La reina mora ilicitana

Publicado el viernes, 19 junio 2020

Natalia Velilla Antolín – Arte Puñetero.

El mar Mediterráneo, como ya dijera en mi artículo La Minotauromaquia y lo oscuro, ha sido históricamente el seno de múltiples civilizaciones que han ido dejando su impronta en los pueblos bañados por él. La riqueza de esta diversidad cultural es algo de lo que España tiene que enorgullecerse, al ser invadida por pueblos que cultivaron el arte, las ciencias y la tecnología, y que hicieron de la península ibérica un recipiente de sabiduría y arte del que pocos pueblos europeos pueden presumir.

La alicantina ciudad de Elche es un ejemplo de localidad mediterránea con innumerables influencias culturales. Ocupada por los íberos, los cartagineses y los romanos, estos últimos le dieron el nombre de Colonia Julia Illice Augusta. Más tarde fue invadida por los francos (pueblo germano), los bárbaros, los bizantinos y, finalmente, por los visigodos. Tras las guerras libradas por estos últimos, Elche fue tomada por los árabes, hasta que el Cid Campeador, Rodrigo Díaz de Vivar, la ganó para el Reino de Castilla contra el Alhayid de Denia y Lérida. Perteneció posteriormente a la Corona de Aragón, hasta la unificación por los Reyes Católicos. Una ciudad, como tantas otras de los alrededores, que conserva vestigios de las variadas y ricas civilizaciones que la ocuparon.

Elche cuenta con dos obras declaradas patrimonio inmaterial de la humanidad por la UNESCO: el Palmeral y el Misteri.

El Palmeral histórico de Elche es un paisaje único, legado cultural vivo de Al-Ándalus y exponente del desarrollo sostenible de la agricultura árabe, con ejemplares de la oriunda palma blanca, especie del Mediterráneo antiguo. Consiste en 500 hectáreas de palmeras, lo que le convierte en el mayor palmeral de Europa, y uno de los más grandes del mundo.

El Misteri fue reconocido en 2001 patrimonio de la humanidad por la UNESCO, un año después de serlo declarado el Palmeral, en la categoría de Obra Maestra del Patrimonio Oral e Inmaterial. Es una representación teatral cantada en llemosí –valenciano antiguo–, dividida en dos actos o jornadas, que se escenifica cada 14 y 15 de agosto en el interior de la Basílica de Santa María. Se representa la Asunción de la Virgen María a los cielos y todos los actores, sin excepción, son hombres, siguiendo la tradición medieval que proscribía la presencia de mujeres en representaciones teatrales.

Sin embargo, si Elche es conocida internacionalmente, es por la escultura de la Dama de Elche. Busto único en el conjunto de las estatuas antropomórficas elaborada en piedra caliza, data de entre los siglos V y IV a.C, sin que haya podido fijarse el momento exacto de su creación. Sí se sabe que es de época íbera. Se cree que es el busto seccionado de una estatua mayor por la brusca e irregular segmentación de la parte inferior de la estatua, aunque, como todo en esta obra, no es una opinión pacífica, ya que algunos piensan que el agujero de su parte trasera servía para fijar el busto a una pared.

Se conoce que fue ricamente policromada, a juzgar por los restos de color hallados en ella, y porque, tras el descubrimiento en mejores condiciones de conservación de la Dama de Baza, íbera igualmente, se comprobó definitivamente que este pueblo acostumbraba a pintar sus esculturas. La de Baza, estatua femenina sedente expuesta, como la de Elche, en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid, se mantiene ostentosamente policromada.

La Dama de Elche se encontró de manera casual el 4 de agosto de 1897, durante el desmonte de la ladera sureste de la loma de La Alcudia, donde actualmente se ubica el museo arqueológico de Elche, para adaptar el terreno a la agricultura de regadío. Un chico de catorce años, “Manolico” Campello Esclapez, dio con ella jugando con las herramientas de los obreros cuando estos descansaban. Se puso a picar el suelo y dio con algo duro. Tras el descubrimiento de la estatua, logró sacarla con ayuda de los jornaleros. Aún tiene una marca de azadón.

