Tempus fugit bajo un manzano verde

Publicado el viernes, 3 abril 2020

Natalia Velilla Antolín – Arte Puñetero.

Este año la primavera ha venido y nadie sabe cómo ha sido, porque nos ha burlado disfrazándose de invierno con nevadas, cielos nubosos, viento y tardes de sofá y manta. Aunque, para ser honestos, esto último se lo debamos más al estado de alarma que a la esquiva primavera. Esta estación recién estrenada me inspira el artículo de hoy, que examina dos cuadros del barroco y un cuadro del siglo XIX. En los tres se trata, de diferente manera, el paso del tiempo.

A lo largo de la historia del arte y de la literatura, la juventud se representa como la primavera de la vida, una época plena de energía, salud y belleza. La juventud como vanidad, un estado efímero de plenitud, en la dulce inconsciencia de que la enfermedad, la vejez y la muerte llegarán, arrebatando de un golpe de guadaña el rubor de las mejillas, la turgencia de las carnes y el brillo de los ojos.

En el barroco, el tema de la vanitas fue bastante recurrente, aunque no exclusivo de los artistas del siglo XVII. En España, la corriente tenebrista barroca, inspirada en Caravaggio, dedicó multitud de obras a la vanidad, siendo uno de sus famosos exponentes el artista sevillano Valdés Leal (1622-1690), famoso por los dos cuadros conocidos como los Jeroglíficos de las postrimerías (1672). Ambas obras se encuentran en la iglesia del Hospital de la Caridad de Sevilla: Finis gloriae mundi (El fin de las glorias mundanas) e In ictu oculi (En un abrir y cerrar de ojos).

En In ictu oculi, un esqueleto (la muerte) porta la guadaña con la que siega las vidas de los mortales, al lado de un féretro, sobre un globo terráqueo. La muerte triunfa, sobre todo. El artista trata de instruir al espectador en la conveniencia de prepararse para el más allá y renunciar a los placeres de la vida, a la gloria, al poder, al dinero y al amor. En el cuadro aparecen diversos objetos que simbolizan la fama y el lujo (mitra papal, joyas, coronas, capas y espadas). La sentencia In Ictus Oculi aparece encima de la mano esquelética que sostiene una lámpara apagada: la luz extinguida, el fin de la vida…

En Finis Gloriae Mundi, Valdés Leal representa una cripta con dos cadáveres en descomposición devorados por los insectos. Son un obispo y un caballero, vestidos de gala. Como juicio final de los fallecidos, dos carteles que, elocuentes, rezan «Ni más» «Ni menos»: solamente las obras realizadas en vida son las que determinarán el destino final de cada uno. Hay huesos de esqueletos, una lechuza y un murciélago, que representan la noche, es decir, la muerte como contrapunto de la vida (el día). Nuevamente, el tema de la vanidad: de qué sirve el lujo si acabas igual, vistas sedas o harapos, seas caballero, obispo o mendigo. En el centro, una mano que sujeta una balanza: en el platillo izquierdo, los pecados capitales; y, en el derecho, las virtudes.

En el siglo XIX y principios del XX, la vanidad como tal no fue tratada tan duramente y con estos tintes apocalípticos a los que acabo de referirme al hablar de Valdés Leal. Los artistas románticos y neoclásicos utilizaron más el recurso de lo efímero de la vida y su necesidad de disfrutarla, volviendo a la concepción clásica y renacentista del collige virgo rosas (coge, virgen, las rosas) y el carpe diem (aprovecha cada día), ambas interpelaciones hacia el goce de la vida y el aprovechamiento de la belleza mientras se tenga.

Muchas son las obras que reflejan esta actitud vital, pero, para hoy, he elegido el cuadro Primavera, manzanos en flor (1859) de John Everett Millais en la Lady Lever Art Gallery en Port Sunlight (Wirral). Millais fue uno de los fundadores de la Sociedad Prerrafaelita, formada por pintores, poetas y críticos ingleses en 1848 en Londres. El prerrafaelismo rechazaba el academicismo predominante en el siglo XIX, donde las representaciones eran estéticas y armoniosas pero vacías y frías. Millais, y el resto de sus compañeros, buscaban el detallismo, el color, el sentimiento y la autenticidad, en representaciones estéticas impactantes.

