La Convención
Internacional
sobre
los
Derechos
de
las
Personas
con
Discapacidad,
adoptada
por
la
Organización
de
Naciones
Unidas
el
13
de
diciembre
de
2006,
es
el
hecho
social,
político
y
legislativo
más
relevante
de
los
acontecidos
en
la
esfera
de
las
personas
con
discapacidad
en
lo
que
va
de
siglo,
y
sus
efectos
transcendentes
está
llamados
a
desplegarse
aún
por
mucho
tiempo
más.
Por
fin,
ha
ocurrido
algo,
en
términos
políticos
y
jurídicos,
a la
altura
de
los
abrumadores
requerimientos
de
derechos,
inclusión
y
bienestar
que
reclaman
las
personas
con
discapacidad.
Por más
que
la
Convención
se
intitule
“internacional”,
que
lo
es,
no
deja
de
tener
una
dimensión
intensamente
nacional,
pues
sus
destinatarios
naturales
son
los
Estados,
lo
sujetos
primordiales
del
Derecho
Internacional,
que
la
hayan
firmado
y
ratificado,
como
es
el
caso
de
España.
Desde
el 3
de
mayo
de
2008,
fecha
de
su
entrada
en
vigor,
este
instrumento
jurídico
internacional
de
Naciones
Unidas
es
Derecho
positivo
nacional,
se
agrega
y se
integra
en
el
ordenamiento
normativo
español
y
sus
principios,
valores
y
mandatos
son
parte
insoslayable
de
su
legislación
y de
su
acción
pública.
Transcurridos
seis
años
de
su
vigencia
en
España,
parecía
conveniente
examinar
en
qué
medida
esa
imperatividad
formal
era
y es
también
realidad
material.
Determinar
si
esa
nominalidad
jurídica
se
traducía
en
efectividad
de
derechos
para
las
personas
a
las
que
potencialmente
se
dirigía
a
proteger,
a
saber:
las
mujeres
y
hombres
con
discapacidad.
Con
este
propósito,
la
Fundación
Derecho
y
Discapacidad,
con
el
acompañamiento
del
Comité
Español
de
Representantes
de
Personas
con
Discapacidad
(CERMI),
organizaron
en
la
ciudad
de
Gramada,
los
días
29 y
30
de
mayo
de
2014,
un
congreso
nacional
dedicado
monográficamente
a
discernir
qué
recepción
ha
tenido
la
Convención
de
la
Discapacidad
en
España
y
cómo
ha
sido
su
despliegue
en
este
periodo
de
primera
aplicación.
Bajo el
lema
“De
los
Derechos
a
los
Hechos”,
el
Congreso
de
Granada,
cuyas
actas
publica
ahora
la
reputada
editorial
jurídico-social
Tirant
Lo
Blanch,
200
especialistas
en
Derecho
de
la
Discapacidad
–procedentes
de
la
universidad,
de
los
poderes
públicos,
de
los
distintos
operadores
jurídicos
y
del
activismo
del
movimiento
social
de
la
discapacidad-
expusieron
y
debatieron
productivamente
sobre
la
suerte
seguida
por
este
tratado
de
derechos
humanos
en
España.
Esta
edición
impresa,
al
cuidado
de
la
profesora
Esperanza
Alcaín,
genuina
artífice
de
la
reunión
y en
gran
parte
acreedora
de
su
éxito,
compila
ordenadamente
y
presenta
al
público
lector
los
textos
de
las
conferencias,
las
ponencias,
los
paneles
y
las
comunicaciones
emitidas
en
el
Congreso,
y
aspira
a
mantener
viva
una
cuestión
que
en
modo
alguno
puede
considerarse
concluida.
Como se
evidenció
en
Granada
durante
esas
jornadas,
el
debate
en
torno
a la
Convención
y a
su
aplicación
en
España
no
cesa
ni
puede
cesar
porque
sigue
palpitante
la
realidad
previa
sobre
la
que
se
proyecta,
la
de
las
personas
con
discapacidad
que
siendo
seres
humanos
no
gozan
ni
de
lejos
de
los
derechos
homónimos,
porque
la
comunidad
política
de
referencia
sigue
negándose
a
admitir,
sino
de
plano,
sí
con
mil
reticencias,
que
la
diversidad
humana
que
comporta
la
circunstancia
de
la
discapacidad
-un
elemento
fáctico
sí,
pero
también
y
sobre
todo
una
construcción
social-
es
un
factor
intrínsecamente
valioso
que
mejora
y
amplía
el
medio.
El asunto
de
la
calidad
y
cantidad
de
los
derechos
humanos
de
los
hombres
y
mujeres
con
discapacidad,
y el
de
su
acceso
a
los
bienes
sociales
básicos,
que
son
usuales
en
su
mismo
entorno
para
aquellos
miembros
de
la
comunidad
que
no
presentan
esta
nota
de
diversidad,
nos
sigue
interpelando
con
insistencia,
porque
pura
y
simplemente
es
una
cuestión
no
resuelta,
y lo
último
que
cabe
ante
esta
intimación
es
el
silencio
o la
omisión.
La
Fundación
Derecho
y
Discapacidad
y el
CERMI
han
determinado,
en
punto
a
derechos
humanos
de
las
personas
con
discapacidad,
que
siempre
es
preferible
hablar
y
hacer,
porque
lo
contrario,
mantenerse
silentes
o
inactivos,
tanto
da,
constituiría
una
suerte
de
complicidad
en
un
delito,
al
menos
moral,
de
lesa
humanidad.
Luis
Cayo
Pérez
Bueno,
Presidente
Comité
Español
de
Representantes
de
Personas
con
Discapacidad
(CERMI)