se encontraba hospitalizada, enferma de coronavirus. Necesitaba un respirador. En aquel momento, en la UCI del hospital, había más pacientes. Los médicos se acercaron a la mujer para ponerle el respirador. Ella, les dijo: “gracias, hicisteis lo que pudisteis, no quiero el respirador, déjenlo para pacientes más jóvenes. Yo ya tuve una buena vida”. Los médicos siguieron sus indicaciones. El paciente joven, superó la enfermedad, se salvó. La anciana, falleció (q.e.p.d.)

No abandonemos, nunca, a nuestros mayores.

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