Si
hay
un
hecho
singularmente
reseñable
en
la
realidad
social
de
estos
últimos
años,
es
el
proceso
de
convergencia
que
han
experimentado
las
empresas
y
las
entidades
no
lucrativas
de
iniciativa
cívica.
Esa
convergencia
de
dos
esferas,
en
principio,
distintas
y
distantes,
es
lo
que
se
ha
dado
en
llamar
Responsabilidad
Social
de
las
Empresas.
Las
empresas
se
han
hecho
permeables
a un
entorno
que
no
formaba
parte
de
sus
elementos
constitutivos
tradicionales,
y no
como
sacrificio,
cesión
o
renuncia,
sino
como
un
añadido
aparentemente
exógeno
que
agrega
valor.
Esta
apertura
de
las
empresas
ha
ido
pareja
al
reconocimiento
de
las
organizaciones
no
gubernamentales
como
parte
legitimada
e
interesada
para
intervenir
o al
menos
participar
en
el
orden
empresarial,
influyendo
en
la
toma
de
decisiones.
La
empresa
deja
de
ser
un
ámbito
de
decisiones
único,
ligado
a la
propiedad
o a
la
dirección,
para
pasar
a
ser
un
centro
multifocal,
en
el
que
los
grupos
de
interés
-entre
ellos,
los
movimientos
sociales
organizados-
se
revelan
como
contrapartes
y se
erigen
en
copartícipes.
En
España,
este
proceso
generalizado
de
Responsabilidad
Social
de
las
Empresas
ha
sido
particularmente
intenso
en
un
sector
de
la
acción
social,
a
saber,
la
que
tiene
que
ver
con
la
discapacidad.
Según
las
fuentes
estadísticas
disponibles,
más
del
40 %
de
la
acción
de
las
empresas
en
materia
de
Responsabilidad
Social
tiene
como
destino
la
discapacidad.
Esto
puede
deberse,
por
una
parte,
a la
importancia
del
tejido
cívico
de
la
discapacidad
en
España,
que
al
actuar
genera
las
condiciones
para
que
la
Responsabilidad
Social
se
expanda
en
este
campo;
y,
por
otra,
al
menor
desarrollo,
en
términos
históricos
y en
comparación
con
otros
países
más
avanzados,
de
la
acción
pública
en
materia
de
discapacidad,
que
deja
un
espacio
más
amplio
a la
iniciativa
no
pública,
bien
empresarial
bien
social,
o
mejor
aún,
a la
confluencia
de
ambas.
Por
suerte,
existe
ya
mucho
conocimiento
y
pericia
sobre
Responsabilidad
Social
Empresarial
y
Discapacidad.
No
hay
excusa,
pues,
para
que
las
empresas,
sea
cual
sea
su
dimensión,
no
se
animen
a
incorporar
la
diversidad
humana
que
significa
la
discapacidad
al
núcleo
de
sus
inquietudes,
propósitos
y
anhelos.
No
contar
con
las
personas
con
discapacidad,
comportaría
dar
la
espalda
al
caudal
de
talento
que
estas
llevan
consigo.
Con
la
Responsabilidad
Social,
las
empresas
no
prestan
un
favor
a
otros,
se
lo
hacen
a sí
mismas.
Luis
Cayo
Pérez
Bueno,
Presidente
Comité
Español
de
Representantes
de
Personas
con
Discapacidad
(CERMI)