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Andaba
yo,
como
todas
las
personas
de
bien,
con
el
bolígrafo
a
media
asta
y el
corazón
encogido
por
la
atrocidad
ocurrida
en
Francia,
cuando
un
titular
distinto
conseguía
desviar
mi
atención
del
monotema
en
el
que
estábamos
todos.
La
cosa
no
era
para
menos.
Unas
declaraciones
de
la
Presidenta
del
Observatorio
contra
la
Violencia
Doméstica
y de
Género
que
abogaban
por
la
erradicación
del
piropo
porque
constituye
una
invasión
de
la
intimidad
de
la
mujer.
Semejante
afirmación
me
tuvo
hablando
sola
un
buen
rato
y,
con
total
respeto,
hoy
más
que
nunca,
a la
libertad
de
expresión
y de
opinión
de
cualquiera,
no
he
podido
hacer
otra
cosa
que
ponerme
manos
a la
obra
y
ejercitar
la
mía.
En
cuanto
leí
el
titular,
acudieron
a mi
cabeza
dos
situaciones
reales,
vividas
por
mí
misma.
La
primera
de
ella
fue
en
un
taxi,
camino
de
la
estación
del
AVE,
junto
a
tres
compañeras
de
regreso
de
un
curso
al
que
asistimos.
Íbamos
las
tres
muy
animadas
comentado
los
avatares
del
curso
en
cuestión
y
mil
cosas
más,
ante
la
sonrisa
disimulada
del
taxista.
Cuando
llegamos
a
nuestro
destino
y me
dispuse
a
pagar
la
carrera,
me
dijo
con
amabilidad
“un
placer,
jamás
había
tenido
un
cociente
intelectual
tan
alto
a
bordo
de
mi
taxi”.
Y
yo,
igual
de
amablemente,
le
di
las
gracias
y le
dije
que
jamás
había
recibido
mejor
piropo.
La
segunda
de
las
situaciones
a
que
me
refiero
fue
a
través
de
las
redes
sociales.
Alguien,
a
quien
no
conozco
personalmente,
me
envió
un
mensaje
diciéndome:
“Gracias
por
hacer
humano
el
Derecho”.
Y yo
respondí,
francamente
emocionada
“muchas
gracias
a ti
por
tan
halagador
piropo”.
La
verdad
es
que
en
ambas
ocasiones
me
sentí
muy
honrada
y,
si
he
de
ser
franca,
no
sentí
que
nadie
se
estuviera
entrometiendo
en
mi
intimidad.
Pero
tal
vez
me
lo
tenga
que
hacer
mirar,
nunca
se
sabe.
“Piropo”
es
un
término
que
etimológicamente
proviene
del
nombre
de
una
piedra
preciosa
y
muy
valorada,
y se
entiende
como
un
halago
de
una
persona
a
otra.
En
algunas
de
las
definiciones
que
he
encontrado,
se
añade
que
esa
persona
halagada
es
generalmente
una
mujer,
pero
no
es
necesario
que
lo
sea
para
que
el
piropo
como
tal
exista.
Entonces
¿por
qué
esta
condena
a
algo
que
en
principio
está
destinado
a
halagar?
Y es
que
el
problema
no
es
el
piropo
en
sí,
sino
cómo
han
hecho
uso
de
él
algunos
y
cuál
es
el
concepto
del
mismo
que
subyace
en
quien
habla
de
él.
Evidentemente,
si
el
piropo
es
zafio
o
grosero,
habrá
que
erradicarlo,
pero
no
tiene
por
qué
serlo.
Pero
aún
hay
más:
parece
presuponerse
que
el
piropo
se
refiere
siempre
a
las
características
físicas
de
una
mujer.
Y
eso
no
tiene
por
qué
ser
así.
Ya
he
puesto
dos
ejemplos
de
los
mejores
piropos
que
me
han
dirigido,
y
ninguna
referencia
hacían
a mi
aspecto
ni
al
de
mis
compañeras.
