El eremita del Paseo de la Castellana – Joaquín Chapaprieta y Torregrosa

Publicado el martes, 12 mayo 2020

José Manuel Pradas – La huella de la toga.

Repasando con mi hija la usucapión me vino a la memoria lo que para mí era una anécdota cierta, pero de la que he sido incapaz de encontrar a sus protagonistas. He acudido a amigos sabios en Derecho y viviencias –que alguno tengo- uno profesor de Derecho civil y el otro Abogado del Estado y Notario y les ha sucedido lo mismo que a mí, se lo habían contado en la Facultad, en un caso Beltrán de Heredia y al otro Guasp, pero no han sabido darme más pistas.

Así que la dejaré escrita aquí, porque con la vorágine normativa que se nos avecina, quien sabe si a algún “espabilado parlamentario” se le ocurre venir a decir lo mismo o algo similar y si por casualidad me leyera, se podrá evitar el despropósito y la vergüenza por los siglos de los siglos. Una vez contada, tampoco es muy larga, pues nos centraremos un poquito en uno de esos juristas casi olvidados y que posiblemente sería merecedor de una mejor suerte.

La historia –sea real o inventada- es tan simple como que estando vigente la Ley de Timbre del Estado de 1926, al ser validada de nuevo en 1931, con Indalecio Prieto al frente de Hacienda, un diputado reclamó que la denominación “Derechos reales” fuese sustituida por la de “Derechos republicanos”, pues la monarquía había sido felizmente abolida y por lo tanto era así como debían ser llamados. Alguien, quien fuera, le contestaría, haciéndole ver su ignorancia en el sentido que el adjetivo  “reales” correspondía a los derechos sobre las “cosas” y que derivaba directamente del “res-rei” de la declinación latina y por lo tanto allí no pintaba nada ni la República ni la Monarquía.

Antonio Fontán cuenta un caso similar en su libro “Los monárquicos y el régimen de Franco”, cuando el Sindicato Español Universitario (SEU) pidió que se cambiara el nombre de la asignatura de Derechos reales por Derechos de cosas, para evitar que se evocase a la extinta monarquía. En este caso si que conocían la procedencia jurídica del término, pero en fin…

Bueno, pues una vez que me he dado el pequeño gusto de contar esta anécdota, únicamente advertir que quedaré muy agradecido al lector que pueda ponerle nombres y apellidos a esta historia, y le rogaría que me lo haga saber. Así se hará un gran servicio a la pequeña historia jurídica de España. Faltaba por tanto encontrar algún personaje que pudiera completar este artículo y creo que esa función la cumplirá con creces nuestro protagonista de hoy Don Joaquín Chapaprieta y Torregrosa.

Joaquín Chapaprieta Nace en Torrevieja en 1871 -hijo de un emigrante genovés que llegó a adquirir cierta fortuna y que castellanizó su apellido original de Schiapeprietti- en su infancia sufrió un accidente que le deformó la columna vertebral, lo que dio lugar más tarde a caricaturas y chanzas sobre su figura. Estudió Derecho en la Universidad Central y más tarde en Bolonia. Afincado ya en Madrid, se colegió con el número 7947 en 1893 y pasados no muchos años, su despacho estaba considerado el número uno en todo lo que concernía al contencioso-administrativo. En definitiva, tenía un gusto especial por esta especialidad que otro amigo mío, el catedrático Jiménez-Blanco, califica como un pecadillo de juventud que luego se pasa, para todos aquellos que sienten predilección por esta rama del Derecho.

A partir de 1898 comienza a ejercer en política como diputado por diversas circunscripciones y ostenta cargos secundarios en diversos ministerios, hasta que en el último de la Restauración, previo al golpe de Estado de Primo de Rivera, es nombrado Ministro de Trabajo, Comercio e Industria.

Hasta la llegada de la República vive retirado, dedicado a su despacho, hasta que en 1933 obtiene escaño por Alicante, dentro de la candidatura del Partido Republicano Independiente, acta que retiene en las elecciones que dan el triunfo al Frente Popular en 1936.

Chapaprieta era un liberal y en ningún caso un derechista o monárquico resentido, como había muchos; podría definírsele como un tecnócrata de haber estado acuñada la palabreja en aquellos años. Esas elecciones del 33 que he citado, dieron el sorprendente triunfo a las derechas, lo que dio paso a lo que vino a llamarse luego el bienio negro –término con el que estoy en total desacuerdo, nada es blanco o negro en política-  y que trajo consigo la revolución de octubre en Asturias y otros lugares, preconizada por Largo Caballero y que, se pongan como se pongan algunos, era un intento de golpe de Estado como lo había sido la sanjurjada el año anterior.

