Emilio Menéndez Pallarés (Un coloso de la palabra)

José Manuel Pradas – La Huella de la toga (segunda temporada)

 

Cansa un poco tanta guerra incivil, así que vamos a volver, aunque sea por un tiempo, a tratar de abogados a los que les pasan cosas, como coloquialmente contesto a los que me preguntan sobre qué temas escribo.

Así que nada mejor que empezar por hablar de un joven de 27 años, nacido en León pero que residía en la Corte, concretamente en la calle de Apodaca y que el 5 de mayo de 1893 solicitó su ingreso en el Colegio de Abogados de Madrid. Al día siguiente la Junta de Gobierno -para que luego digamos que el Colegio funciona tarde y mal- aprobaba su solicitud y quedaba incorporado con el número cronológico 7.915. Estoy hablando de Emilio Menéndez Pallarés.

Emilio Menéndez

Emilio Menéndez

Como es natural, resultará para todos un perfecto desconocido -lo era también para mí-, pero vamos a ver si con amenidad y buena pluma podemos rescatarle del olvido, siquiera sea por un momento.

Siempre me ha sorprendido cómo cundía el tiempo en la segunda mitad del XIX y primeros años del siglo XX, en que no había luz eléctrica, los viajes muchas veces había que hacerlos a caballo o diligencia y donde no existía el cinematógrafo, ni siquiera mudo, de manera que uno tenía que conformarse con asistir a oficios religiosos, tertulias en cafés y paseos por los parques y bulevares. O leer y estudiar, claro está. En todo caso, me da la impresión de que el tiempo cundía mucho más de lo que da de sí ahora. Cualquier cuestión que, sobre todo en provincias, sacase de la rutina del casino, se tomaba como un espectáculo que perdérselo sin justificación bastante, constituía una falta imperdonable.

Esto del estudio, además de la inteligencia natural es lo que le pasaba a Emilio Menéndez, que, siendo hijo de la alta burguesía de León, la economía familiar le daba para poder estudiar, de manera que se hizo dos carreras -lo que hoy pomposamente se llama un doble grado- en Filosofía y Letras y Derecho, incluyendo, claro está, el doctorado en ambas y, ya de paso, obtener una cátedra en Metafísica en la entonces llamada Universidad Central todo ello con veintipocos años.

Pero como parece ser que esa actividad no llenaba del todo sus inquietudes, decide dejar la enseñanza e iniciarse en la práctica del Derecho. Unido a esto su condición de discípulo predilecto del republicano Salmerón y al hecho de haberse iniciado en la masonería, el camino estaba marcado para dar el salto a la política entrando al Congreso como diputado, aunque lo fuera brevemente, por Valencia, entre 1903 y 1905. Pero ceo que tampoco eso le terminó de llenar y su paso por el legislativo fue muy breve y cuantas ofertas le hicieron más tarde para regresar, supo rechazarlas elegantemente. En todo caso, como político fue más un ideólogo que un ejecutor; más un conferenciante portador de ideas que un activista.

Con relación a la masonería sustituyó a Bravo Morayta, otro abogado del que ya traté hace años, como máximo responsable del Gran Oriente Español, y llegó a acumular, según sus cuentas, cerca de cuarenta excomuniones, ya que menuda era la Iglesia en aquellas épocas preconciliares. Cuando en 1933 se creó una logia masónica en León, se la bautizó con su nombre, en homenaje y recuerdo a su persona.

Cuando Pallarés alcanzó fama como brillante abogado fue al defender a José Nakens periodista y director del periódico satírico, republicano y anticlerical “El Motín”, que fue acusado de esconder a Mateo Morral, el anarquista que atentó en plena calle Mayor de Madrid contra los reyes el día de su boda y en el que murieron nada menos que 25 personas. Nakens resultó condenado a nueve años de prisión, aunque fue amnistiado unos años después.

Claro que, como ya he dicho antes alguna vez, los artículos cobran vida propia y se van por donde les parece, en este caso no por los cerros de Úbeda, sino por los secarrales manchegos de Quintanar de la Orden. Cuando pensaba extenderme sobre el intento de regicidio, apareció el juicio en Toledo por la muerte de Águedo Ramos en 1901, proporcionándome el material suficiente para terminar -espero que dignamente- este relato.

El origen del llamado “Crimen de Quintanar”, en el que Menéndez Pallarés ejercía como acusación particular, parece sacado de esos crímenes de la España profunda que todavía, de vez en cuando, nos sobrecogen. Pero es que, además, los orígenes del asesinato eran como muy jurídicos, por decirlo de alguna manera.

Águedo Ramos, la víctima, y Juan Sahagún, el agresor, regresaban a su pueblo desde el Juzgado de Quintanar de la Orden, donde se había celebrado la subasta de una viña que había sido embargada para el pago de unas costas, derivadas a su vez de un interdicto posesorio entre la madre de Juan y Águedo. Celebrada la subasta en la que ambos pujaron, la viña fue adjudicada a Águedo, lo que a la postre le costó la vida en el paraje de la “Media Legua” entre Quintanar y su pueblo, Miguel Esteban, todo ello en la provincia de Toledo, cuando ambos regresaban a sus casas respectivas.

Juan Sahagún, injustamente desposeído de su propiedad según él, apuñaló hasta catorce veces a Águedo Ramos y, cometido el crimen, se dio la vuelta para entregarse a la Guardia Civil. Ni que decir tiene que la “amistad” entre ambos ya venía de antiguo.

