Honor y clemencia en Rodin

Publicado el viernes, 13 marzo 2020

Natalia Velilla Antolín – Arte Puñetero.

Natalia Velilla Antolín – Arte Puñetero.

Cuando miramos las obras de arte realizadas en otras épocas, no somos conscientes en muchas ocasiones de lo rompedoras que pudieron ser en su tiempo. Nadie puede imaginarse hoy en día por qué el cuadro Olympia (1863) de Manet pudo ser considerado inmoral para sus coetáneos, ya que tan solo se trata de un desnudo femenino sobre una cama. Pese a que otros autores ya habían escogido esa temática para sus obras (Dánae recibiendo la lluvia de oro, de Tiziano o La Venus del Espejo, de Velázquez, por poner algunos ejemplos), la actitud de la modelo del impresionista francés enmarcada con los objetos simbólicos que la rodean (una orquídea, una chinela de tacón, un brazalete) y con la criada de raza negra que la acompaña, está imbuida de un premeditado erotismo, demasiado obsceno para la mentalidad de entonces. Tampoco lo tuvo fácil Federico García Lorca, pese a que ahora sea considerado uno de los escritores más importantes de la literatura hispana. El granadino era demasiado moderno para su tiempo y así lo expresan sus obras: homosexual, de izquierdas, patriota, taurino y católico…un intelectual inclasificable al que sus contemporáneos no supieron qué etiqueta colgar. Sin embargo, hoy en día, las obras de Manet o de García Lorca son perfectamente integradas en nuestra cultura como algo “normal”, que no desentona con nuestros actuales gustos.

Algo parecido le pasó a Auguste Rodin (1840-1917), escultor nacido en Meudon (Francia) y considerado el padre de la escultura moderna, al romper los cánones establecidos de belleza y proporción. Formado artísticamente en el neoclasicismo, coincidió en el tiempo con los impresionistas y, como ellos, innovó en la manera de crear belleza. Trabajó prácticamente todos los materiales, escogiendo el yeso como preferente, como una manera de rebelarse contra lo establecido. Rodin fue el primero en alterar las proporciones para dar más expresividad a sus esculturas y, a menudo, dejaba parte de la obra en bruto, inacabada, lo cual chocaba con la mentalidad clasicista de sus contemporáneos, acostumbrados a las líneas puras de Cánova, Rude o Bartolini.

Son muchas las esculturas que han hecho de Rodin un referente escultórico del siglo XIX, pero hay una de ellas que sobresale por sus dimensiones y, sobre todo, por su belleza. Se trata del conjunto escultórico de Los burgueses de Calais (Les Bourgeois de Calais), realizada en 1889 en bronce y que en la actualidad se encuentra en la Plaza del Soldado Desconocido en la Villa de Calais, aunque hay más de una decena de copias en otras partes del mundo (en el Musée Rodin de París, en los Jardines de Westminster en Londres o en el Metropolitan Museum of Art de Nueva York, por ejemplo). La escultura fue un encargo de la municipalidad de Calais en 1884 al artista, con el fin de conmemorar un hecho histórico que se produjo al comienzo de la guerra de los cien años.

En 1347 el entonces rey de Inglaterra, Eduardo III, tenía como objetivo controlar el Canal de la Mancha. Tras la batalla librada contra los franceses en Crécy, sitió el puerto de Calais en febrero de ese año, un enclave estratégico. El rey inglés decidió dejar morir de hambre y sed a los habitantes de la ciudad. En verano la situación se hizo ya insostenible cuando los ingleses interceptaron una provisión de víveres a la ciudad, lo que motivó que quinientos niños y ancianos fueran expulsados de Calais con el fin de dejar sobrevivir a los que quedaban. Los ingleses impidieron irse a los expulsados, quienes murieron de inanición y deshidratación extramuros de Calais. Cuando Felipe VI, rey de Francia, retiró las tropas de Calais, el alcalde de la ciudad pactó con Enrique III una salida a la contienda: el rey de Inglaterra perdonaría la vida a los habitantes de Calais a cambio de que seis gentilhombres se rindieran ante él, junto con las llaves de la ciudad, vestidos en camisón y con una soga amarrada a sus cuellos. Los nobles Eustache de Saint-Pierre, Jacques y Pierre de Wissant, Jean de Vienne, Andrieu d’Andres y Jean d’Aire se vistieron según los deseos del rey y, atados por una soga al cuello, se presentaron ante él entregándole las llaves de Calais. El rey ordenó que fueran ahorcados, si bien, por intercesión de Felipa de Henao, esposa de Enrique III, les perdonó la vida a los seis nobles burgueses, admirados por las tropas inglesas por su valentía y lealtad a su rey, concediéndoles el indulto.

La institución del indulto es, actualmente, una medida de gracia, de carácter excepcional, consistente en la remisión total o parcial de las penas de los condenados por sentencia firme y que no abarca a la condena civil derivada del delito (artículo 130.4 Código Penal). En España es otorgado por el Rey, a propuesta del Ministro de Justicia, previa deliberación del Consejo de Ministros. Se trata de  un instituto jurídico con una fuerte tradición, regulado en la Ley de 18 de junio de 1870, que estableció las reglas para su ejercicio y ha sido igualmente recogido en nuestra Constitución de 1978 en el artículo 62, dentro de las funciones del Rey. El indulto responde a razones de justicia, equidad o conveniencia pública (artículo 2 de la Ley) y se aplica, en teoría, cuando el Gobierno cree que las circunstancias del delito o del condenado lo hacen aconsejable, si bien el carácter discrecional del indulto no exime a quien lo concede de la debida motivación y justificación de su concesión. Pues bien, el grupo escultórico de Rodin de Los Burgueses de Calais es una oda a la valentía y sacrificio de unos nobles franceses, pero también un homenaje a la magnanimidad del rey inglés que indultó a los prisioneros perdonándoles la vida.

Los Burgueses de Calais es mucho más que una escultura moderna. Es un estudio anatómico y psicológico de los personales, donde cada uno de ellos se enfrenta a su fatal destino mortal de distinta manera: con miedo, con ira, con orgullo o con desesperación. Los protagonistas no están representados de manera idealizada, sino que expresan con su cuerpo, su actitud, sus manos crispadas y los rictus de sus caras, las tribulaciones que atenazaban a cada uno de ellos. Rodin no les esculpió en un único plano que permitiera verles de un solo vistazo. Lo seis personajes se hallan entrelazados, escorados y mezclados, obligando al espectador a dar la vuelta completa a la escultura para poder captar el mensaje que el escultor quería transmitir. Teatro y escultura en una misma pieza. Honor y dignidad. Clemencia y respeto. Toda una amalgama de mensajes entrecruzados en una simple pieza de bronce labrada por un genio de la escultura.

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