Natalia Velilla Antolín – Arte Puñetero.
La belleza es un concepto abstracto que tiene tantas definiciones como personas hay en el mundo. La sensibilidad de cada cual para hallar algún atractivo en objetos vulgares o en un paisaje hace que cada uno tengamos una concepción particular del arte. La objetivación de la belleza, sin embargo, es algo que muchos artistas han perseguido a través de sus obras, buscando la perfección, la proporción, la armonía cromática y el equilibrio.
El reinado de la reina Victoria, cuando Reino Unido era la primera potencia mundial, se conoció como la Era Victoriana. Al comienzo de esta época, el arte británico se nutría de convenciones académicas, en un claro estancamiento creativo, donde únicamente se representaba la belleza formal despojada de sentimientos. Esta etapa, criticada por su academicismo y su tinte tradicional, no solo ha sido denostada durante largo tiempo, sino que fue el origen de una rebeldía artística conocida como prerrafaelismo.
La sociedad prerrafaelita fue fundada por tres jóvenes estudiantes de la Royal Academy de Londres, William Holman Hunt, John Everett Millais y Dante Gabriel Rossetti, quienes ambicionan crear una nueva pintura que regresase a los orígenes anteriores al Renacimiento (antes de Rafael), es decir, a la Edad Media. Su obsesión por el medievo se traduce en la búsqueda de un estilo libre y auténtico donde se prima el color, la simbología, la mitología, las referencias literarias, la naturaleza y la belleza femenina. Su gusto por la poesía les llevó a recurrir a autores como Shakespeare u Homero para inspirar sus obras.
En otro artículo anterior ya dediqué mi columna a un cuadro prerrafaelita (Tempus fugit bajo un manzano verde) de Millais. Mi predilección por esta corriente, breve en el tiempo, pero extensa en sus influencias, es algo que no oculto. Me agrada la manera de concebir el arte como algo libre, exento de los artificios propios del convencionalismo de la época.
A partir de 1849, los tres audaces artistas comenzaron a exponer en Londres cuadros firmados, junto al nombre del autor, con las siglas P.R.B. (Pre-Raphaelite Brotherhood, “hermandad prerrafaelita”), de las que no desvelaron su significado. También se animaron a publicar una revista, denominada The Germ, donde exponían «las ideas de aquellos que apoyan una estricta adhesión a la sencillez de la naturaleza en el arte o en la poesía».
La figura de la “hermandad” no obedece a un concepto jurídico, sino que es una derivación de la figura de “asociación”, con la finalidad de defender unos mismos intereses profesionales o altruistas. Pese a que el derecho de asociación forma parte del núcleo de derechos fundamentales de nuestra Carta Magna (artículo 22) susceptibles de amparo ante el Tribunal Constitucional (artículo 53.2), no es un derecho humano que haya sido reconocido hace mucho tiempo. De hecho, ni la Constitución de Estados Unidos (1776) ni la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano (1789) lo reconocieron –esta última, incluso, lo rechazó–, siendo, por tanto, un derecho constitucional tardío, propio de la segunda mitad del siglo XIX y con pleno reconocimiento en el siglo XX.
El derecho de asociación es de naturaleza eminentemente voluntaria, y constituye un contrato colectivo, génesis de organizaciones más o menos complejas que pretenden aunar las voluntades de una pluralidad de personas con el fin de lograr fines comunes. Se diferencia de otras instituciones –como el derecho de reunión o manifestación– por su vocación de permanencia y por la necesaria organización interna dotada de estabilidad. La libertad de asociación, bajo premisas de legalidad –no olvidemos que las asociaciones no pueden tener fines ilícitos o delictivos–, es expresión de una sociedad democrática que permite la iniciativa privada, el impulso social y la lucha por la consecución de determinados objetivos colectivos.
Sin embargo, la hermandad prerrafaelita duró en activo solo unos años, aunque su influencia fue asombrosa. Uno de los autores que más se dejaron influir por esta corriente fue el irlandés Frederic William Burton, artista miniaturista que escogió la técnica de acuarela como su predilecta. Sir Frederic W. Burton es uno de los autores irlandeses más apreciados y llegó a ser el director de la National Gallery de Dublín, donde está expuesto un cuadro suyo que ha sido votado por los irlandeses como el cuadro más bello de Irlanda: Encuentro en la torre (1864), también conocido como Hellelil y Hildebrand. Esta obra, acuarela y gouache sobre papel y de marcada influencia prerrafaelita, representa una escena de una historia tradicional danesa traducida por Whitley Stokes, especialista en cultura celta, amigo de Burton. Un cuadro lleno de poesía y sensibilidad.
La historia narra el romance entre Hellelil, hija de un poderoso noble de Dinamarca, y Hildebrand, uno de sus guardaespaldas. Pese a que Hildebrand era príncipe de Inglaterra, dicho título nobiliario no era suficiente para el padre de Hellelil quien, preso de la ira al conocer el idilio entre ambos, pidió a sus siete hijos varones que dieran muerte a Hildebrand. En el duelo, Hildebrand mató al padre y a seis de los siete hermanos de su amada. Al séptimo, el más joven, le perdonó la vida por ruego de Hellelil. Sin embargo, las heridas sufridas en el duelo por Hildebrand acabarían con su vida poco después. Hellelil, rota de dolor, muere al saber fallecido a su príncipe.
Sir Frederic William Burton recoge en su lienzo el momento en el que el príncipe inglés, antes de partir hacia el trágico final que hiciera desgraciada a su amada Hellelil, se cruza con ella en la torre del castillo. Ese instante es inmortalizado por la sensibilidad del pintor: ella, vencida por la tristeza y la pasión por Hildebrand, gira el rostro para evitar cruzar la mirada con la de su amor imposible. Pero deja que el caballero tome su mano, desmayada, y deposite un beso en su antebrazo (¿hay acaso un gesto más elegante e íntimo que ese beso?). Él acerca sus labios al brazo de su amada en un gesto sacramental, sabiendo que esa será la última vez que lo haga. Lo llamativo del cuadro, además de los sentimientos que provoca, es que, pese a sus reducidas dimensiones y la técnica de acuarela empleada, es detallado y minucioso. La trenza rubia de Hellelil deja escapar algunos cabellos del recogido; el bordado dorado del vestido azul de la dama aparece perfectamente dibujado; la cota de malla del príncipe casi se puede tocar; el labrado de la vaina de su espada deja sentir su relieve; el brocado rojo del traje sobre la armadura es perfectamente perceptible…preciosismo y elegancia en una perfecta ejecución.
El beso de Hildebrand sobre el antebrazo de Hellelil es un gesto de amor profundo, puro y apasionado. Nuevamente, como ya hiciera en mi artículo sobre Magritte y su cuadro de Los Amantes, no puedo evitar dejar volar mi imaginación hacia todas esas parejas que, durante esta aciaga época de prevenciones sanitarias, se ven obligadas a besar pantallas o fotos por la impuesta ausencia o, incluso, a besar cabezas, mascarillas o mangas, como los personajes del cuadro. El amor, como el agua, siempre encuentra una salida.
