Los juicios escatológicos

Publicado el viernes, 29 mayo 2020

Natalia Velilla Antolín – Arte Puñetero.

La Justicia ejercida a través de juicios es tan antigua como el hombre, y ha inspirado a todas las religiones y sus expresiones artísticas en su vertiente de Justicia Divina, como necesidad de dar a cada uno lo suyo, de premiar la bondad y castigar el mal.

Ya me referí al “Juicio Final” en mi primer artículo de esta serie, “El Pantocrátor y el Tetramorfos”, pero ahora quiero explicar la evolución artística de la escatología. La palabra –que ha derivado en un significado bien distinto al inicial­– fue acuñada por los griegos y formada por la raíz éskhatos (último) y el sufijo logos (estudio) como conjunto de creencias religiosas sobre las realidades últimas, es decir, sobre el “más allá”.

Una de sus principales expresiones fue la psicostasis o “pesaje de almas”, procedimiento por el que se determinaba la salvación o condenación eterna del espíritu. Desde Egipto hasta la Edad Media, la psicostasis ha estado muy presente en las civilizaciones mediterráneas.

En “El Libro de los Muertos” del antiguo Egipto se describe el denominado “Juicio de Osiris”, en el que el dios Anubis –el de la cabeza de chacal, dios de la muerte­– llevaba el alma del difunto ante Osiris –dios del inframundo, del Reino de los Muertos, con la piel verde–, actuando el dios Tot –dios de la sabiduría, con cabeza de pájaro Ibis– como notario. Anubis sacaba incruentamente el Ib (el corazón) del difunto y lo ponía en uno de los platillos de la balanza que portaba Osiris. En el otro platillo, la diosa Maat de la Justicia, colocaba una pluma. Tras la celebración de un juicio al más puro estilo actual, con Tot actuando como Letrado de la Administración de Justicia, Osiris como Juez y Anubis como Ministerio Fiscal, tras el interrogatorio de los dioses, el corazón del difunto, que crecía y decrecía según las respuestas, no podía pesar más que la pluma. Si era así, Osiris dictaba sentencia in voce desfavorable, en la que el Ka (la fuerza vital) y el Ba (la fuerza anímica) no podían reunirse y el corazón era arrojado a Ammyt, una deidad denominada “la devoradora de los muertos”, con cabeza de cocodrilo, melena, torso y brazos de león y piernas de hipopótamo, quien lo engullía y daba al fallecido la “Segunda Muerte”. Si el corazón pesaba menos que la pluma, ambas esencias podían reunirse en la momia y disfrutar del eterno paraíso egipcio, los “Campos de Aaru”. Parte de este ritual puede observarse en el papiro de Hunefer (1275 a.C.).

En Grecia también se rindió culto a la psicostasis. En los versos 208-213 de la Ilíada, relativos a la muerte de Héctor por Aquiles, en venganza de la muerte de Patroclo, Zeus procedía al pesaje de almas o Kerestasia (pesado de las Keres, suertes, divinidades hijas de la noche), sinónimo de psicostasis. «El padre Zeus tomó la balanza de oro, puso en la misma dos suertes de la muerte que tiende a lo largo –la de Aquileo y la de Héctor, domador de caballos-, cogió por el medio la balanza, la desplegó y tuvo más peso el día fatal de Héctor, que descendió hasta el Hades». En otras expresiones literarias y artísticas, el pesaje lo hacía Hermes en lugar de Zeus, motivo por el cual aquel a menudo era representado con la balanza en sus manos.

Se cree que las creencias escatológicas de la psicostasis pasaron de los egipcios a los cristianos coptos, quienes lo difundieron por toda la cristiandad, aunque su representación se circunscribe sobre todo a temas del Antiguo Testamento («¡Péseme Dios en balanza justa, y Dios reconocerá mi integridad!» (Job 31,6); «Tú has sido pesado en la balanza y hallado falto de peso» (Daniel 5,27)). Posteriormente, en la Carta de San Pablo a los Romanos (2:5-11) así como en el Apocalipsis, se hace mención al Juicio Final (20, 7-15).

