Oscar y Goya: dos modelos de regulación privada del prestigio audiovisual

Publicado el miércoles, 25 marzo 2026

Carmen Julia Azpeitia Grande, Responsable área Litigación y Arbitraje. AGM Abogados

Carmen Julia Azpeitia Grande

Carmen Julia Azpeitia Grande

El pasado 15 de marzo, la temporada de premios cinematográficos se cerró con la 98ª edición de los Oscar, celebrada en el Dolby Theatre de Los Ángeles. Apenas dos semanas antes, el 28 de febrero de 2026, el Auditori del Centre de Convencions Internacionals de Barcelona (CCIB) asistió a la celebración de la 40ª edición de nuestros premios ‘Goya’.

Más allá de la alfombra roja, tanto en Hollywood como en el resto de industrias cinematográficas nacionales, los grandes galardones del audiovisual funcionan también como espacios de regulación privada: no se limitan a reconocer películas y profesionales del sector, sino que fijan quiénes pueden competir, en qué condiciones, cómo se articula la votación e, incluso, qué prácticas promocionales entran -o no- dentro de las reglas del juego.

En ese sentido, ‘Oscar’ y ‘Goya’ se parecen bastante más de lo que a primera vista podría parecer. La diferencia está en la forma y en la intensidad con la que cada institución ordena ese mercado del prestigio.

En el caso de los Oscar, la Academia de las Artes y las Ciencias de Hollywood opera con una arquitectura normativa especialmente densa. Para la 98ª edición, su Board of Governors aprobó reglas de elegibilidad, votación y campaña promocional, además de las fechas oficiales de la temporada. Ese marco incluye cambios procedimentales relevantes, como la exigencia de que los miembros vean todas las películas nominadas de una categoría para poder votar en la ronda final de esa categoría; y mantiene requisitos estructurales ya asentados, como los estándares de representación e inclusión para optar a ‘Best Picture mediante el formulario RAISE y el cumplimiento de dos de cuatro estándares.

Pero, donde de verdad se aprecia el carácter ‘cuasi regulatorio’ del modelo norteamericano es en la campaña misma. La Academia no se limita a decir quién compite: disciplina también cómo puede hacerse lobbying. Sus ‘Campaign Promotional Regulations’ regulan screeners, Q&A, comunicaciones, hospitality y prácticas promocionales permitidas o prohibidas. La lógica de fondo es clara: una candidatura al Oscar no puede convertirse en una selva de presión informal, guerra sucia o captura del votante. La campaña de los Oscar, también, está reglada.

En nuestro país, los Premios Goya responden a una lógica similar, aunque con otros matices. Las Bases de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España establecen con claridad los requisitos de concurrencia al certamen: duración mínima, estreno comercial en España, permanencia en cartel al menos siete días consecutivos –tres días, en el caso de documentales-, entrega de materiales en plazo y exclusión de las películas que hayan estado a disposición del público online antes de su estreno en salas comerciales. No estamos, por tanto, ante premios honoríficos o espontáneos, sino ante una competición privada sujeta a condiciones regladas de acceso.

Ese carácter normativo se refuerza, además, con decisiones que afectan directamente al modelo de industria que se quiere premiar. La Academia de Cine española ya anunció, para la 39ª edición de los Goya, que la música original no podía haber sido creada por inteligencia artificial en las categorías de Mejor Música Original y Mejor Canción Original, exigiendo incluso una declaración firmada del productor y del compositor. También precisó, por ejemplo, que los miembros asociados con más de seis meses de antigüedad y al corriente de cuotas podrían votar en todas las categorías en segunda ronda. También en España se regula quién entra, qué obras son elegibles y cómo se decide.

La gran diferencia entre el sistema norteamericano y el español no parece estar, por tanto, en la existencia o inexistencia de reglas, sino en su grado de detalle y foco principal. El modelo ‘Oscar’ se parece más a un ecosistema de ‘compliance’ reputacional, donde la integridad del procedimiento y la disciplina de la campaña forman parte central del valor del premio; el modelo ‘Goya’, sin dejar de ser un sistema reglado, concentra su energía en ordenar el acceso a la competición y la mecánica de votación, con una exposición menor del detalle promocional.

Sin embargo, la conclusión es la misma a ambos lados del Atlántico: premiar también es regular. Tanto la Academia de Hollywood como la Academia de Cine española ejercen, cada una a su escala, una función de ordenación privada del sector, decidiendo qué obras son elegibles, quién puede votar y bajo qué reglas se distribuye el prestigio. En una industria donde una nominación o una estatuilla pueden cambiar para siempre el valor, la visibilidad y la carrera profesional, no es, en absoluto, una cuestión puramente simbólica.

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