Catedrático de todo – Francisco de la Pisa Pajares

Publicado el martes, 27 octubre 2020

José Manuel Pradas – La huella de la toga.

(A Juan Martín Cebrián, porque la distancia nunca es el olvido)

Cuando estudiaba el bachillerato distinguíamos las diversas Edades de la Historia. La Antigua que llegaba hasta la caída del Imperio romano, allá por el siglo quinto, la Edad Media, alta y baja hasta la toma de Constantinopla, la Moderna hasta 1789 con la revolución francesa y finalmente la Contemporánea, que es la que nos está tocando vivir. La evolución del saber humano, en ciencias y en tecnología, hace que esos ciclos o Edades se acorten cada vez más y dudo mucho que hoy día pudiéramos decir que compartamos algo con Napoleón, en teoría un personaje tan “contemporáneo” como cualquiera de nosotros.

José Manuel Pradas

José Manuel Pradas

Tenemos que traer a la memoria la máquina de vapor, la revolución industrial, más tarde el vehículo a motor de gasolina y la influencia que todo esto tuvo en el nacimiento del fenómeno capitalista y en la reacción del socialismo primero, comunismo después y ya, tras el último conflicto mundial, la socialdemocracia, el Estado de bienestar, incluso el Concilio Vaticano II. Estas cuestiones y todas aquellas que se nos puedan ocurrir nos llevarán a la conclusión que la “Edad Contemporánea” ha terminado y dado paso a una nueva que todavía –que yo sepa- no tiene nombre. ¿Y donde situamos el arranque de esa novísima Edad? Pues yo creo que el momento clave, donde todo cambia, es con la llegada de internet, no merece la pena extenderse a explicarlo. Pero, casualmente, acabo de “caer” que los cambios de Era se producen siempre a causa de alguna caída –el Imperio Romano, Constantinopla, la cabeza del desdichado Luis XVI- y que todos tenemos en mente otra caída muy próxima a partir de la cual nada fue igual. Me refiero a las Torres gemelas de Nueva York. Creo que ese sería el momento más adecuado para identificar el comienzo de una nueva Era.

Esta introducción –procuro enrollarme lo justo y nunca dando una puntada sin hilo- me lleva, conscientemente, al mensaje que quiero transmitir sobre mi impresión de lo que ha evolucionado la abogacía en los últimos años, donde estamos viviendo también un cambio radical, no paulatino, en la concepción de la profesión.

Y casi que me atrevería a decir que a peor (al menos en ciertos ámbitos). La precarización de la profesión, la pérdida de la abogacía en la consideración social y de su influencia en la sociedad; pero sobre todo ello, la concepción del ejercicio de la abogacía como empresa, por no decir industria. Es muy posible que sea inevitable –no lo niego- pero hasta cierto punto me entristece. Y procuro no pensar en lo que todavía nos queda por venir cuando la Inteligencia Artificial, Watson y toda la deshumanización que producen las máquinas se apoderen también de la producción jurídica. Afortunadamente me pillará retirado, pero sufro por una hija estudiante de Derecho que tiene toda la vocación del mundo, pero a saber qué es lo que termina haciendo. Me consuelo, bastante poco, pensando que en Peñaranda de Bracamonte –por poner un ejemplo- y en muchos pueblos y pequeñas ciudades quedarán todavía reductos del ejercicio artesanal de la abogacía a la antigua usanza, serán como pequeñas aldeas galas de Asterix y Obelix donde el abogado de pueblo aún podrá seguir haciendo contratos de arrendamiento de fincas rústicas o expedientes de dominio con la confianza de sus clientes y su proximidad. Pero no descarto que posiblemente también estaré equivocado en eso.

Se han terminado esos tiempos donde el abogado abarcaba muchos ámbitos del Derecho, defendiéndose relativamente bien en todos. Hoy día no queda más remedio que ir a la hiperespecialización y me gustaría pensar que eso es bueno, pero mi cerebro y sobre todo mi corazón, se resisten. Sentimental que se va volviendo uno.

