La barba de algodón – Rafael Altamira Crevea

Publicado el martes, 3 marzo 2020

José Manuel Pradas – La huella de la toga.

Algún amigo ya me ha comentado lo culto que soy. Por supuesto que no es verdad. Sí me reconozco y no es falsa modestia, que he sido buen lector – aunque cada vez menos- muy aficionado a la Historia y desde luego siempre me ha movido una tremenda curiosidad por saber cosas, sea de la índole que sea. Es esta la razón por la que me he llevado un pequeño disgusto cuando, buscando de quien poder escribir, me he encontrado con la figura de Rafael Altamira, para mí un total desconocido. Por descontado que ya he escrito de otros que antes no conocía y que lo más seguro quedarán archivados en algún remoto cajón de mi memoria, de donde no vuelvan a salir, pero hasta ahora no había dado con un personaje de la talla de nuestro  togado de hoy.

Así que una vez autoflagelado por mi ignorancia confesa y como quiera que el espacio aprieta, voy a dejar por hoy los circunloquios y reflexiones personales y voy a ir directamente al grano, porque es mucho.

Rafael Altamira Crevea

Rafael Altamira Crevea

Nace Rafael Altamira Crevea en Alicante en 1866 y cursa sus estudios de Derecho en Valencia. Es allí donde coincide con Blasco Ibáñez y tienen ambos sus primeros contactos con el krausismo. Terminados los estudios se traslada a Madrid para hacer el doctorado que es dirigido por Gumersindo de Azcárate. En ese ambiente, sus amistades se orientan hacia figuras de la Institución Libre de Enseñanza, Giner de los Ríos, Salmerón, Hinojosa y pesará sobre él la enorme influencia de Joaquín Costa – el león de Graus siempre está presente en la huella de la toga- sobre  su obra, marcada desde el inicio por el regeneracionismo.

Ese contacto con la ILE hará que trabaje en el Museo de Instrucción Primaria del que fue secretario y veremos en él otra de sus facetas, la de pedagogo, con visitas constantes a Francia, para conocer a fondo su sistema educativo y la mejor forma de traerlo a España. Paralelamente ejercerá como periodista y luego director del periódico “La Justicia”, órgano del Partido Republicano Centralista de Nicolás Salmerón, del que sería además colaborador en su despacho. Se colegia en 1892 con el número 7857.

En 1897 gana la Cátedra de Historia del Derecho en Oviedo, integrándose en un claustro de profesores que, encabezados por “Clarín” están empeñados en llevar adelante una franca renovación de los anquilosados estudios universitarios y tan importante como lo anterior, sacar esa nueva enseñanza universitaria a la calle y mostrarla a aquellos que no podían acceder a ella, mediante conferencias, cursos y otras actividades. Nace entonces la “Extensión Universitaria de la Facultad de Derecho”, siguiendo el ejemplo de las universidades inglesas, modelo que ya se había exportado antes a Bélgica y Alemania. Rafael Altamira se ocupa, dentro de sus ideas regeneracionistas, de disipar el pesimismo español, con dos obras claves de tremenda influencia en aquel momento y hoy supongo que olvidadas, “Psicología del pueble español” y la más importante “Historia de España y de la civilización española”.

José Manuel Pradas

José Manuel Pradas

Surge entonces otro momento decisivo que daría un giro importantísimo a su vida. Con motivo del III Centenario de la Universidad de Oviedo, es comisionado para viajar por América, con el propósito de restituir los lazos entre España y sus antiguas colonias, muy deteriorados a raíz del conflicto bélico de 1898. En nueve meses imparte trescientas conferencias en Argentina, Uruguay, Chile, Perú, Méjico Estados Unidos y Cuba, sale a más de una diaria y entonces no existían los aviones ni los coches. Es en ese viaje donde surge el Altamira de la última parte de su vida, el internacionalista que quiere llevar la diplomacia a ser la única forma de resolver los conflictos entre las naciones.

