De pedir limosna a presidir las cortes – Nicolás María Rivero

Publicado el martes, 3 diciembre 2019

José Manuel Pradas – La huella de la toga.

Haciendo un símil, buscar las huellas de las togas es como ir por setas al monte, o como decía Forrest Gump ir a pescar gambas. De repente tropiezas con un caladero inesperado y puedes ir encadenando personajes como en una afortunada tirada de dados vas de oca en oca para desesperación del resto de la familia.

José Manuel Pradas

José Manuel Pradas, abogado.

Hoy sin casi preámbulo para ahorrar espacio, voy a tratar de Nicolás Maria Rivero– que durante muchos años fue una especie de perejil de todas las salsas políticas y que tuvo una vida digna de película. Así que en este mismo párrafo y de una tacada, vamos a hilvanar deprisa y corriendo, sus primeros veinte años de vida. Empezaremos por contar que nació en Morón de la Frontera o en Sevilla –hay discrepancias- en 1814 o 1815; fue dejado a la puerta de un hospicio y recogido por unos humildes agricultores que le tuvieron los primeros años de su vida pidiendo limosna a la puerta de una iglesia. Pero algo espabilado  debía ser el mozo – y quien sabe si no hubiera algún misterio- cuando a los veinte años cumplidos nos lo encontramos con la carrera de Medicina terminada en Sevilla.

Como quiera que la medicina no terminaba de llenarle, decide estudiar y licenciarse en Derecho, al tiempo que sus ideas progresistas se iban asentando en las tertulias que frecuentaba con otros jóvenes sevillanos como Fernando de Castro y Federico Rubio y Gali. Esas ideas le terminan llevando a Écija, donde cae rendida a sus encantos la señorita Loreto Custodio, rica heredera y que se convertiría en su esposa. Con ello sus problemas económicos desaparecieron ya para siempre. Es elegido diputado a Cortes.

Casado y rico se muda a Madrid, se colegia con el número 4262 en 1847 y ejerce como diputado al Congreso, casi ininterrumpidamente por Écija, Sevilla, Valencia, Alicante, Madrid y Granada. Vamos eso que hoy día se llama en el argot parlamentario “paracaidista” y no hace mucho “cuneros”.

Nicolás Maria Rivero

Nicolás Maria Rivero

Fundador y jefe del Partido Demócrata, de ideas republicanas nunca suficientemente declaradas, se convierte además de en magnífico polemista parlamentario en director de los diversos órganos de prensa de su partido junto con Castelar, Pí y Margall y Manuel Becerra. Básicamente su programa político y línea editorial consistían en el sufragio universal, la libertad absoluta de imprenta, la unidad de jurisdicción y fuero, una reforma radical de las contribuciones y dar instrucción primaria gratuita para las clases pobres.

Detallar los principales hitos de su biografía es a su vez ir, casi año por año, presenciando los locos vaivenes de este convulso periodo de nuestra historia. Así que empecemos sin mayor dilación. En la revolución liberal de 1854 –conocida como la “Vicalvarada”- nos lo encontramos en las barricadas, donde es hecho preso y llevado a la cárcel conocida como “el Saladero” en la plaza de Santa Bárbara y que era un antiguo depósito de tocino. Liberado junto con Sixto Cámara, es nombrado Gobernador civil de Valladolid, para al año ser elegido diputado por Valencia en aquellas Cortes constituyentes que no llegaron a terminar su tarea por otro golpe de estado de sentido contrario.

En 1861, en la llamada revolución de Loja, dirigida por el veterinario anarquista Pérez del Álamo, intentó evitar la represión del Gobierno, logrando que su líder fuera simplemente desterrado a Arcos de la Frontera. Poco después, en los prolegómenos de la “Gloriosa”, nos lo encontramos en 1866 en otra barricada, ahora en la plaza de Antón Martín en otra drea con la Guardia civil, quizá recordando los años infantiles en Sevilla, de donde tiene que partir apresuradamente al exilio en Francia, para allí seguir conspirando hasta la Revolución de 1868 que supuso el derrocamiento de Isabel II.

Es nombrado entonces alcalde de Madrid y posteriormente es el primero en ser elegido por sufragio directo, aunque poco después pierde gran parte de su prestigio, pues pasa de fomentar revueltas, a reprimirlas y de defender barricadas a derribarlas. En 1869 cesa, para ser nombrado Presidente de las Cortes constituyentes y en 1870 es nombrado ministro de la Gobernación, donde tiene ocasión de enfrentarse con firmeza al mal endémico que suponía el bandolerismo en Andalucía.

Muy vinculado a Prim, defiende a Amadeo I como candidato al trono, de manera que es el Presidente del Congreso durante su breve reinado y tras su abdicación, con la Primera República, debe volver a exiliarse brevemente tras fracasar una conspiración del ala radical, a los que lideraba, contra los federalistas en abril de 1873. Fallece en Madrid a finales de 1878.

No estoy seguro de tener que pedir disculpas por romper, de alguna manera, con mi estilo de redacción. Quizá haya quedado esta semblanza como una sucesión de fechas, donde solamente aquellos que recuerden por sus lecturas los sucesos de aquellos años puedan ubicarse correctamente; tengo que confesar que, a veces yo mismo me pierdo.

Así que he dejado para el final lo que más me ha llamado siempre la atención de este personaje y un par de curiosidades.

Nicolás María, así se hacía llamar siempre con sus dos nombres, es uno de esos hombres hechos a sí mismo -se que en inglés queda mejor la expresión, pero me resisto a usarla-. De ser norteamericano, se habría rodado una película de su vida novelada, que yo imagino  protagonizada por Spencer Tracy o Robert de Niro. Una vida que, irremediablemente abocada a la miseria en la injusta España de esos años, se va forjando paso a paso hasta alcanzar el éxito. Obsérvese el porte del retratado que se acompaña a este artículo. ¿Alguien se imagina a este señor de niño pidiendo limosna a la puerta de una iglesia?

Y vamos con las curiosidades. Rivero solo tuvo un apellido. Para mí es un caso único y por más que he hecho por intentar averiguar el segundo, ha sido imposible, hasta el punto de casi poder afirmar que no existió y que si lo hubo, no lo usó jamás.

La segunda curiosidad es en realidad una casualidad. Pareciera que los escojo a propósito, pero créame el lector que no es verdad. El caso es que Rivero, ¡también se batió en duelo! Lo hizo con el coronel Caballero de Rodas a raíz de un artículo publicado en La Discusión. El militar, famoso por su puntería, le hiere gravemente en la ingle. Lo cual no fue óbice para que entre ambos, liberales radicales, fructificase luego una gran amistad.

Se me olvidaba ya. Si buscan en Madrid una calle con su nombre, no la encontrarán. Entre las calles de Alcalá y la Carrera de San Jerónimo, los fabricantes de cedazos y cribas tenían asentados sus negocios. De ahí viene el nombre de la calle Cedaceros que desde 1895 hasta 1943 se llamó calle de Nicolás María Rivero, pero luego se volvió a su nombre tradicional. A la postre, el primer Alcalde de Madrid elegido por sufragio, se quedó sin calle dedicada a su persona. Una pena.

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    Rogelio Pérez Bustamante 7 diciembre, 2019 a las 06:36 - Reply

    Te faltan dos cosas la conesion con la Comisión de Codificación y sus amigos influyentes y la conexión con la masonería que es determinante en sus ideas ..lo demás es muy bueno y muy bien escrito

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