Lágrimas de cocodrilo

Publicado el lunes, 12 abril 2021

Daniel Alonso Viña – Paris a juicio.

Los principales líderes europeos y de América Latina, tras acordar el pacto comercial entre la UE y Mercosur. FOTO- AP

Esta mañana hacía sol, pero después el cielo se ha ido encapotando y ahora, mientras escribo esto, llueve a cántaros. Afuera parece de noche, aunque sean las seis de la tarde, y no puedo evitar sentir que es el momento perfecto para escribir este artículo.

Daniel Alonso Viña

Daniel Alonso Viña

He tenido la mala suerte de escoger un tema aparentemente sencillo, pero que esconde un trasfondo un tanto macabro. Estoy hablando de las reiteradas negativas del presidente Macron al tratado de libre comercio entre Mercosur (unión comercial de Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay) y Europa. Miren la imagen de los líderes de ambos bloques, tan contentos por poder participar en la firma de un acuerdo histórico. El presidente francés se llevó todo eso por delante y el acuerdo ahora mismo está temblando en un pozo oscuro. La razón esgrimida para el rechazo: la protección del medio ambiente y, en concreto, del Amazonas.

El drama empieza con un tuit, escrito por Macron el 22 de agosto de 2019:

Nuestra casa se está quemando. Literalmente. El Amazonas, el pulmón de nuestro planeta que produce el 20% de nuestro oxígeno, está en llamas. Se trata de una crisis internacional. Los miembros del G7 se reunirán dentro de dos días para discutir esta emergencia. #ActForTheAmazon

A lo que el jefe de gabinete de Bolsonaro, el presidente de Brasil, contesta:

«¿Macron ni siquiera puede evitar un incendio predecible en una iglesia patrimonio de la humanidad, y quiere enseñarle a nuestro país? Tiene mucho que cuidar en casa y en las colonias francesas».

Así, con este intercambio se sentencia, al menos por el tiempo en el que ambos presidentes estén en el poder, un tratado comercial negociado durante décadas.

Para demostrar la enorme hipocresía en la actitud de Macron, haré una pregunta básica: ¿por qué el Amazonas y no todo lo demás? Es decir: ¿qué pasa con el resto de acciones que destruyen el medio ambiente y sobre las que el presidente de Francia no hace nada, pese a que tiene sobre ellas infinitamente más control que sobre esas tierras lejanas? Quizás se debe a que la gente se revuelve en sus casas ante las imágenes de los incendios, pero no se sienten en absoluto responsable de los actos más cotidianos y destructores que cometen cada día. La máxima de Macron es esta: no se trata de ser ecologista, sino de parecerlo. No se trata de intentar imponer a la gente hábitos de consumo menos destructivos, sino de alimentar con actos heroicos su fantasía de que Francia es ecologista, para que puedan seguir viviendo como gusten, destruyendo el planeta sin remordimientos.

Máxime Combes, economista miembro de AITEC (Asociación Internacional de Técnicos, Expertos e Investigadores), comenta el tratado entre Mercosur y Europa diciendo que “el acuerdo consiste en intercambiar coches de Europa por carne de Sudamérica”. Además, añade, “habría que preguntarse si en 2021 necesitamos intercambiar carne que se puede producir en Europa, por coches que se pueden producir en Sudamérica. Es algo que tiene un impacto muy fuerte sobre el clima, la deforestación y las agriculturas y economías locales”. Sin embargo, estas preocupaciones no las tenían los líderes europeos mientras se hacían la foto de celebración y daban sus discursos en favor de dicho tratado.

Lo cierto es que el impacto para el medio ambiente de cualquier acuerdo comercial es inmenso. De haberse aprobado, a Mercosur se exportarían coches franceses, españoles, alemanes, etc., lo que conllevaría un aumento en la fabricación y en el transporte de mercancías, con la consecuente destrucción del ecosistema marino, que producen la mayor parte del oxígeno en la tierra (el otro 80%). Por no hablar del aumento en el uso de vehículos y la quema de carburante en los países de Mercosur.

Y esto no es lo peor, ya que, desde allí, importaríamos carne y productos derivados de los animales. Pero “allí” ¿dónde exactamente? sin duda, parte de la producción se llevaría a cabo en Brasil. Con el acuerdo comercial aumentaría la exportación y producción de carne. Para aumentar la producción hacen falta más vacas, y para eso hacen falta más tierras donde puedan pastar. ¿Cómo conseguir esas tierras? talando el Amazonas y quemando la superficie para cultivar alimento para los animales. Frente a esta realidad, se antepone la imagen de un Macron profundamente apacible y sonriente, dispuesto a defender un acuerdo que representa lo que albergan sus más íntimas convicciones, el libre comercio entre los países. Sólo después cambia el discurso y dice preocuparse por el Amazonas, acusando a Bolsonaro de haber “mentido”.

Podemos extraer dos lecciones de esto. La primera, que Macron es un político de pura sangre. Y la segunda, que en esas venas no hay ni una pizca de ecologismo. Simplemente ha encontrado al villano perfecto, el malvado quemador de bosques prístinos, Jair Bolsonaro, y ha decidido erigirse en Superman salvador antes de que le quiten el puesto en una Francia a cuyas gentes no acaba de gustar.

No hace falta indagar más en el tema. El monstruo está en casa, el sistema que está destruyendo la tierra lo hemos creado nosotros, aquí, en Europa. Aunque no contaminemos tanto como otros, nuestro consumo crea alrededor del mundo los incentivos que hacen aparecer las fábricas ultra contaminantes en Filipinas o Tailandia, y los incendios en el Amazonas.

Macron es un político más, quizá mejor, más perspicaz, pero que no salvará a nadie más que a sí mismo. Lo único que expulsan sus ojos al ver los incendios son lágrimas de cocodrilo.

Como economista que soy, tengo dudas. He crecido en la ortodoxia de que el libre comercio es la mejor opción para el desarrollo de los habitantes del mundo, y me consta que, hasta cierto punto, así ha sido. Pero a veces me pregunto si no hay algún método diferente, menos desbocado, más respetuoso, de hacer las cosas.

Mientras escribo estas últimas palabras, las nubes han perdido fuerza y el sol se cuela por un resquicio minúsculo antes de desaparecer en el horizonte. A veces, pienso, hay que tener esperanzas y punto, aunque no haya razones evidentes para ese sentimiento. Si no, la ilusión se esfuma, y con ella la fuerza necesaria para modificar, aunque sólo sea un poco, aunque sólo sea en uno mismo, todas las cosas que no están bien en el mundo.

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