La muerte bella, la muerte dulce

Publicado el viernes, 12 junio 2020

Natalia Velilla Antolín – Arte Puñetero.

La muerte, como parte de la vida, ha sido abordada a través de las distintas expresiones artísticas a lo largo de la historia. De hecho, algunos de los más bellos monumentos del mundo son, en realidad, tumbas, mausoleos o memoriales. Las pirámides de Egipto, el Taj Mahal o el Arco de Trajano, tienen connotaciones mortuorias, bien por contener los restos de algún personaje importante, bien por constituir una elegía arquitectónica demostrativa de afecto o de admiración hacia el difunto.

Desde niña he sentido atracción por los camposantos. Más que una curiosidad morbosa, me impulsa el deseo de contemplar la paz y la serenidad que destila la última morada de quienes nos han dejado. Claro que, para ser sincera, no me gusta cualquier cementerio, sino solo aquellos que tienen un añadido de belleza o excentricidad. Suelo visitar los de los pueblos y ciudades a las que acudo como turista, siempre que tengan cierto interés. La quietud, lo romántico y la atracción por lo luctuoso me motivan, y aún me quedan muchos por conocer.

En las tres ocasiones en las que he estado en Nueva York he visitado el  Trinity Church, en Wall Street, el último cementerio aún utilizado de Manhattan. Alberga, entre otros, los restos del padre fundador de EE.UU., Alexander Hamilton y los de Robert Fulton, el inventor del barco a vapor. Un anacronismo impactante entre tanto rascacielos.

También en Estados Unidos está el célebre cementerio de Arlington, en Virginia, una necrópolis militar donde veteranos de todas las guerras norteamericanas están enterrados, desde la Guerra de Independencia hasta las más recientes invasiones militares en Afganistán e Irak. John F. Kennedy descansa allí, ante una llama eterna custodiada permanentemente por un soldado, cuyo cambio de guardia es digno de observar. Este tipo de cementerios militares sobrecogen por la belleza de su simetría y sencillez, estética que ha sido trasladada a otros tantos camposantos militares americanos en otras partes del mundo, como el de la playa de Omaha, en Colleville-sur-Mer en Normandía, Francia.

Ya en Europa, contamos con la belleza del cementerio monumental de Staglieno, (Génova) que contiene las tumbas de personalidades como la escritora y activista feminista Constance Lloyd (a la sazón, esposa de Oscar Wilde), entre otros, y cuenta con esculturas de Bistolfi, Monteverde y Alfieri. Un verdadero museo al aire libre. O, en París, con el de Montparnasse, visita obligada por su importancia cultural, puesto que esconde los restos mortales de muchos grandes intelectuales y artistas como Baudelaire, Beckett, Ionesco, Sartre, Simone de Beauvoir, Marguerite Duras, Julio Cortázar y César Vallejo.

Uno de mis favoritos está en Edimburgo: Old Calton. Emplazado en un antiguo lugar de ajusticiamiento, está lleno de leyendas. En él se albergan tumbas muy interesantes, como la de Hume. Mitos e historias contadas de generación en generación atribuyen al lugar un interés esotérico, como sucede en otros tantos puntos de la ciudad escocesa, que ostenta el récord Guinness de actividad paranormal. Por decirlo de otra forma, Edimburgo es la ciudad del mundo con más fantasmas por metro cuadrado. No nos debe extrañar, por tanto, que su universidad sea la única que ostenta la cátedra de parapsicología.

Ya en España, destaco el cementerio alemán de Cuacos de Yuste en Cáceres. En él están enterrados muchos de los soldados, aviadores y marinos alemanes de las dos Guerras Mundiales que llegaron a las costas y tierras españolas debido a naufragios o al derribo de sus aviones. Mención aparte, el de Montjuïc, en Barcelona, con una gran cantidad de sepulturas y panteones de gran valor artístico (neoclásicos, modernistas, historicistas, etc.), y que mira al mar Mediterráneo en una paradójica paz alejada de la urbe a la que sirve de última morada. O el novelesco cementerio de Comillas, con su Ángel Exterminador de Josep Llimona, que me evoca, por su ubicación privilegiada y su decadente romanticismo, a la canción de Radio Futura Annabel Lee, donde la joven amada yace “en su tumba junto al mar ruidoso”, parafraseando al ínclito Edgar Allan Poe.

