Carlos Ranera González.
Nacemos condicionados por cientos de circunstancias, unas personales y otras sociales. Junto a las capacidades personales que vienen definidas por los diferentes tipos de inteligencia, está también el continente, el país, el entorno, la familia, los medios económicos con los que contamos y, por qué no incluirlo, la suerte. Aún con ello, y con todas las limitaciones o condicionantes que nos rodean, la capacidad de decidir del ser humano es infinita. Cada día tomamos miles de decisiones que van perfilando nuestra vida y nuestro futuro. Pequeñas decisiones que van conformando nuestra forma de ser, de relacionarnos, de cómo se nos percibe y cómo interactuamos con los demás. Desde que somos niños necesitamos elegir. En el mejor de los casos será cada individuo el que vaya aprendiendo a tomar decisiones y disfrutar o sufrir sus consecuencias. En el peor, otros decidirán por nosotros (nuestros padres, los profesores u otras personas de nuestro entorno).
Vivir es decidir. Constantemente, cada día y en cada momento estamos tomando decisiones. No hacerlo supone, en muchos casos, depender de las decisiones que otros toman sobre nosotros. En mi opinión, educar significa ayudar a hacer criterio para tomar decisiones. Ser niño es solo ser pequeño y tener poca experiencia, pero en ningún caso es no tener capacidad para entender las cosas si somos capaces de explicarlas. Si tratamos a nuestros hijos como si fueran tontos es muy probable que se comporten como tales para no defraudar. Por ello, la mejor herencia que les podemos dar es la capacidad de decidir, de saber crearse opinión y tener confianza en sí mismos.
Salvo en casos extraordinarios, no creo que haya un día en que la decisión que tomemos sea la más importante de nuestra vida. Creo que el éxito o el fracaso no depende de una decisión de un día, sino de la capacidad de ir tomando decisiones cada día. Por ello, si te equivocas en la carrera que elegiste, en el trabajo, en la elección de tu pareja o la casa que compraste, si tienes la formación adecuada para decidir habrás creado los resortes necesarios para corregir, cambiar de carrera, de trabajo, de pareja o de casa y no pasará nada. En el caso contrario, evitaremos tomar la decisión adecuada por miedo a las consecuencias y viviremos victimizándonos o con la sensación de fracaso o de infelicidad.
En la naturaleza son muchos los animales que obligan a sus crías a abandonar el nido y emprender su primer vuelo, aun a sabiendas de que se estrellarán en el primer aterrizaje. Que se niegan a seguir alimentándolas para forzar que se busquen el sustento, que las ponen en situación de peligro para que aprendan a cazar, defenderse o evitar el riesgo. Lo que vemos con frecuencia es que los animales fuerzan a sus crías a tomar las primeras decisiones porque beneficia a la propia supervivencia. En sentido contrario, los humanos cada vez incrementamos y alargamos más la tutela, a vivir en comunidades grandes, a protegernos y a delegar la decisión en la familia, la comunidad, el municipio o el estado. Ello nos ha llevado seguro a una mayor supervivencia, pero también a una menor autonomía y a una mayor dependencia. Las sociedades avanzan hacia la asunción de responsabilidades que debieran corresponder al individuo, pero que delegamos. Cada vez queremos tener más derechos a cambio de tener menos libertad.
Llegados a este punto creo que debemos tener claro que tener decisión genera valor al individuo y que junto a la presión que supone ser dueño de tu vida está la satisfacción de los logros, aciertos y el éxito. Siempre valoraremos más al estudiante que ha decidido estudiar algo por vocación que al que lo hace por tradición o descarte. Será más satisfactorio tener a una pareja que, pudiendo elegir, está con nosotros porque así lo ha decidido. Creo que todos queremos que nuestros hijos nos quieran por razones distintas a solo por ser sus padres. Cuando llegamos a la empresa ocurre lo mismo, son más valiosos los empleados preparados para irse que los que están porque no pueden ir a otro sitio o que ni siquiera se lo plantean. Irse es muy sano, tan sano como quedarse, pero en ambos casos debe ser el resultado de una reflexión y de una decisión. Cada día decidimos si vivir o morir, si seguir en nuestro empleo o en la misma casa. El hecho de no verbalizarlo o continuar en el mismo sitio no implica que no estemos decidiendo.
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