Viene a cuento este discurso –que solo tiene por finalidad hacer reflexionar al lector unos minutos, de algo que seguro recuerda- de aquellos tiempos no tan lejanos donde figuras importantes del Derecho, poco menos que se dedicaban, a lo largo de su dilatada y fructífera existencia, a triunfar en oposición tras oposición, convirtiéndose poco menos que en coleccionistas. Ya hemos visto en la “huella de la toga” más de un caso, pero ahora se me viene a la cabeza, por ejemplo, la figura de Manuel Fraga Iribarne, como un auténtico “killer” de las oposiciones y eso sin siquiera contar con su dilatada trayectoria política llena de cargos.

Francisco de la Pisa Pajares

Francisco de la Pisa Pajares

Pero mira por dónde, brujuleando por ahí, ha venido a mi encuentro Don Francisco de la Pisa Pajares, palentino de Paredes de Nava donde nació en 1823 siendo hijo de unos agricultores acomodados. Creo que deja a Don Manuel Fraga en mantillas a la hora de coleccionar oposiciones y lo vamos a ir viendo a lo largo de los próximos párrafos.

De momento con 21 años nos lo encontramos ya como miembro numerario de la Academia Matritense de Jurisprudencia y Legislación, tras acabar los estudios de Derecho en Valladolid. En 1847 ya es Académico profesor y se colegia en Madrid con el número 4118, ejerciendo como abogado de pobres. En ese mismo año obtiene su primer puesto en la Universidad como “Regente de segunda clase” en la asignatura de Psicología y Lógica. Poco duró en el cargo, pues en 1848 se traslada, ya como catedrático interino de esa asignatura al Instituto de Ciudad Real y pretendiendo consolidar su categoría, consigue esa plaza, pero en propiedad, en Segovia en 1852.

Su salto a la Universidad se produce en 1854 cuando obtiene por oposición en la Universidad de Zaragoza la plaza de catedrático de Elementos de Historia y Derecho romano. Lo cual no es óbice para que en los ratos libres se ocupe también en una suplencia de la cátedra de Derecho penal hasta 1857.

Queriendo acercarse a su tierra, toma posesión en Valladolid de la cátedra de Instituciones de Derecho canónico allá por 1863, pero enterado de una vacante de catedrático de Derechos mercantil y penal en la Universidad Central de Madrid, opta a ellas y las consigue en 1867. Pero mira por donde en 1868, fallece el titular de la cátedra de Derecho romano en Madrid por lo que, como fácilmente se podrá adivinar, se presenta como candidato nuestro protagonista de hoy, que es nombrado catedrático de la asignatura.

En 1872 de la mano de Sagasta y en una candidatura de carácter conservador, es elegido diputado a Cortes por Palencia en varias legislaturas. Esto no es óbice para que sea nombrado Rector de la Universidad Central en al menos tres ocasiones en 1875, 1881 y finalmente en 1885. Dimite del rectorado en 1886, pero sólo para ser nombrado Senador por la Universidad de Valladolid, hasta 1890 en que dimite.

Vuelve a la Universidad y nuevamente es nombrado Rector por cuarta vez en 1894, para dimitir al año siguiente volviendo a su Cátedra de Instituciones de Derecho romano. Fallece en Madrid a finales de 1899.

Puede que comparado con otros personajes que hemos venido viendo hasta ahora, Francisco de la Pisa resulte un poco insulso. Pero creo que hablar hoy de él nos ha venido muy bien para ponerla en relación con la segmentación del ejercicio del Derecho que hablaba al principio. Ser catedrático en Derecho romano, Historia del Derecho, Derecho mercantil y penal y ya de paso en Psicología y Lógica, no parece que pueda ser muy factible en nuestros tiempos y menos aún en los venideros.

Como dice un “sketch” de un conocido humorista, no te pido que lo mejores, pero al menos iguálamelo. Yo desde luego, me declaro totalmente incapaz.

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