Dentro de ese conglomerado de partidos que conformaban los gobiernos de Alejandro Lerroux, Chapaprieta como ministro de Hacienda intentó mantener una posición de rigor presupuestario y de obtener los ingresos adecuados para el Estado, una especie de regeneracionismo para una nación que no tenía –o no quería tener- cultura económica. Le cito: “Que la Cámara adopte una resolución definitiva, heroica, que demuestre ante el país y ante el Gobierno su propósito decidido, cueste lo que cueste, pese a quien pese, de imponer, de exigir que se presente un proyecto o unos proyectos de Ley que ataquen y resuelvan los graves problemas que en el orden económico y financiero tiene planteados España.”

Daba igual. Si se me permite una pequeña digresión, recuerdo un chiste de Forges donde aparecía dibujado uno de sus monigotes, con los pelos desbocados, las gafas rotas y torcidas y los ojos negros por los efectos de sendos puñetazos. Forges planteaba el siguiente ejercicio de agudeza visual: Adivine en treinta segundos a qué opción política pertenece el retratado. Volteando la página, Forges respondía que con absoluta certeza era un político centrista, dado que había “recibido” por los dos lados. Pues ahí podemos ver un retrato de Chapaprieta, que recibió por la derecha y por la izquierda.

Le atizaron por los dos lados. Alcalá-Zamora que tampoco era un radical precisamente, escribió sobre él en sus memorias: “Su sola deficiencia era el exceso de especialización económica, que es corriente en todos los grandes solistas ministeriales, algo descuidados al dirigir la orquesta gobernante. Y ese defecto genérico se acentúa en todos los maestros del contrabajo financiero, siempre más fríos en la ejecución. Observóse ya en Sánchez de Toca, en Villaverde, en Bravo Murillo.”

Y por su derecha, Gil-Robles afirmaba: “Un hombre de más terquedad que auténtica energía, aferrado a rígidas fórmulas capitalistas, poco compatibles con una concepción cristiana de la vida, y superadas, además, históricamente.”

Y en estas tareas heroicas estaba Chapaprieta, cuando no se sabe bien si le tocó la china o la lotería. El escándalo del estraperlo hundió definitivamente al partido Radical de Lerroux y nuestro protagonista se vio, casi sin comerlo ni beberlo, obligado a aceptar ser Presidente del Gobierno de la República, en una especie de gabinete puente que duró algo menos de tres meses y dio paso al presidido por Portela Valladares. Poco o nada pudo hacer.

Diputado por Alicante en las elecciones de 1936, la fortuna le sonrió al no encontrarse en Madrid en julio, sino en Suiza donde iban a operar a un hijo suyo. Su domicilio fue saqueado y seguramente habría tenido el mismo desgraciado final que Melquiades Alvarez o su sucesor como ministro de Hacienda Rico Avello. Terminada la guerra, regresó a Madrid, a su casa en el Paseo de la Castellana 54 y como un eremita, no salió de su casa ni una sola vez, hasta que falleció en 1951, a los ochenta años de edad.

Estuvo retirado de toda actividad política en los dos periodos en que España vivió en dictadura. No conozco otro caso similar. Don Joaquín Chapaprieta seguramente sería un personaje a rescatar del olvido en estos tiempos donde necesitaremos una buena dosis de cordura y saber hacer. Pero soy pesimista.

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    Francisco 25 mayo, 2020 a las 00:38 - Reply

    Buenas noches: Huyendo de los tópicos, y tras leer ávidamente su artículo, me alegro de su opinión sobre esta figura de la historia de España. Figuta olvidada por no poder ser utilizado por ninguna bandera, podría comentar con usted ideas que me rondan hace mucho tiempo y creo que solo pueden ser compartidas con amantes de nuestra historia. Navegó cual buen clérigo por todas las aguas, y fue testigo de que la paz fue posible. Seguramente a nadie interesaba la paz, tantas fechorías por ambos bandos debían ser borradas cual huida hacia adelante. Lo arduo de su labor economica, su gran conocimiento de la hacienda pública hace necesitar un trabajo en exclusiva para poder plasmar el momento vivido por esta figura y su repercusión. Otra faceta más relajada es la parte humana de este hombre, y su relación personal con una mujer relacionada con la multinacional Osram. Sigo buscando enlaces con un corredor de liberación de judíos durante la 2da Guerra mundial de la que fue partícipe, y busco evidencias y documentación. De momento mantengo testimonio de esta actividad por cuanto son habladurías de la zona donde tenía su finca el Raso, cerca de Torrevieja. Espero poder conocerle. Un saludo desde Alicante.

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