Los Marsá

José Manuel Pradas – La Huella de la toga (segunda temporada)

La huella de la toga de José Manuel Pradas

 

No engaño a nadie si afirmo que fruto del azar, aparecen, en ocasiones, auténticas sagas de juristas donde se dan circunstancias de lo más variopintas o, cuando buscando cualquier documento, surge, como por arte de magia, una pepita de oro bibliográfica y, al apartarla, justo detrás, uno se encuentra con todo un filón de historias complejas y apasionantes. Exactamente eso es lo que me ha sucedido con la figura de Antonio Marsá Bragado, hoy una persona totalmente olvidada, pero que en el primer tercio del siglo veinte fue una importante figura de la historia de España e iniciador de una pequeña saga de juristas con unos perfiles muy interesantes, de varios de los cuales he conseguido cierta información, aunque sea incompleta. Pero bueno, como mis lectores saben yo no escribo Historia, cuento historias de abogados a los que les pasan cosas, sin mayores pretensiones por mi parte.

Así que me pongo, sin mayor preámbulo, a la tarea.

Antonio Marsá Bragado nació en Madrid en 1877, aunque su primer apellido delata un origen catalán, en concreto de la ciudad de Tarrasa. Estudió Derecho en Madrid y Barcelona, cursó el doctorado con Azcárate y Giner de los Ríos y se colegió, al menos en Madrid, en 1926. Fue un conocido masón y declarado ateo, aunque, terminada la guerra, pasó por el rito eclesiástico de abjurar de la masonería. Era, además, un firme apostol del esperanto, lengua que a finales del XIX y principios del XX fue considerada un signo de progreso y fraternidad, de la misma manera que lo era la propia masonería. Por los orígenes republicanos de su padre, colaboró con Pí i Margall y Salmerón; este último le nombró secretario del Centro Federal de Madrid. Luego fue concejal en Barcelona allá por el año 1905 dentro de la Unión Republicana; apoyó en sus inicios a Solidaridad Catalana, pero más tarde su ideología fue perdiendo radicalidad y ganando en centralidad nacional, por lo que se acercó a Melquiades Álvarez. Ya en 1926, junto con Alejandro Lerroux, fundó Alianza Republicana, que más tarde se integró en el Partido Republicano Radical.

Antonio Marsá Bragado

Antonio Marsá Bragado

Fue nombrado fiscal general de la República en septiembre de 1933 hasta mayo de1934, en sustitución de Oriol Alguera de Sojo. Una vez cesado, ocupó plaza como consejero permanente de Estado, hasta que la Guerra Civil le sorprendió en su casa de Collado Mediano junto a sus hijos, siendo casi inmediatamente cesado. A partir de ese momento, su vida da un giro radical.

La guerra, como en tantos casos que ya hemos visto, lo cambió todo. Pasa los primeros meses en Collado Mediano, donde tenía fijada su residencia veraniega al ser natural de allí su esposa y bajo estricta vigilancia de los milicianos, ya que pensaban que desde su domicilio se hacían señales a las tropas nacionales que habían ocupado la cima del Alto del león.. Según su declaración en el expediente de depuración presentado ante el Colegio de Abogados, se salva varias veces de ser detenido y “paseado” junto con sus hijos debido a que era notoria su enemistad con Largo Caballero y por haber sido quien, en el ejercicio de su cargo, había solicitado la amnistía para el general Sanjurjo tras el intento de golpe de Estado en Sevilla el año 1932.

Consigue marchar a Madrid con la familia y de allí a Barcelona y Tarrasa, donde viven escondidos, pasando grandes penurias, alimentándose gracias a sus amigos hasta que Barcelona es “liberada” en enero de 1939. Así lo narra, con gran lujo de detalle, en su extensa declaración jurada para su depuración.

Cuando rellena el cuestionario, no se le ocurre otra cosa al responder a la pregunta sobre si ha pertenecido a la masonería de una forma teóricamente hábil, pues, sin afirmar, pero tampoco negar, alega textualmente: “Requerido insistentemente en diversas ocasiones de su vida por significadas personalidades, se ha apartado de sus organizaciones por estimar sus ritos, ceremonias y mojigangas impropios de personas serias y respetadas”. Vamos, que estaba mintiendo y por supuesto que había sido masón, pues, a poco que el instructor investigó, quedó acreditado de forma meridiana que lo había sido y que pretendía ocultarlo.

Se le abre inmediatamente un expediente especial con las acusaciones de ser masón y haber además faltado a la verdad. Presenta entonces un pliego de descargo donde afirma que únicamente había asistido a una reunión, de la que salió asqueado por los comentarios que hizo en la misma Jiménez de Asúa, conocido socialista y “padre” de la Constitución de la República. Esto no le sirve de nada, como tampoco un extensísimo informe dirigido por él a la Auditoría de Guerra de Barcelona, donde relata pormenorizadamente todas sus cuitas y padecimientos.

El documento, todo lo que tiene de largo lo tiene de patético, pero transcribirlo rebasa en mucho la capacidad de este artículo. De todos modos, quiero hacer un pequeño inciso para afirmar que, tanto en este como en todos los casos similares, soy en extremo comprensivo con las mentiras o mentirijillas que fácilmente se detectan en los expedientes de depuración, así como con las loas de ensalzamiento a Franco, las expresiones triunfalistas a la victoria alcanzada y los vituperios hacia los perdedores. Me habría gustado ver a cada uno de nosotros ante esa tesitura en la primavera de 1939 y las barbaridades y fantasías que, con seguridad, podríamos haber dicho cada cual.

