Sigue el apellido, pero cambia el modelo

La continuidad de los despachos españoles ya no responde a un único modelo. Mientras algunas firmas mantienen una transición familiar clásica, otras han optado por profesionalizar su gestión, incorporar nuevos liderazgos o integrarse en proyectos de mayor dimensión. La experiencia de numerosos despachos demuestra que el verdadero legado de un fundador no consiste en conservar intacta una organización, sino en transmitir una cultura profesional capaz de adaptarse a cada generación

Despachos LP

Hans A. Böck / @LP_Hans

En más de veinte años dedicados a seguir la actualidad del sector legal español, hemos tenido el placer y el honor de conocer a numerosos abogados que dejaron una huella profunda en la profesión. Algunos desarrollaron su carrera en las grandes ciudades; otros construyeron despachos de referencia en capitales de provincia, convirtiéndose en figuras respetadas dentro de sus respectivas comunidades jurídicas.

En muchos de esos despachos existía un elemento común. A la entrada del bufete, una placa identificaba la firma con el apellido de su fundador. Aquel nombre no constituía únicamente una marca profesional. Representaba una forma de ejercer la abogacía, una reputación construida durante décadas y una relación de confianza con generaciones de clientes.

Quienes hemos tenido la fortuna de tratar a profesionales como Juan Antonio Sagardoy, Miquel Roca, Abdón Pedrajas, Manuel Medina o Esteban Ceca sabemos que detrás de cada uno de esos apellidos había mucho más que un despacho. Había una determinada manera de entender la profesión, de relacionarse con los clientes y de construir organizaciones capaces de perdurar en el tiempo.

Por eso resulta especialmente interesante observar la evolución que están experimentando muchas de las firmas que ellos fundaron. A primera vista, podría parecer que poco ha cambiado. Los apellidos siguen formando parte de las marcas y continúan siendo una referencia para clientes y profesionales. Sin embargo, detrás de esa aparente continuidad se están produciendo transformaciones profundas que afectan a la estructura, al liderazgo y a la propia concepción del despacho de abogados.

Durante décadas, la continuidad de una firma parecía una cuestión relativamente sencilla. El fundador lideraba la organización, transmitía progresivamente sus conocimientos y relaciones a la siguiente generación y el despacho mantenía su identidad original. En numerosos casos, la incorporación de los hijos a la profesión garantizaba una transición natural y apenas cuestionada.

La realidad actual es mucho más compleja. Los clientes demandan servicios más especializados, los mercados son más competitivos, la regulación es más sofisticada y la tecnología ha transformado profundamente la forma de trabajar. Además, muchos despachos han alcanzado una dimensión que exige estructuras de gestión y gobierno muy distintas a las que existían cuando fueron creados.

En este contexto, la continuidad ya no depende únicamente de la permanencia de un apellido ni de la incorporación de una nueva generación. Depende de la capacidad para construir organizaciones que puedan evolucionar sin perder la identidad que las hizo valiosas.

La experiencia reciente de la abogacía española demuestra que no existe un único camino. Algunas firmas han encontrado la continuidad en la siguiente generación, como muestran Sagardoy o Medina Cuadros. Otras han impulsado procesos de institucionalización que comenzaron mucho antes de la retirada de sus fundadores, como puede apreciarse en Ceca Magán o RocaJunyent. También existen ejemplos de integración y crecimiento a través de estructuras más amplias, como Abdón Pedrajas, Arrieta o Montero Aramburu. Incluso despachos regionales como CASADELEY han afrontado procesos de renovación que reflejan una realidad cada vez más extendida en toda la abogacía española.

Lo verdaderamente interesante es que ninguno de estos despachos ha seguido exactamente el mismo modelo. Sagardoy representa la continuidad de una cultura profesional transmitida entre generaciones. Medina Cuadros demuestra cómo la siguiente generación puede transformar y ampliar el proyecto recibido. Ceca Magán ejemplifica la construcción progresiva de una organización capaz de trascender la figura de su fundador. RocaJunyent muestra la importancia de preparar con tiempo la renovación del liderazgo. Abdón Pedrajas ilustra cómo la continuidad familiar puede convivir con la integración en una estructura internacional. Arrieta refleja la capacidad de muchos despachos regionales para mantener su identidad al tiempo que se incorporan a redes de mayor dimensión, mientras que Montero Aramburu evidencia que el crecimiento y las alianzas estratégicas también pueden formar parte de la evolución natural de una firma. CASADELEY, por su parte, demuestra que esta transformación no es exclusiva de los grandes mercados jurídicos, sino una realidad que afecta a despachos de muy diversa dimensión y procedencia.

Todos estos ejemplos permiten extraer una conclusión común. Los despachos que mejor han afrontado el paso del tiempo no son necesariamente aquellos que han evitado el cambio, sino los que han sabido distinguir entre lo que debía transformarse y lo que merecía ser preservado.

Probablemente esa sea la principal enseñanza que nos deja la generación de abogados que fundó muchos de los despachos más reconocidos de nuestro país. Su éxito no debe medirse únicamente por el prestigio alcanzado o por el crecimiento conseguido, sino también por haber sido capaces de transmitir una cultura profesional que hoy sigue viva en organizaciones distintas a las que ellos conocieron en sus inicios, pero que continúan inspirándose en los mismos principios.

Durante los últimos veinte años hemos tenido la oportunidad de conocer a muchos de esos fundadores y de comprobar cómo concebían la profesión, la relación con los clientes y la responsabilidad que implica dirigir un despacho. Quizá por eso resulta especialmente satisfactorio observar que, detrás de muchas de aquellas placas que siguen exhibiendo los mismos apellidos, existen hoy organizaciones más complejas, más profesionales y mejor preparadas para afrontar los desafíos del futuro.

La continuidad de un despacho no depende únicamente de que sobreviva una marca ni de que permanezca un apellido en la fachada. Depende de que las nuevas generaciones sepan preservar aquello que dio sentido al proyecto original y, al mismo tiempo, tengan la capacidad de adaptarlo a las necesidades de su tiempo. En una profesión tan vinculada a la confianza y a la reputación personal, esa combinación entre continuidad y transformación constituye probablemente el mayor éxito al que puede aspirar cualquier fundador y la herencia más valiosa que puede dejar a quienes continúen su obra.

Sobre el autor
Hans A. Boeck

Editor y Director de Lawyerpress. Fundador del grupo Lawyerpress. Periodista con más de 30 años de experiencia en medios nacionales e internacionales. Idiomas: Español, alemán, inglés. Correo electónico: hab@lawyerpress.com y Twitter @LP_hans

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