Uno que estuvo el momento y lugar adecuado – Juan Pérez-Villamil y Paredes

Publicado el martes, 14 enero 2020

José Manuel Pradas – La huella de la toga.

Al menos en nuestra adolescencia y primera juventud vivimos en una especie de mundo paralelo donde no juegan los matices y mandan los tópicos, nuestros héroes son, como Mari Poppins, sencillamente perfectos, ya sea el Cid, el manco de Lepanto o Fernán Núñez el de más vale honra sin barcos que barcos sin honra. Y al revés, Boabdil no pasa de ser un llorica o el rey José I,  será siempre Pepe Botella, además de un usurpador, un borracho. Más tarde y siempre que se tenga afán por la lectura, empezamos a ver los matices y ni unos son tan buenos, ni otros tan malos. La vida no es blanca ni negra, sino una permanente sucesión de grises.

José Manuel Pradas

José Manuel Pradas, abogado.

Viene esta introducción a cuento de nuestro personaje de hoy, Juan Pérez de Villamil, abogado y político asturiano nacido en 1754 y fallecido en Madrid en 1824, que se graduó como Bachiller en Cánones y Leyes en la Universidad de Oviedo en 1770 y terminó colegiándose en Madrid en1776 con el número 1891.

Se puede decir de él era un liberal moderado en esa España de la Ilustración, donde Campomanes y Jovellanos, además de acoger a cualquier paisano con inquietudes, intentaban modernizar la nación usando, entre otros mecanismos, las Sociedades de Amigos del País, germen de los grandes clubs liberales posteriores y de algún que otro casino retrógrado provincial.

Así pues, protegido también por el todopoderoso Godoy, va pasando la vida nuestro protagonista ostentando diversos cargos en la administración de la nación, hasta que la historia le coloca en el lugar y en el momento por el que pasará a la historia.

El sitio es la madrileña villa de Móstoles y el momento, el 2 de mayo de 1808. Damos por cierto y casi verdad revelada el texto del Bando, ese que dice «La patria está en peligro. Madrid perece víctima de la perfidia francesa. Españoles, acudid a salvarla. 2 de mayo de 1808. El Alcalde de Móstoles» y resulta que es falso de toda falsedad, pues como está perfectamente verificado, ni el texto es ese, ni el alcalde era uno sino dos, Andrés Torrejón y Simón Hernández y, seguimos con los matices, por descontado que no fueron ellos sus autores, sino Juan Pérez Villamil que residía en Móstoles por haber heredado una serie de fincas de su esposa difunta y que estaba allí casualmente, camino de Cádiz, posiblemente para ir a América.

Así que despachado el Bando -es muy interesante conocer como se fue difundiendo y los efectos que fue teniendo a su paso- pocos días después los alcaldes son detenidos por Murat, condenados a muerte y se salvaron porque largaron el mochuelo a otro –previsiblemente Pérez Villamil- alegando su poca ciencia, por lo que fueron sancionados al pago de una fuerte multa de 30.000 reales. Pero bueno esa es otra historia y un buen ejemplo de como se mitifican algunas cosas. Así que sigamos con nuestro protagonista de hoy.

Presidiendo la Real Academia de la Historia en el Madrid de José I, es detenido en 1809 al negarse a prestar juramento al rey, siendo deportado a Francia. Sucede entonces que la Academia de la Historia está muy interesada en continuar con la traducción del latín al castellano de la obra de Columela y pide a Napoleón que libere a Pérez Villamil. Aquel la concede, se traslada al preso bajo vigilancia a Alicante y allí junto con tres compañeros, consigue escapar y termina desembarcando en la sitiada Cádiz de 1811.

Es nombrado Consejero de Estado, pero el liberal moderado, seguidor de Jovellanos ha cambiado tras dos años de detención en Francia, pasando a ser un furibundo absolutista. Los liberales de Cádiz, por otro lado cada vez más radicales, le atacan de forma inmisericorde de forma que es cesado por reaccionario, consiguiendo que Pérez Villamil se vaya cada vez radicalizando más, justo en sentido contrario.

De forma que expulsados los franceses del suelo patrio y con las Cortes ya en Madrid, regresa a España Fernando VII por Valencia. Allí recibe por algunos diputados absolutistas el documento llamado “Manifiesto de los persas” que le es entregado por Pedro Gómez Labrador, personaje que a decir de Wellington era “el hombre más estúpido que he visto en mi vida” y que fue más tarde el Embajador plenipotenciario de España en el Congreso de Viena tras la derrota de Napoleón. Se entiende perfectamente como nos fue en aquellos lares y como España, desangrada en la guerra contra el francés, no obtuvo absolutamente nada por su victoria.

A la llegada del rey, el pueblo de Valencia, enfebrecido, desengancha los caballos del carruaje y lo lleva a fuerza de brazos con las frases ya célebres de ¡Muera la libertad y vivan las cadenas! ¡Viva el rey absoluto y vivan las cadenas! Como quiera que a Fernando VII, conocido más tarde como el rey felón, le hacía falta muy poquito para exaltar su ego, es de suponer que tal recibimiento reafirmara sus ideas de acabar cuanto antes con esas tonterías liberales y constitucionalistas de una parte de sus súbditos, así que recibe el “Manifiesto” del que son autores Gómez Labrador y acertaron, nuestro Pérez-Villamil. Y éste poco después, ya en Madrid y es el autor material del el famoso decreto de 4 de mayo de 1814 por el que se anulaba la Constitución de Cádiz y se derogaban cuantas normas habían dictado las Cortes durante su vigencia. Pérez-Villamil fue nombrado entonces el equivalente a Ministro de Hacienda, donde recibió en el mentidero de la Villa el cariñoso apodo del “Curandero de la Hacienda” pero poco después, por razones que se ignoran, fue cesado fulminantemente, desterrado a Plasencia y condenado al ostracismo.

Allí pasó el conocido trienio liberal, ese que hizo exclamar a nuestro rey una frase cumbre del humor negro y del cinicsmo de “Marchemos francamente y yo el primero por la senda constitucional”, hasta que pasados tres años nos volvieron a invadir los franceses, disfrazados de Cien mil hijos de San Luis y volver al Absolutismo más absoluto, en la luego llamada “Década ominosa” donde se restauró la Santa Inquisición y los liberales se vieron arrojados a la cárcel, el destierro o el exilio.

Pérez-Villamil fue entonces rehabilitado de nuevo por el monarca siendo nombrado nuevamente Consejero de Estado y Presidente de la Junta de Fomento de la Riqueza del Reino, hasta su fallecimiento en 1834.

No he podido encontrar ningún retrato suyo, por lo que doy por sentado que no existe, así que bien está a cambio que se adorne este artículo con los dos documentos más importantes que Juan Pérez-Villamil y Paredes aportó a la historia contemporánea de España. Por un lado un texto con el auténtico Bando de los alcaldes de Móstoles de 1808 y por otro el Manifiesto de 1814. Un personaje casi olvidado pero, desde luego, de una trascendencia importantísima en nuestra historia, se mire por donde se mire.

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    Ángel Carrera Zabaleta 14 enero, 2020 a las 13:03 - Reply

    Interesantisimo y magnifico investigador Don Jose Manuel Pradas ,como siempre.Siga usted así, gracias

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