Lamentablemente su pertenencia a la Logia Resurrección de Barcelona, donde tenía el nombre clave de Licinio, pesa más que cualquier otro argumento y no es depurado favorablemente, siendo suspendido por plazo de dos años. Por otro lado, en una causa penal que se le sigue es condenado a tres años de destierro en Pamplona en un convento franciscano. Visto lo visto, tampoco salió muy malparado, pero ¡menudo cambio en su vida, como veremos de inmediato!

Esa estancia conventual le lleva a dar un giro de ciento ochenta grados con respecto a su vida anterior. Regresa al catolicismo de su infancia, se convierte en miembro de la Orden terciaria franciscana, practica el rezo diario del rosario y no falta jamás, como un buen amigo mío, a limpiar los pies de la veneradísima estatua de Jesús de Medinaceli cuando los fieles acuden en masa a la parroquia de mi infancia cada primer viernes de mes.

El interés sobre este personaje aumenta sin duda alguna viéndolo en conjunto con sus hijos, quienes conformaron una pequeña saga, de la cual desconozco si hoy día ha tenido continuación con los nietos.

Lo que de alguna forma quiero mostrar es cómo, aunque la vida de nuestros padres nos va marcando, nosotros mismos desde esa raíz común vamos tomando -por los motivos que sean- uno u otro derrotero en nuestra singladura por la vida.

Antonio Marsà registró civilmente y sin bautizar, a sus siete hijos con nombres tomados de la Grecia o la Roma clásicas: Antonio Graco, Plutarco, Oritia, Marco -que falleció enseguida-, Marina, Héctor y Licinio. A todos ellos les puso a estudiar en la Institución Libre de Enseñanza. Es decir, era lo que hasta hace poco se definiría como un integrante típico de la “gauche divine”. Tres de ellos se dedicaron al Derecho. El mayor de todos, Antonio Graco Marsà Vancells, nacido en 1905 y colegiado en Madrid el año 1929 con el número 11.251, cuando su padre ya andaba alejado de la izquierda, ingresó en el PSOE en 1926 y como su padre, se adhirió a la masonería con el nombre simbólico de “Jaurés”. Firme opositor a Primo de Rivera, su deriva hacia posiciones más izquierdistas, le llevó a ser expulsado del partido socialista y a participar muy activamente en la sublevación de Jaca de 1930, por lo que tuvo que exiliarse. En las elecciones constituyentes se presentó por Izquierda Revolucionaria y Anti-imperialista (IRA), grupo que se integraría en 1932 en el Partido Comunista de España. En ese momento se uniría al Partido Republicano Radical de Madrid, donde estaba su padre y pasaron juntos y con gran parte de la familia la guerra y las penalidades que cuenta en su depuración, entre las que se incluyó estar preso en una de las temibles “chekas”.

Antonio Graco fue también uno de los expulsados del Colegio en abril de 1939 por los vencedores, formando parte del selecto grupo republicano con figuras como el ya citado Jiménez de Asúa, Azaña Ossorio o Galarza. De nada le sirvieron los avales y testimonios que presentó para no ser condenado. Por su pertenencia a la masonería no fue depurado favorablemente y, supongo que en otro proceso penal que se le instruiría, fue condenado a veinte años de cárcel, falleciendo en 1946 por causa de una tuberculosis, tan frecuente en aquellos años de penurias. Sus intentos de rehabilitación no tuvieron éxito hasta que, muchos años después de su fallecimiento, la Junta de gobierno del ICAM lo hizo en noviembre de 2015.

En cambio, otros dos de sus hijos varones pelearon en el bando llamado nacional: Marco, que fue el único varón dedicado a la ingeniería en vez del Derecho y su hermano Plutarco, otra eminencia del saber con tres carreras y tres doctorados en Derecho, Políticas y Filosofía. Desertó del ejército republicano luchando en el otro bando en primera línea del frente. Letrado del Ministerio de Justicia, Inspector de Trabajo y Registrador de la Propiedad, destacó en la enseñanza, además de ser uno de los pioneros del feminismo en la España reciente. En 1994 fue elegido académico de honor de la Real de Doctores. Falleció en 2005.

Del menor, Licinio, poco he podido averiguar, más allá de que, como sus hermanos, se colegió bien pasada ya la guerra, en 1948. En la ciudad de Pamplona, probablemente coincidiendo con el destierro paterno, la Imprenta Diocesana publicó “Amor y venganza” una comedia en verso de tres actos de la que era autor. Desconozco siquiera si llegó alguna ve a representarse.

Esta es parte de la interesante historia, sólo hasta donde he podido llegar a conocer, de los “Marsá”. Estoy convencido de que únicamente he rascado un poco la pared de su historia. Hablando de paredes, en el año 2001, en Collado Mediano, donde estaba la casa de los Marsá, en la finca llamada Fuenterroca, un falso techo se vino abajo y apareció escondido todo el archivo personal de Antonio Marsá Bragado completísimo, lleno de libros, fotografías, manuscritos y documentos personales y que, seguramente, servirá para obtener información importantísima de lo sucedido en aquellos años convulsos. Cuando se digitalice y se ponga a disposición de todos, se recuperará, estoy convencido, un pequeño pero importante pedazo de nuestra historia.

La foto que se acompaña es una de las escasísimas disponibles de Antonio Marsà Bragado a falta de que ese archivo, secreto hasta hace poco, nos proporcione otras. He procurado mejorarla un poco digitalmente.

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