Como he dicho al principio del artículo, en aquellos tiempos cualquier cosa que sacase a la gente de la rutina diaria debía ser aprovechada; así pues, ya unas fechas antes la prensa local caldeaba el ambiente avisando de la inmediata presencia del “ilustrado jurisconsulto” que llegaba de la capital. Cuando las sesiones del juicio se iban sucediendo, el público, que abarrotaba la sala, disfrutó con el “coloso de la palabra” como fue bautizado Pallarés al ir desmontando una a una las circunstancias atenuantes que defendía su oponente, el Letrado local Federico Lafuente, que amén de abogado era también periodista y director del periódico local “El Heraldo Toledano”.

Federico Lafuente

Federico Lafuente

No queda otro remedio que hacer una pequeña digresión. Federico Lafuente era nada menos que el padre de Marcial Lafuente Estefanía, escritor de novelas del Oeste y que forma parte con Corín Tellado del imaginario español de los años sesenta; no se puede concebir un traslado en metro en aquellos tiempos, sin ver a alguien leyendo alguna de sus más de dos mil seiscientas novelas que escribió. Marcial Lafuente Estefanía no era abogado, sino ingeniero, lo cual es una pena, porque sería una “huella de la toga” imprescindible. Baste decir que su actuación en la guerra civil salvó muchas vidas en lo que entonces era el ayuntamiento de Chamartín de la Rosa. Fue, en menor medida pero con muchísimo más mérito, una especie de Melchor Rodríguez, el anarquista conocido como el “Ángel Rojo”.

Volviendo a la cuestión, el personal asistente al juicio estaba encantado del espectáculo gratuito que presenciaba en la Sala de vistas de la Audiencia, pues según el semanario “La Idea”, Menéndez Pallarés no defraudó en nada las esperanzas del público haciendo gala de su dominio de la oratoria con su “palabra arrebatadora, sugestiva; inflexiones y tono de voz como quien está acostumbrado a dominarla; tropos, figuras retóricas y demás galanuras propias de la elocuencia y capacidad para mantener a los jurados suspensos y pendientes de su palabra”.

Juan Sahagún fue condenado a cadena perpetua y a una indemnización de 2.000 pesetas a la familia de Águedo Ramos. Con la aplicación de un par de indultos generales por la mayoría de edad de Alfonso XIII y el fin de la Primera Guerra Mundial, en 1921 quedó en libertad, casi veinte años después.

Posterior a esa faena en la Audiencia de Toledo, volvió a “torear” a plaza llena en un mitin organizado por la Unión Republicana en su Casino. Según nuevamente el semanario “La Idea”, que desde luego debía ser de su cuerda política “…la impetuosidad de su palabra, unida a la galanura de su estilo y la belleza del lenguaje hizo que las ovaciones fueran delirantes, que las manos no se dieran un momento de reposo”.

Sin lugar a duda, Toledo era ya ciudad conquistada porque cuando nuevamente volvió en diciembre de 1904, esta vez en el famoso Teatro de Rojas, acompañando a Alejandro Lerroux, fueron recibidos en la propia estación de ferrocarril por un gran gentío, mientras se lanzaban salvas de fuegos artificiales. Subieron a pie -eso tiene su mérito, a qué negarlo- hasta la plaza de Zocodover, entrando en la misma a los sones de “La Marsellesa”. Esto que a sus partidarios les encandilaba, ni que decir tiene que para sus detractores, según el semanario “El Castellano”, “significaba un espectáculo que hubiera sido cómico si no hubiese sido repugnante”. En fin, las dos Españas de toda la vida y que aún hoy día percibimos a poco que vayamos arañando la fina piel de nuestro oponente.

Voy terminando. Nuestro protagonista falleció en 1927, relativamente joven, y en una extensa necrológica en el diario “El Socialista” fue ensalzado, recalcando “las simpatías que sentía por la clase trabajadora organizada y por la alta idealidad en que inspira sus movimientos”, aunque no debemos olvidar que fue el defensor de Anguiano, Largo Caballero y Prieto – que todavía eran amigos- con motivo del juicio instruido contra ellos por la huelga revolucionaria de 1917; por esa razón se entiende el panegírico.

La relativamente temprana muerte de Menéndez Pallarés nos ha impedido conocer su posicionamiento y su futuro en la España republicana y la posterior guerra civil. Quizá morirse fue lo mejor para él, para no entrar en las contradicciones que suponían no ya la forma del Estado -para él no existía duda respecto a la República- pero sí respecto a la deriva totalitaria que luego fue tomando, casi llegando a una dictadura de izquierdas y que terminó con el totalitarismo de derechas del bando militar. Desde luego, siendo un masón tan declarado, yo no la auguraría un futuro muy risueño.

De todos modos y para ser honrado, cuando el diario monárquico por excelencia, el ABC, daba cuenta de su defunción se indicaba que “amigos y adversarios reconocieron siempre en él excepcionales condiciones de cultura y laboriosidad y, sobre todo, una gran honradez y un gran corazón”. Dicho queda.

Y esta es la historia de otro gran abogado al “que le pasaban cosas” y que me ha servido para demostrar que en aquellos tiempos remotos de principios del siglo XX no era necesario ni el cine, ni la televisión -no digamos ya internet- para estar entretenido, pues para eso estaban los tribunales de justicia y que, aunque ahora ya no vayamos a caballo, burro o carromato, nunca es bueno coincidir en el camino con aquel que nos acaba de “quitar” una viña a través de una subasta judicial para resarcirse de unas costas.

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