La abogada Beatriz de Vicente publica El Agujero, donde describe las prácticas del falso maestro Shaolin de las artes marciales, convicto de dos asesinatos.
Rafael Fraguas
Indagar en la mente humana la traza que endereza las conductas de los mortales hacia el bien social o las desvía hacia su abismo es una de las tareas más fascinantes –y también más arduas- de cuantas quepa concebir. Son miles de datos y variables los que salen al paso de quien se plantee acometerla, al igual que son millares las interactuaciones que entre aquellas se establecen. Pocos científicos convencionales osarían emprender este colosal desafío, instalados como suelen estarlo en el cómodo estudio de mono-disciplinas a medida, con todo su aparato axiomático y metodológico confortablemente dispuesto y sin riesgo alguno de errar. Además, todo un paraguas corporativo y endogámico les guarece.
Sin embargo, Beatriz de Vicente, colegiada en el Ilustre Colegio de Abogados de Madrid, lleva décadas atreviéndose a penetrar casi a solas en tan fragoroso ámbito del saber con el paso firme que le brindan sus conocimientos científicos multidisciplinares – desde el Derecho y la Antropología hasta la Psicología y la Sociología- pasados por el cedazo de una experiencia forense inigualada. Tal mixtura la ha convertido, casi con certeza plena, en la principal criminóloga civil de nuestro país. Se acompaña siempre de un entusiasmo epistemológico que irradia luego desde la cátedra y mediante sus escritos, porque en ellos aflora la certeza de que logra que su trabajo le procure la impar gratificación de aquello que rebasa la mera satisfacción personal para trascender a la vida social y, dado su alcance, contribuir a hacer el bien.
¿Cuántos siglos discurrieron hasta que la conducta criminal -y el criminal mismo- salieran del sombrío callejón que les guiaba inexorablemente hacia el patíbulo? ¿Cuántas décadas tuvieron que transcurrir hasta que fueron estudiados por corazones humanitarios, semejantes al de esta criminóloga, como desviaciones conductuales susceptibles de reflexión y conciencia científicas, para así poder atajar sus causas y conjurar sus efectos? ¿Cuánto tiempo tardaron en surgir un Lombroso o, siglos después, un Michel Foucault para escribir su Vigilar y castigar, como alegato indagador del sufrimiento padecido e inducido por el poder, por tantas formas de poder, sobre aquellos seres humanos signados -o no- por el estigma del crimen?
Para acortar estos interminables plazos y aleccionada por la premura de limitarlos, Beatriz de Vicente recibió la llamada vocacional hacia la intrincada y arriesgada disciplina de la Criminología, saber sincrético y trufado de riesgos donde los haya. Con una presumible ascesis espartana adquirió plurales saberes que ha acopiado ahora tras destilarlos con la experiencia adquirida en sus investigaciones empíricas sobre la escena criminal. Fruto pues de sus sistematizaciones difundidas y recreadas desde la docencia y desde el universo mediático -en el cual acreditadamente comparece con asiduidad- pasa hoy a ofrecernos un libro, El agujero. Historia de un asesino, que constituye todo un tratado de Criminología. Induce su esfuerzo sistematizador desde el exhaustivo examen de un caso paradigmático de la criminología española, que estremeció al país por la peculiaridad de su protagonista y por la vulnerabilidad de sus víctimas: respectivamente, el maestro de artes marciales del supuesto templo de Shaolín, Juan Carlos Aguilar –Shifu Huang C. en el argot de tales disciplinas enraizadas en la cultura de la China profunda-; y dos mujeres, la peluquera colombiana Vera y la joven nigeriana Lorna, que en junio de 2013 fueron objetos de sus enloquecedoras prácticas criminales.
Una imagen arteramente fabricada
A modo de una auténtica instrucción sumarial, Beatriz de Vicente desgrana pormenorizadamente los componentes de la conducta criminal de Aguilar, que asesinó, evisceró, descuartizó y desmembró a las dos mujeres en el hondón de un gimnasio que regentaba en la capital bilbaína. Detalles aparte, obligadamente mórbidos por la peculiaridad de los asesinatos, la autora de El Agujero realiza una completa radiografía de los móviles y modus operandi seguidos por el falso maestro del saber marcial chino. La astucia y las insólitas cualidades para la simulación alzaron al futuro criminal hasta los principales platós de las televisiones españolas –Eduard Punset, Xavier Sardá y Pepe Navarro lo acogieron de mil amores en sus programas- rapado, con túnica azafranada e investido del falso crédito artera y truculentamente construido por él mismo en torno a su persona, merced a la ignorancia generalizada sobre aquellos poderes y conocimientos pretendidamente sobrenaturales que Aguilar, sin impugnación alguna, se atribuía. Una cohorte de alumnos de sus disciplinas marciales y de mujeres caracterizadas por una sumisión tan alienante como inexplicable dada su crueldad hacia ellas –llegaría a mantener hasta ocho amantazgos conocidos casi simultáneos- ejercían bajo su férula un sombrío vasallaje.
El libro de Beatriz de Vicente invita a reflexionar sobre los recovecos más umbríos de la condición humana. Su escalofriante relato conmoverá a muchos de sus lectores por abordar aspectos inimaginables a los que conduce el descarrío de la conducta de algunos individuos, como Aguilar, juguetes del impulso homicida. Pero es preciso desdeñar la tentación de escapar del horror que tan pormenorizadamente narra.
Imaginar, siquiera, que algunas prácticas criminales son tales como las aplicadas por el falso maestro a sus víctimas, lleva a la epidermis moral de cada cual a rechazar aquella imaginación: es como si por el mero hecho de admitir que existen tales hechos, todo el que los contempla fuera culpable o corresponsable de su surgimiento. Pero no. Resultaría imposible eludir el crimen y sus devastadores efectos sobre seres humanos de carne y de sangre sin comprender cuál es el combustible que aviva y azuza el fuego que arde en la mente del homicida. Y eso es lo que este libro señero de Beatriz de Vicente trata de desentrañar con la desenvoltura de una experiencia profesional y académica irrepetible.
Amenidad y rigor descriptivo
En el plano descriptivo, el texto se solapa en ocasiones con el de las rigurosas y densas instrucciones judiciales, por mor de una objetividad lo más alejada posible de los juicios de valor, como los códigos forenses exigen en aras de la imparcialidad y de la justicia. Pero, por otra parte, su relato, pincelado por los ecos de una amplia cultura humanística, contiene nociones, informaciones y conceptos muy útiles, amenamente expuestos, para descubrir con qué materiales se ha edificado ese constructo tan desconocido como fascinante de la Criminología científica. Esta disciplina nació no para satisfacer morbo alguno, pese a la escabrosa realidad en la que ineludiblemente ha de desenvolverse, sino para ejercer, mediante la aplicación de la Ciencia, una forma suprema de compasión hacia las víctimas del crimen y también hacia los criminales. Y ello, como en este libro se demuestra, sobreviene aquí con la asimetría propia que dictan la moral y la bonhomía de quienes, como Beatriz de Vicente, han dedicado su vida a tan tenaz, necesaria y generosa tarea.
El agujero. Historia de un asesino. Por Beatriz de Vicente. 384 páginas. Editorial Alrevés. Barcelona 2020.
*Rafael Fraguas es periodista y Doctor en Sociología por la UCM
