El líder del recreo

Publicado el martes, 13 abril 2021

Carlos Ranera González.

Carlos Ranera González

Nuestra querida España, como otros muchos países de los llamados avanzados, necesita redefinir su modelo educativo, sacarlo de la estúpida confrontación política y poner en el centro el desarrollo de las personas, la realización individual y el avance de la sociedad. Tenemos que ser capaces de no seguir dejando en la cuneta a miles y miles de jóvenes, frustrados en el modelo, a los que se les hace creer que son malos, torpes, poco capaces o que sencillamente no sirven para nada. Perdonen la contundencia, pero las cosas que no sirven para nada son un sistema educativo como el que tenemos y unas administraciones públicas que insisten en mantener el desastre.

Cada vez es más frecuente ver cómo los empresarios de más éxito en el mundo no han ido a la universidad o tienen solo estudios obligatorios. Debe hacernos pensar qué ocurre cuando cada vez son más los jóvenes que piensan que el colegio es aburrido y no enseña, que obliga a memorizar y olvidar (en cada comunidad autónoma cosas distintas, eso sí), que es una fábrica de ignorantes, que la universidad no les aporta nada, ni garantiza un conocimiento que les abra un futuro, que desarrolle sus habilidades, que despierte su potencial creativo y explote su talento. Para solucionar esto el objetivo no debe ser solo una educación universal y gratuita. En esta ecuación falta algo más; la calidad. No es aceptable que no haya ni una universidad española entre las mejores del mundo, que el presupuesto de inversión en ciencia sea lamentable, que no compitamos en esas ligas cuando tenemos cerebros para ello. No debemos permitir que el que quiera tener éxito se tenga que ir. No vale desviar la atención hacia otros asuntos para no hablar de lo que nos debería avergonzar. No puede ser que democratizar la educación sea convertirla en algo carente de valor por falta de calidad.

Hoy hay dos caminos para buscar el éxito profesional: el más tradicional hasta hace unos años de estudiar una carrera y, los que se lo podían permitir, hacer un master en una escuela de negocio o, una segunda opción, abandonar los estudios, aprender idiomas y emprender. Cada vez es más normal que esta segunda opción tenga más adeptos y más personas que triunfan. El denominador común de las personas con éxito es el liderazgo y la confianza en sí mismos, ya sea dentro del aula o en el patio. Tenemos una importante debilidad como sociedad si solo apreciamos a los líderes de dentro de las aulas, con expedientes brillantes y buena conducta. Nos estamos quedando con una mínima parte del talento latente. Nos estaremos perdiendo no solo a grandes músicos, actores, pintores, escultores, literatos, sino también médicos, ingenieros, arquitectos y abogados. Sacar la nota más alta en el bachiller y en la selectividad (o como se llame ahora) no garantiza que esa persona será buena en cualquier cosa que quiera hacer. Es un error que nuestro modelo avala. Un estudiante con buenas notas podrá ser neurocirujano, abogado, ingeniero o periodista, sin embargo, una persona especialmente brillante, con talento fuera de lo común en una materia, que no destaque en el resto, es posible que se quede en el camino. Es decir, nuestro modelo exige idioteces. No dudo de que los que llegan sean buenos, pero hay otros muchos que podrían ser tan buenos o mejores y que no llegan.

Nuestra sociedad necesita reconocer también a los líderes del patio y ayudarles a brillar. Necesitamos a esas personas capaces de aglutinar, preocupadas por otras personas, que planteen proyectos y que busquen nuevas metas. Necesitamos líderes de calidad, con solvencia personal y autoridad moral. No nos podemos acostumbrar a desperdiciar talento.

Es frecuente ver “ojeadores” de los grandes equipos de futbol asistiendo a partidos de ligas infantiles o juveniles intentando encontrar talento. Ahí existe un interés porque se genera mucho dinero. Imaginen por un momento que ocurriera algo parecido con los niños con capacidades especiales para otros deportes, para la pintura, para la literatura, para la química, para la atención y cuidado de otras personas, para la creación de empresas o como líderes de misiones difíciles. Podrían ser niños que suspendieran varias asignaturas, pero los más brillantes del mundo en otras, que a lo mejor ni existen. Hoy se pierden por el sumidero, salvo una mínima parte de ellos que son capaces de resistir el refuerzo diario sobre su incapacidad y alcanzan el éxito.

Nos tenemos que revisar como civilización cuando a todos exigimos que para tener éxito debes recorrer el mismo absurdo camino. ¿Y si ese camino fuese para detectar la potencialidad de cada uno y su vocación y trabajásemos en eso? ¿No creen que tendríamos personas más felices y sociedades mejor dotadas para la ciencia, las letras, el ocio, la empresa, la política, el deporte y el arte?


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