En la psicostasis cristiana, es el Arcángel San Miguel quien se encarga de ejecutar la sentencia de Dios, y es quien pesa en la balanza las buenas y las malas acciones de los difuntos. En las representaciones iconográficas del Apocalipsis, como la psicostasis de la ‘Tabla de San Miguel’, del Maestro de Soriguerola (finales del s. XIII, Museu Nacional d’Art de Catalunya), interviene el diablo, que utiliza artimañas para inclinar la balanza y llevarse el alma al infierno con él (un pequeño demonio tira hacia debajo de uno de los platillos con gesto travieso). A la derecha del Arcángel, San Pedro aguarda la entrega de una de las almas ya pesadas, que parece merecer la salvación.

Pero si hay una representación del Juicio Final que eclipsa a todas las demás por su ubicación, magnitud, belleza y relevancia artística, es el fresco del Juicio Final de la Capilla Sixtina en el Palacio Apostólico de la Ciudad del Vaticano. Una ornamentación espectacular para engalanar un enclave crucial para el catolicismo, donde se celebra el cónclave cardenalicio cuando hay que elegir a un nuevo Papa.

Pese a que todo el mundo atribuye la decoración del espacio a Michelangello Buonarotti (Miguel Ángel), este artista del cinquecentto italiano es solo el autor de los frescos de la bóveda y del Juicio Final en el ábside de la Capilla. El resto está ornamentado con obras de Sandro Botticelli, Pietro Perugino, Pinturicchio, Domenico Ghirlandaio, Cosimo Rosselli y Luca Signorelli.

El fresco del Juicio Final es una de las obras maestras del arte universal. Para la ejecución de la obra, Miguel Ángel tomó como referencia los textos del Apocalipsis, escogiendo, como protagonista absoluta y preferente, la figura sedente de un Jesucristo hercúleo, joven y lampiño, que muestra los signos de la crucifixión en un cuerpo exageradamente musculoso. A su derecha, la Virgen María. Con el brazo derecho alzado sobre su cabeza, Jesucristo divide a las almas entre justos y pecadores, con un inusual gesto enfadado del Hijo de Dios mirando a los condenados –lo que se ha denominado la terribilitá de Miguel Ángel, también reflejada en otras de sus obras, como la cara del Moisés esculpida en la iglesia de San Pietro in Vincoli, en Roma–. A la izquierda de la figura principal, las almas que son enviadas al cielo, se muestran amontonadas y con gestos de alivio. A la derecha está la otra multitud, esta vez con gestos entre aterrorizados y temerosos. El conjunto cromático es llamativo, con un fondo azul intenso que destaca las figuras flotantes, todas ellas obras de arte en sí mismas, con escorzos, posturas dinámicas y gestos elocuentes, viviendo sus emociones de forma individual.

El fresco fue un escándalo para la época. Miguel Ángel pintó una multitud de gente desnuda, lo cual fue considerado indecoroso. Ante las críticas recibidas, el artista llegó a decirle al Papa Paulo III «Santidad: los santos no tienen sastre». Pese a todo, el puritanismo se impuso y se encargó a Danielle de Volterra tapar las vergüenzas de los enjuiciados con paños de pureza pintados al óleo, lo que hace imposible la recuperación del original.

Con ocasión de la actual pandemia, el RDL 16/2020 ha dado la posibilidad de que, por razones de higiene, los profesionales asistentes a los juicios durante estos primeros meses de actividad estén exentos de la obligación de uso de la toga, como forma de evitar contagios. El calor de verano que ya asoma por la ventana, y la posibilidad de celebrar juicios por la tarde, hace tentador convertir las Salas de Vistas en ábsides de Capillas Sixtinas, con ropa ligera. Aunque respetando la solemnidad del momento, por supuesto.

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3 Comentarios sobre este articulo. Comenta tu primero.

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    María del Pilar Antolín Martinez 29 mayo, 2020 a las 13:21 - Reply

    Me parece un artículo muy acorde a los tiempos actuales, comparando los juicios mitológicos y religiosos, con los juicios actuales.
    Un artículo bien elaborado, bien documentado y bien argumentado.

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