A su regreso a España, volvemos a encontrarnos al pedagogo ya que es nombrado Director General de Enseñanza Primaria en 1911. Durante los dos años que estuvo en el cargo su tarea fue ingente, hasta que en 1913 presenta su renuncia alegando presiones políticas, para ser nombrado profesor del Instituto Diplomático y Consular –antecedente de la actual Escuela Diplomática- y ganar la oposición a cátedra de Historia de las Instituciones Políticas y Civiles de América en la Universidad Central,  que mantuvo hasta su jubilación en 1936.

Con motivo de la Gran Guerra, se declara aliadófilo y viaja a París con una misión de intelectuales solidarios con Francia, en la que estaban incorporados, entre otros, el Duque de Alba, Azaña, Menéndez Pidal y Américo Castro.

Terminado el conflicto y con el nacimiento de la Sociedad de Naciones, se desarrollan los últimos veinte años de su vida con un marcado cariz internacional –sin abandonar nunca su cátedra- siendo elegido para redactar el anteproyecto del Tribunal Permanente de Justicia Internacional de La Haya, del que luego sería unos de sus diez jueces hasta 1940 en que la Corte se ve obligada a cerrar.

Cuando comienza la guerra civil española, Rafael Altamira abandona Madrid para instalarse en La Haya y cuando en la segunda Guerra Mundial, Holanda es invadida y ocupada, se refugia primero en Portugal y luego Estados Unidos y Méjico, donde residían dos de sus hijas. Allí fallece en 1951 donde fue enterrado en el Panteón Español.

Hemos visto pues a un Rafael Altamira que iba para músico –ya se que no lo he dicho antes- abogado con Nicolás Salmerón, historiador del Derecho, de España y de América, pedagogo, pacifista y juez internacional de primerísimo nivel. Existen numerosas fotografías de él, siempre con barba. Hay un retrato de un Altamira joven, con barba corta y bigotes a lo Hércules Poirot obra de Sorolla. He visto una foto en la catedral de Reims, envuelta en sacos terreros, donde su corpachón en el centro de la imagen, destaca entre los militares franceses y el Duque de Alba y Azaña que le flanquean. Yo prefiero para acompañar este artículo la de ahora; un rostro impresionante, con mirada profunda y una barba blanca como el algodón.

Después de esta catarata de fechas y cargos – y con la advertencia que me he dejado muchas cosas en el tintero- me sorprende aún más el poco reconocimiento de un personaje de este nivel. Una calle lleva su nombre en Valencia y otra en Oviedo, no he visto más. Rafael Altamira coleccionaba doctorados honoris causa, como yo de niño cromos del mundial de futbol de Inglaterra. La Universidad de la Plata en Argentina, la Universidad de Santiago de Chile, la de Lima en Perú y la Universidad Nacional de Méjico. Más tarde, académico de nuestra Real Academia de la Historia, catedrático del Colegio de Francia en París, doctor honoris causa por las universidades de Burdeos y París y finalmente, en 1930 por Cambridge. Por sus esfuerzos en evitar el belicismo, fue propuesto en 1933 para el premio Nobel de la Paz y también en 1951, año de su muerte.

Y yo, sin saber una palabra de él hasta ahora. ¡Cuánto me queda por aprender!

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La redacción de Lawyerpress NOTICIAS la componen periodistas de reconocido prestigio y experiencia profesional. Encabezado por Hans A. Böck como Editor y codirigido por Núria Ribas. Nos puede contactar en redaccion@lawyerpress.com y seguirnos en Twitter en @newsjuridicas

3 Comentarios sobre este articulo. Comenta tu primero.

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    Antonio liye 3 marzo, 2020 a las 18:22 - Reply

    Muy bueno el articulo sobre un ilustre , pero desconocido .
    Muchas gracias.

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    Alvaro R. Altamira 6 marzo, 2020 a las 09:01 - Reply

    Muchas gracias Don José Manuel por su artículo. La familia Altamira se lo agradece. Recuperar su figura está siendo uno de los objetivos principales. Hicimos un documental sobre la vida de mi bisabuelo. Le recomiendo que lo vea y lo difunda si es posible https://vimeo.com/11049528
    Muchas gracias. Un saludo.

  3. Avatar
    Jose manuel pradas 7 marzo, 2020 a las 08:16 - Reply

    Muy interesante el documental. Muchas gracias. JMP

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