La libertad se peina en acero, agua y sal

Publicado el viernes, 24 abril 2020

Natalia Velilla Antolín – Arte Puñetero.

Natalia Velilla Antolín – Arte Puñetero.

Cuando el hombre se desnuda de la sociabilidad y de aquello que convertimos en imprescindible sin serlo, o cuando el hombre se enfrenta a su animalidad, deja de anhelar lo superfluo, lo accesorio y consumista, y se enfrenta a la realidad de su naturaleza salvaje. Todos tenemos un lado primitivo, aunque lo ocultemos con maestría, por eso nos reconforta el fuego de la chimenea, el sonido del agua corriendo por un manantial, el trino de los pájaros o los latidos del corazón. Somos tierra, agua, aire y fuego. Somos parte de un mundo que existe, a menudo, a nuestras espaldas, demasiado preocupados por constatar si hay WiFi o si tendremos mesa en el restaurante, pese a no haber reservado.

En estos meses de confinamiento domiciliario en el que todos cumplimos la condena de la soberbia del hombre moderno, que jugaba a ser Dios, despreciando los avisos de su propia especie, olvidando sus ancestros y su historia, y rechazando la posibilidad de su debilidad frente a lo inexorable, echamos en falta el bien más preciado del que disponemos: la libertad.

Dice nuestra Constitución, en el artículo que más me gusta de los 169 que la componen, el 10.1, que «la dignidad de la persona, los derechos inviolables que le son inherentes, el libre desarrollo de la personalidad, el respeto a la ley y a los derechos de los demás son fundamento del orden político y de la paz social». ¿Hay algo más bello, más evolucionado y más democrático que la autonomía de la voluntad?; ¿de qué serviría tener libertad de movimientos si no pudieras hacer lo que quisieras? Nada más social, más jurídicamente humano que ser dueño de nuestro propio destino. La libertad para decidir sobre nuestra propia vida es el tornasol de una verdadera democracia. Por eso, ante circunstancias que limitan la libertad y nuestra autonomía, como la discapacidad, la minoría de edad o la imposibilidad para prestar consentimiento, nuestro ordenamiento jurídico es tan garantista, estableciendo mecanismos de protección de la persona.

El Real Decreto 463/2020 de Estado de Alarma, nos ha atado a la voluntad general, entendida como protección de todos, del bien común. No podemos salir, reunirnos, visitar a nuestros familiares o deambular ni por el territorio nacional ni por Europa, pese a que un tratado de la Unión nos ha reconocido como ciudadanos libres europeos.

La libertad. El viento. El mar. Conceptos poéticos a los que estábamos tan acostumbrados que, como niños caprichosos, dábamos por sentados e, incluso, hemos sido capaces de despreciar o minusvalorar.

El denominado arte ambiental trata de instalar o modificar artísticamente el medio ambiente natural contribuyendo a su transformación (lo que incluye obras realizadas con materiales de deshecho o reciclados e integrados en un hábitat natural). Se realizan esculturas en el bosque, tallados en roca en ambientes naturales, etc. En su máxima expresión se utiliza para definir la obra de arte de grandes dimensiones integrada en el entorno natural. Exponentes de esta corriente son artistas como Andrew Rogers y sus Rhythms of life, proyectos artísticos de dimensiones megalíticas sobre espacios naturales distribuidos por dieciséis países, donde se aúna el entorno natural y la creatividad humana, utilizando únicamente materiales de la zona e integrándola con la flora del lugar.

Otro artista de la naturaleza es Chris Drury y su Medicine Wheel, donde el artista dedica un objeto natural para cada día del año en doce segmentos de papel, uno por cada mes, a partir de la pulpa de plantas y esporas de hongos. O el singular herman de vries (rehúsa a utilizar mayúsculas en su nombre y apellidos), que realiza creaciones artísticas donde la naturaleza, la ciencia, la filosofía y la poesía coexisten y se convierten en arte.

El hombre como especie animal (inteligente y evolucionada, pero animal) necesita a la naturaleza para encontrarse consigo mismo y desarrollar su autonomía. En esta época de confinamiento, el hombre ha sido alejado de su esencia por mor de la propia naturaleza en forma de virus.

Aunque el donostiarra Eduardo Chillida (1924-2002) no es un artista ambiental, su obra más influyente como escultor y grabador se ha desarrollado en entornos salvajes o naturales. Pocos saben que el escultor vasco fue portero de la Real Sociedad allá por los años cuarenta y que una lesión en la rodilla le apartó del terreno de juego haciéndole el mayor favor de su vida. Un encontronazo con el delantero centro del Real Valladolid, Fernando Sañudo, que le apartó de la competición, le permitió desarrollar su profesión como escultor elevándole a los altares de la inmortalidad artística, mucho más duraderos que los que aportan las portadas de diarios deportivos donde hoy eres un héroe, pero, en unos años, puede que pocos se acuerden de ti.

A los diecinueve años Chilllida empezó la carrera de arquitectura en Madrid, pero no llegó a finalizarla, puesto que su verdadera pasión artística eran la escultura y el dibujo. Por ello, ingresó en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, donde se formó como artista plástico. Destacó por sus creaciones escultóricas abstractas, integradas perfectamente en entornos naturales, como Elogio del Agua, en el Parque de la Creueta del Coll, en el distrito de Gràcia, en Barcelona o el Elogio del Horizonte, en el Cerro de Santa Catalina, en el barrio de Cimadevilla, en Gijón. Menos bucólicos son el Monumento a la Tolerancia, de Sevilla o la Sirena Varada, en medio del Paseo de la Castellana, bajo el paso elevado de Eduardo Dato hacia Juan Bravo. Todas las esculturas mezclan la solidez del hormigón y el metal con la liviandad de las formas, la falsa sensación de ligereza y de levitación de volúmenes recios.

Sin embargo, Eduardo Chillida ha pasado a la historia por su obra maestra El Peine del Viento, ubicado al final de la playa de Ondarreta en la denominada Punta del Tenis en San Sebastián, sobre un acantilado. El periodista José Luis Barbería escribía en 2001 en El País, cuando se cumplió el vigesimoquinto aniversario de la creación de la obra: «El ‘Peine del Viento’, donde el horizonte, las olas y el mar se funden con lo sagrado, con el arte y con lo vasco, se consolida como una de las grandes obras artísticas de estos últimos 25 años».

No exageraba: el conjunto escultórico de tres piezas de acero seco ubicadas en sendas rocas formando un triángulo y precedido por una explanada de piedra diseñada por el arquitecto Luis Peña Ganchegui no deja indiferente. El escultor realizó siete estudios del proyecto (uno de los cuales, el más conocido, El Peine del Viento I, se halla expuesto en el Museo Reina Sofía de Madrid), de los cuales ejecutó el número V. La obra fue finalizada en 1978 y constituye un lugar mágico donde el hombre se integra con la naturaleza, el mar, el viento y la sal, en una experiencia de libertad sin precedentes. El viento brama a través del sistema de tubos diseñado por el arquitecto Peña y sale por unos orificios hacia el cielo que, en días de temporal, expulsan agua pulverizada. Un sonido inconfundible.

El viento se peina en San Sebastián a través de las retorcidas piezas en forma de estela de Chillida. El viento y su sonido nos dicen que nos esperan a la vuelta del coronavirus.

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