La Dama fue expuesta encima de un taburete en el balcón de la casa que el dueño de la finca, Manuel Campello Antón, tenía en el centro de Elche. Los ilicitanos comenzaron a llamarla “Reina Mora”, en un gesto de cariño y admiración por la belleza de la efigie. No pasaron ni 30 días del descubrimiento cuando Pierre Paris, profesor de la Universidad de Burdeos especializado en estudios hispánicos, hizo en seguida una oferta para llevarse la Dama al Louvre en París. Ante el desdén con el que el Estado español trató al descubrimiento, el dueño de la finca accedió a venderle el busto por unos 30 euros al cambio.

Quizá alguien se pregunte cómo un simple particular pudo vender por tan poco dinero semejante obra de arte. Aunque hoy en día la legislación es mucho más compleja, y los bienes de interés cultural, sean privados o no, cuentan con una protección adicional conforme a la Ley 16/1985, de 25 de junio, de Patrimonio Histórico Español, a finales del siglo XIX, con un recién estrenado Código Civil, el descubrimiento de la escultura ha de entenderse como una adquisición de la propiedad de la estatua por hallazgo de tesoro. El artículo 351 establece que el tesoro oculto pertenece al dueño del terreno en que se hallare, pudiendo el Estado adquirirlo por justo precio si fuera un bien interesante para las ciencias o las artes. La adquisición de la propiedad se produce por ocupación, conforme a lo establecido en el artículo 610 del mismo texto legal. Sea como fuere, Campello tenía derecho a su venta, y el Estado español no pareció estar muy interesado en hacerle una oferta por la Dama.

La estatua permaneció en el Louvre hasta 1939, cuando, ante el peligro de la guerra, fue trasladada al castillo de Montauban. En 1941 se consiguió recuperar la Dama mediante un intercambio de obras entre España y el Gobierno de Vichy, en una de las ocasiones en las que mejor hemos negociado en materia cultural: junto con la Dama, recuperamos una Inmaculada de Murillo, las Esfinges de Agost y del Salobral, y parte del tesoro de Guarrázar. A cambio, entregamos a los franceses un retrato de Mariana de Austria, de Velázquez, del que el Prado poseía otra versión casi idéntica (se transfirió la peor versión); uno de los dos retratos de Antonio de Covarrubias de El Greco, y un tapiz cuyo cartón es de Goya, «La riña de la venta nueva». La balanza se inclinó, claramente, a nuestro favor. El valor artístico de la Dama, por sí sola, ya es muy superior al de todas las obras entregadas.

Tras su regreso a España, la Dama fue ubicada en el Museo del Prado, donde permaneció durante 30 años, hasta 1971, año en que, por Orden Ministerial, se incorporó a la colección permanente del Museo Arqueológico Nacional, donde aún permanece. Los expertos dicen que el valor de la Dama de Elche es tan grande que solo por ella merece la pena acudir al MAN.

La identidad de la persona representada es desconocida. Se decía que el busto pertenecía a un guerrero, pero las principales teorías consideran que se trata de una representación femenina: una diosa, una sacerdotisa, o el busto de una importante dama lujosamente ataviada.

Las más recientes investigaciones atribuyen a la Dama la naturaleza de urna funeraria, al hallarse en 2011 en el hueco posterior de la pieza, gracias a los últimos avances científicos, cenizas de huesos humanos.

La Dama es de singular y perturbadora belleza. Aúna rasgos arcaicos -como la simétrica geometría de sus adornos y manto, su hieratismo, su frontalidad y su rigidez- con otros tantos de influencia helenística, tales como la proporcionalidad del rostro y su acabado delicado. Por ello, se duda de si la autoría pertenece a un oriundo de Elche con influencia griega o a un escultor griego afincado en la zona.

La Dama de Elche es una de las piezas arqueológicas más relevantes de España. Su contemplación no deja indiferente, te atrapa y seduce a partes iguales. Conocedora de su magnetismo, quizá haya sido ella la que haya elegido ser exhibida de forma tan majestuosa en una urna iluminada en el centro de la sala del Museo Arqueológico donde se ubica. Y quizá quien decidió cómo exponerla no fuera consciente de estar siguiendo los designios de la coqueta Reina Mora.

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    Ricardo Alfaro 19 junio, 2020 a las 13:35 - Reply

    ¡Me ha encantado el artículo! No tiene desperdicio. Gracias Natalia por ilustrarme de forma tan amena acerca de esta fascinante Dama.

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