Pero quiero destacar un camposanto en especial que sobresale por su singularidad. La mágica localidad de Cambados, con su Pazo de Fefiñanes, el arco-puente, la atalaya Torre del Homenaje y la Iglesia de San Benito, en el corazón de la Galicia antigua y mágica, alberga un monumento que es Patrimonio Nacional desde 1943: las ruinas de Santa Mariña Dozo.

Como un pescado que, tras comerse la carne, presenta sus espinas en el plato, la iglesia de Santa Mariña Dozo, de estilo gótico marinero y mandada construir en el siglo XV por doña María de Ulloa, señora de Cambados, sobre una edificación románica del siglo XII, es la más bella edificación decadente de España, con la raspa y el esqueleto de la que, a buen seguro, fue una iglesia como tantas otras de la zona. Los arquitrabes, columnas y arcos que sustentaron años ha una cúpula de piedra, ahora sujetan visualmente un cielo gallego a menudo salpicado de nubes que vierten su lluvia sobre tumbas y hierbas salvajes. La imaginación de lo que fue la iglesia sustituye a la realidad: ruinas que esbozan una pomposidad inexistente y que, por ello, hacen del lugar un edificio más bello de lo que seguramente habría sido de haberse conservado intacto.

La iglesia posee trazos renacentistas y consta de una sola nave dividida por cuatro arcos transversales románicos, cinco capillas laterales, una sacristía y un altar mayor. Resulta poético que, en el interior de la que fuera la iglesia, en uno de los arcos, esté representado el pecado capital de la pereza, por cuanto ahora la iglesia es, en palabras del escritor Álvaro Cunqueiro, “el más melancólico camposanto del mundo”. Pareciera como si el autor de la representación augurara que la iglesia acabaría siendo el último descanso de cientos de almas de la localidad, en su último gesto perezoso.

Su estética actual se debe a años de abandono en los que la amenaza de ruina llevó a suspender el culto en 1838. La restauración de la iglesia nunca se produjo, por lo que la decadencia de la iglesia fue cada vez más acusada. Se derrumbó la fachada con su rosetón, desaparecieron sus retablos y obras de arte, y el cementerio pasó a ser popular en lugar de nobiliario. El paso del tiempo y las necesidades mortuorias de la localidad, llevaron a que las tumbas invadieran la iglesia. Está considerado el tercer monumento funerario más importante de España por la Asociación de Cementerios Significativos de Europa (ASCE). Un lugar poético, mágico y hermoso donde dejar volar nuestra imaginación.

El artículo 32 del Código Civil español establece que la personalidad civil se extingue por la muerte de las personas. El fallecimiento puede ser real o declarado. La “declaración judicial de fallecimiento”, que es independiente de la declaración de ausencia legal, y puede o no venir precedida de la misma, constituye la muerte legal de una persona no encontrada. Se sustancia por un expediente de jurisdicción voluntaria para acreditar la situación, y se inicia por los interesados (normalmente los llamados a la sucesión del ausente), con intervención del Ministerio Fiscal y finalización por Decreto del Letrado de la Administración de Justicia. Para instar la declaración judicial de fallecimiento, han de transcurrir diez años desde la desaparición del afectado, aunque la ley establece plazos más breves de cinco, dos y un año o tres meses, ocho días o inmediato en algunos casos (artículos 193 y 194 del Código Civil).

La ley establece consecuencias automáticas para el finado en caso de fallecimiento real o declaración de fallecimiento: extinción de todos los contratos personalísimos, apertura de la sucesión, extinción de la responsabilidad penal y disolución del matrimonio, entre otros.

La muerte, por tanto, un hecho natural, inopinado e involuntario, tiene consecuencias jurídicas importantes.

Para evacuar el tránsito de la vida a la muerte, sea con esperanzas de vida eterna, con expectativas de juicio final o juicio escatológico o como culmen de la vida mortal, qué forma más melancólica y artística la de descansar los restos en un lugar artístico y bello.

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