¿Por qué se van?

Publicado el viernes, 20 octubre 2023

Carlos Ranera

Carlos Ranera

Hace varios siglos, en un aislado monasterio, hablaba un viejo monje con uno de sus discípulos. El joven recién llegado le preguntaba por qué cada año tantos jóvenes iniciaban su formación en el monasterio, se sentían tan atraídos por la vida monacal, el estudio, el trabajo y la oración y, sin embargo, poco a poco esos jóvenes iban perdiendo la ilusión, la capacidad de esfuerzo y la fe. Todos los veranos, cuando el monasterio volvía a estar comunicado, eran muchos los novicios que abandonaban y dirigían sus pasos por otros caminos. Peor era que muchos de los que se quedaban se convertían en holgazanes, bebedores y chismosos. Es llamativo que esto se produzca en un monasterio rico y con tantas posibilidades, con una importante biblioteca y con grandes maestros de los que aprender. Pocos sitios en estos tiempos, reflexionaba, pueden ofrecer una vida más segura, más inspiradora y con mayores recursos para progresar y convertirse en un maestro.

El inquieto joven insistía en querer entender por qué hay tantos monasterios con mucho potencial y con esa pérdida de vocaciones.

¿Por qué se van, maestro?

La respuesta es sencilla, igual que lo es entender el alma de las personas. Todos los novicios cuando llegan quieren lo mismo: las primeras semanas quieren dejar de pasar hambre y frio. Quieren un sitio que les dé seguridad y cobijo. Pero poco a poco eso deja de ser suficiente. Cuando el cuerpo deja de pedir, empieza a hablar el alma. El plato de comida y la celda cálida te mantienen unos meses, pero, cuando levantas la mirada y proyectas lo que será el resto de tu vida, hay muchas más necesidades que satisfacer y algunas de ellas más importantes.

Los novicios ansían vivir en una comunidad justa, donde los mejores, los más preparados, los que tengan mayores capacidades y más esforzados, ocupen los mejores sitios. Que el padre prior sea el hermano del conde y lleve una vida de rico fuera de la comunidad no es un buen ejemplo. Que los hermanos responsables de la biblioteca, la despensa y la tesorería sean sus corruptos amigos tampoco ayuda. Los jóvenes se ven reflejados en el trato que reciben sus maestros. Si los más viejos y sabios del convento, que necesitan ya alguna ayuda, son apartados y ninguneados, hace ver a los novicios lo que a ellos les espera. Por tanto, querido amigo, no se trata de recompensar con cama y comida, sino de satisfacer los deseos del alma, las ilusiones y sueños de jóvenes con empuje, con ganas de avanzar, mejorar y sentirse útiles. Los nuevos monjes saben el primer día cuál es su sitio, qué celda ocupan, quién es su maestro, qué horario tienen y qué trabajo deben desarrollar. Pero tenemos un grave problema; nadie nunca les pregunta qué esperan ellos.

Necesitamos que las normas del convento nos hagan previsibles. Es necesario saber las consecuencias de cada comportamiento. Las reglas del juego no deben cambiar según el momento o la persona, sino que las mismas deben ser aplicables a todos. Que algunos monjes no trabajen la huerta, no deban acudir a los oficios, no se ocupen de las tareas más pesadas o sean impuntuales sin consecuencias enrarece el clima en el grupo y genera desigualdades. Es importante que todos sepamos a qué atenernos, tanto si hacemos bien nuestro trabajo como si lo hacemos mal o no lo hacemos. Todo debe tener unas consecuencias y no deben existir castas.

Finalmente, sabemos que entre nosotros deberíamos actuar con transparencia y poder confiar. La información debe fluir constantemente para evitar los actuales chismorreos y especulaciones. No se trata de vernos más todos los días, comer y rezar juntos. Se trata de compartir. De construir una comunidad con un fin común. Se trata de vivir desde la honestidad, complicidad y generosidad.

Después de estas palabras el viejo maestro apoyó sus manos en los hombros del joven y le dijo: dentro de cientos de años seguirán existiendo comunidades de las que los jóvenes más brillantes se seguirán yendo por no tener posibilidades de desarrollarse ni encontrar a nadie que les pregunte qué les hace ilusión.

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