Carlos Ranera González ha desarrollado gran parte de su carrera profesional en el sector bancario y ahora ejerce como director general de Negocio del bufete internacional ONTIER. Es un reconocido divulgador y formador en las nuevas técnicas de gestión y desarrollo de negocio.
Carlos Ranera González
A todos nos encanta estar rodeados de personas ingeniosas, talentosas, con capacidad para ver de manera diferente las cosas que todos vemos igual. Tener gente así hace que las sociedades avancen, las empresas evolucionen y que todos salgamos beneficiados. El talento es el principal motor para el desarrollo humano, para la mejora de las condiciones de vida y para la generación de valor de todo tipo.
¿Por qué entonces nos cuesta tanto fomentar que el talento surja, se desarrolle y aporte? ¿Por qué sociedades evolucionadas como la nuestra lo propicia tan poco? Creo que para responder a estas preguntas deberíamos, en primer lugar, cuestionar nuestro modelo educativo, donde se incentiva y valora solo un determinado tipo de capacidades, despreciando otras muchas formas de inteligencia. Hablo de cuestionar nuestro modelo educativo, ese que cambiamos cada cuatro años, no a nuestros educadores, sufridores igualmente del modelo. Es una pena la cantidad de personas talentosas que nos estamos perdiendo por no tener los circuitos necesarios para detectarlo y hacer que destaquen. Creo que debemos hacer una profunda reflexión sobre este asunto, aunque éste no es el motivo de este artículo.
Hoy me quiero centrar en el análisis de por qué no surge más talento en las empresas y por qué el que hay no brilla más. Creo que a todos, alguna vez en nuestra vida, nos ha llamado la atención la inteligencia de esos perros callejeros que hace años se veían por los pueblos y ciudades de nuestro país. A todos nos ha sorprendido su forma de comportarse, de buscarse la vida, cómo su intuición les lleva a aliarse con otros para ganar fuerza, protegerse y cuidarse.
Imaginen que adoptamos a uno de esos perros. Nos lo llevamos a casa, lo bañamos, le damos comida y un sitio caliente y seco para dormir. A cambio queremos que sea nuestra mascota, que se siente a nuestro lado para acariciarlo, jugar a tirarle una pelota y que nos la traiga. Queremos que se quede quieto, que no moleste y que se convierta en nuestro perro de compañía. ¿Creen que ese perro será feliz cambiando su libertad y su forma de ver la vida por tener asegurada la comida y un techo? Eso es lo que las empresas suelen hacer con el talento. Les llama la atención su brillantez, su forma de pensar, su distinta manera de ver la misma realidad. Nos esforzamos en incorporarlo a la organización por todo lo que puede aportar y cuando lo conseguimos nos incomoda, no nos gusta que lleve la contraria, queremos que sea obediente y disciplinado y que se adapte a nuestra forma de trabajar. Es decir, ponerle el collar y la correa.
Siempre ocurre lo mismo, nos enamoramos del talento para a renglón seguido querer convertirlo en obediencia. Ese perro no será feliz y un día se irá para no volver. Muchas empresas pierden talento porque se va o, si se queda, terminan enterrándolo en modelos obsoletos, antiguos y disciplinados. El talento en esa organización no brillará porque será fagocitado a las pocas semanas y siempre habrá alguien que diga; “¡pues no lo veo yo tan brillante…!”. Efectivamente, el perro callejero será peor perro de compañía que los perros entrenados para eso. Nunca se acostumbrará a traerles la pelota y no querrá nunca llevar un collar con su nombre, ni darles la patita, ni pasear atados con una correa.
Si lo que buscan para su empresa es talento, piensen que les va a decir cosas que no les gusten, que hará las cosas de otra manera, que no les dirá que ustedes son los más listos y que todo es perfecto. Si lo que quieren es alguien que haga lo que ustedes han pensado y decidido busquen personas obedientes, que no tengan grandes aspiraciones y que se conformen con que de su cuerpo, lo que más les interese sean sus manos y no su cerebro.
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