E
igual
se
podrían
haber
dirigido
a un
hombre.
Y
tampoco
creo
que
hubiera
visto
su
intimidad
en
peligro.
La
trampa
es
caer
en
el
estereotipo
de
los
roles.
El
piropo
se
dirige
a
una
mujer,
y
por
ello
se
refiere
a su
físico.
Y
eso
no
es
otra
cosa
que
partir
de
una
base
de
desigualdad
que
es
la
que
hay
que
erradicar,
y no
el
piropo
en
sí.
Ya
nadie
–o
casi
nadie-
grita
groserías
desde
lo
alto
de
un
andamio,
como
ya
nadie
–o
casi
nadie-
dice
eso
de
“mujer
y
sartén
en
la
cocina
estén”,
por
más
que
forme
parte
del
refranero
popular.
Porque
la
sociedad
ha
evolucionado,
los
roles
han
cambiado
y
todo
se
debe
ver
desde
una
perspectiva
diferente.
Y el
piropo,
como
halago,
no
puede
ser
una
excepción.
Por
poner
otro
ejemplo,
muchos
recordarán
el
anuncio
de
un
refresco
de
cola
en
que
eran
ellas
las
que
piropeaban
a un
hombre,
y
nadie
se
llevaba
las
manos
a la
cabeza,
le
gustara
o no
el
anuncio
en
cuestión.
La
verdad
es
que
yo
comprendo
mejor
que
nadie
que,
acostumbrada
a
mirar
todo
con
las
lentes
de
género,
una
se
olvide
de
que
las
gafas
ayudan
a
los
ojos
a
ver
mejor,
pero
nunca
pueden
sustituirlos.
Y
hacer
cosa
distinta
nos
puede
llevar
a
perder
la
perspectiva
y
llegar
a
pretender
matar
moscas
a
cañonazos.
Ni
más
ni
menos.
Porque,
como
digo,
las
zafiedades
o
las
groserías
deben
ser
proscritas,
y
sancionadas
si
llegan
al
punto
de
constituir
un
ilícito
penal.
Pero
no
se
puede
pretender
que
en
un
piropo
radique
una
de
las
claves
para
eliminar
la
violencia
de
género
ni
las
situaciones
de
desigualdad
porque
no
es
así.
Todo
depende,
como
casi
siempre,
del
uso
que
se
haga
de
esa
frase
lisonjera.
El
machismo
es
otra
cosa
y
anida
en
otros
lugares.
En
chistes
que
circulan
por
las
redes
sociales,
en
programas
de
televisión
que
nadie
condena,
en
publicidad
sexista
que
sigue
emitiéndose
sin
que
nadie
haga
nada,
en
colegios
que
segregan
por
sexos,
en
la
falta
de
planes
de
educación
para
la
igualdad
o en
empresarios
que
no
contratan
a
mujeres
por
el
riesgo
potencial
que
un
eventual
embarazo
suponga
para
su
negocio.
Y en
muchos
ejemplos
más.
Pero
no
en
una
frase
halagadora.
A
todas
y a
todos
nos
agrada
que
nos
elogien.
Y
eso
nada
tiene
de
malo
mientras
se
parta
de
la
base
de
que
todos
somos
iguales.
Ni
siquiera
si
el
halago
se
refiere
a
nuestro
aspecto.
Porque
no
se
puede
ser
más
papista
que
el
Papa.
Así
que,
si
lo
que
de
verdad
se
quiere
es
erradicar
la
desigualdad,
eduquemos
para
que
los
hombres
y
mujeres
del
mañana
así
lo
vean.
Y
seguro
que
sus
piropos
ni
ofenden
ni
se
entrometen
en
la
intimidad
de
nadie.
Y,
mientras
tanto,
solucionemos
los
verdaderos
problemas
de
la
violencia
de
género,
que
son
otros
y
más
graves
que
un
piropo.
Y,
de
paso,
hagamos
uso
del
principio
de
intervención
mínima
del
Derecho
Penal,
que
nunca
está
de
más
recordarlo. |