Millais tardó cuatro primaveras en pintar el cuadro, realizado al aire libre en la mansión Bowerswell, la casa de sus suegros en Perth (Escocia). En el cuadro se representa a ocho mujeres jóvenes de distintas edades, holgazaneando en un jardín, al lado de un manzano, despreocupadas y felices. Se disponen a comerse un gran cuenco de natillas mientras que la única figura que está de pie, quizá la de mayor edad, sirve tazas de té que otra joven, de rodillas, va recogiendo para luego distribuirlas entre las que están sentadas o tumbadas. Las jóvenes del cuadro son miembros de la familia de Effie, la mujer de Millais. Alice, una de sus hermanas, está incluso pintada dos veces.

La juventud, además de un estado de la vida, marca el paso de la infancia a la edad adulta. La madurez es un elemento fundamental a la hora de determinar la capacidad del individuo para ser responsable y consciente de sus actos. Aunque en España la mayoría de edad se alcanza a los dieciocho años (artículo 12 de la Constitución Española), esta edad no es la única que ha de tenerse en cuenta para dotar de efectos jurídicos a los actos realizados por menores de edad.

Si bien con la mayoría de edad los españoles tienen capacidad de obrar plena (salvo para adoptar, que han de contar con veinticinco años, artículo 175 del Código Civil) y sólo por sentencia judicial de incapacitación se puede excluir tal potestad, la mayoría de edad para consentir mantener relaciones sexuales son los dieciséis años (artículo 183 Código Penal) al igual que para contraer matrimonio (artículo 48 Código Civil sensu contrario), para trabajar (artículo 16 del Estatuto de los Trabajadores), y para ejercer sus derechos sobre su imagen y sus datos (RGPD de 25 de mayo de 2018).

Sin embargo, con doce años los menores tienen edad suficiente para ser oídos en cualquier procedimiento judicial que les afecte (convenios internacionales y Ley de Jurisdicción Voluntaria) y con catorce para tener responsabilidad penal conforme al artículo 1 de la LO 5/2000 de responsabilidad penal del menor.

Estas edades divergentes según el ámbito jurídico al que nos referimos son reflejo de lo revolucionario de la adolescencia y de la juventud, donde el individuo no es niño, pero tampoco adulto. La juventud como la primavera: cambiante, inestable, plena de vida y de una climatología impredecible.

El cuadro de Millais refleja un grupo de jóvenes que, si bien son del siglo XIX, podrían representar cualquier pandilla de chicas pasando el rato juntas. Solo sus vestidos centran el momento temporal de la obra. Los gestos de las muchachas son de absoluta despreocupación, arreglándose el pelo, jugando con flores o hierbas, seguras de la fortaleza que la corta edad les otorga. En la parte derecha de la obra, sin embargo, una desapercibida y sutil guadaña reposa contra un murete a media altura, apuntando un cesto de flores silvestres y a la muchacha de amarillo que reposa tumbada boca arriba mientras mordisquea una ramita o espiga. Es el único personaje que mira directamente al espectador. Millais ha escogido a la yacente muchacha para transmitirnos el mensaje oculto de la obra: tempus fugit (el tiempo vuela). Las flores se marchitarán. La vida de las jóvenes se segará. Todo momento tiene fecha de caducidad. Aunque todo parezca eterno, todo pasa, todo termina. Incluso el confinamiento. Carpe diem.

Sobre el autor
Redacción

La redacción de Lawyerpress NOTICIAS la componen periodistas de reconocido prestigio y experiencia profesional. Encabezado por Hans A. Böck como Editor y codirigido por Núria Ribas. Nos puede contactar en redaccion@lawyerpress.com y seguirnos en Twitter en @newsjuridicas

Comenta el articulo