Abogacía joven: condiciones para quedarse

Día de la Abogacía Joven

Mañana, 31 de octubre, se celebra el Día de la Abogacía Joven. En España hay 56.420 colegiados menores de 40 años. De ellos, 40.619 ejercen y 15.801 no ejercen. Casi tres de cada diez. El 59 % son mujeres.
Pero detrás de estos números hay jóvenes con ilusiones, con planes de vida. Gente que quiere trabajar, aprender el oficio y poder vivir de él. Algunos están buscando su primer despacho. Otros llevan ya unos años y empiezan a preguntarse si les salen las cuentas. También los hay que todavía están decidiendo cómo dar el primer paso.
Pongámosles nombre, aunque sus historias sean imaginadas.
Clara está mirando qué máster de acceso a la abogacía elegir. Habla con antiguos compañeros, pregunta por las prácticas y hace cuentas. Una amiga prepara judicatura. Otro quiere ser notario. Ella quiere ejercer, pero antes tiene que decidir dónde va a invertir un dinero que le ha costado ahorrar.
Pablo ya comparte despacho con una compañera. Esta mañana le toca llamar a un cliente que lleva semanas preguntando por su asunto. Ha vuelto a consultar el expediente antes de coger el teléfono. No hay noticias del juzgado. Tendrá que explicarle que siguen esperando, y entiende que el hombre esté harto. Él también querría tener algo que contarle.
Elena ha terminado una guardia y vuelve a casa. Está cansada. Mira el móvil: una clienta del turno le ha vuelto a preguntar si se sabe algo de su procedimiento. Tampoco hay noticias del juzgado. Mañana intentará averiguar cómo va, además de continuar con los demás asuntos. Le gusta el turno, siente que su trabajo sirve. Pero cuando se sienta a revisar los gastos del mes necesita saber con qué ingresos puede contar. Hay pagos que no puede aplazar.
Los tres quieren seguir. Clara aún está a las puertas; Pablo y Elena van encontrando su sitio. Al pensar en ellos, los mensajes del 31 de octubre se quedan un poco cortos. La abogacía joven necesita condiciones para quedarse.
Clara sigue comparando másteres. Le interesa saber quién da las clases, pero sobre todo pregunta por las prácticas. ¿Podrá trabajar con asuntos reales? ¿Habrá alguien que revise lo que haga y le explique los errores? Le gustaría salir de allí sabiendo un poco mejor cómo se atiende a una persona que entra en un despacho con un problema.
El precio pesa. También los horarios. Si puede seguir trabajando, las cuentas cambian bastante. Habla con su amiga, la que prepara judicatura, y las dos acaban preguntándose cuánto tiempo más necesitarán ayuda de casa. Ninguna lo lleva especialmente bien.
Desde fuera resulta fácil decirles que tengan paciencia. Ellas llevan ya unos cuantos años estudiando.
A Clara aún le quedan el máster y la prueba de acceso. Sería razonable que pudiera organizar ese recorrido con un calendario fijo de convocatorias, conocido con antelación. Buscar trabajo, comprometerse con un despacho o seguir pagando una habitación son decisiones que necesitan algo de previsión.
Quienes organizan el acceso deberían pensar más a menudo en esa parte. Detrás de cada convocatoria hay personas intentando ponerse de acuerdo con un empleador, con su familia o con el compañero que les ofrece compartir despacho. Un calendario fijo les permitiría hacer planes y saber a qué atenerse. La incertidumbre les obliga a dejarlo todo en el aire.
Y después habrá que encontrar dónde aprender. Clara pregunta mucho por las prácticas porque sabe que necesitará a alguien al lado. Alguien a quien consultar una duda sin sentir que está molestando, que le corrija un escrito y le cuente por qué lo ha corregido. Todos hemos necesitado eso alguna vez. Conviene recordarlo cuando hablamos del relevo generacional.
Pablo tiene que llamar a un cliente. Esta vez sí hay noticias del juzgado: han señalado el juicio para 2030.
Antes de marcar vuelve a leer la notificación. Estamos en 2026. Piensa en cómo se lo va a decir, aunque tampoco hay muchas maneras.
—¿En 2030? ¿Dentro de cuatro años?
Sí. Eso pone.
El cliente le pregunta si es un error, si se puede reclamar, si hay alguna forma de adelantarlo. Pablo le explica lo que sabe. Entiende su enfado. Cuando acudió al despacho, aquel hombre quería resolver un problema que ya le estaba complicando la vida. Ahora tiene que hacerse a la idea de vivir con él durante cuatro años más.
Al colgar, Pablo se queda un momento con la notificación delante. Ha preparado la demanda, ha cumplido los plazos, ha hecho su trabajo. Y acaba de mantener una conversación después de la cual su cliente probablemente se siente más desamparado que antes de llamarle.
Estas cosas pesan cuando uno empieza. Pablo quiere ganarse la confianza de sus clientes y necesita poder explicarles qué va a pasar con sus asuntos. Pero hay explicaciones que cuesta dar. Sobre todo cuando él mismo se hace las mismas preguntas.
Comparte un despacho pequeño con una compañera. Han ajustado los gastos y dedican muchas horas a sacar adelante el trabajo. Un procedimiento que se alarga durante años seguirá necesitando atención, llamadas y consultas. Tendrán que acompañar al cliente durante toda esa espera y encontrar la manera de que las cuentas salgan.
Me gustaría que quienes hablan de eficiencia judicial pensaran en esa llamada. En el hombre que acaba de enterarse de que su juicio será en 2030 y en el abogado que ha tenido que decírselo. Ahí es donde deberían notarse los resultados de una reforma.
Pablo también utiliza inteligencia artificial. Le ayuda a ordenar documentos y a trabajar sobre primeros borradores. Para un despacho como el suyo puede ser una ayuda valiosa. Pero por mucho tiempo que ahorre preparando un escrito, la fecha del juicio seguirá siendo la misma.
Y hay otra cuestión que ya hemos planteado en estas páginas: cómo van a aprender los jóvenes si los despachos dejan de contratarlos para hacer las tareas que ahora pueden automatizar. Tendremos que dedicar tiempo a enseñar de otra manera, a revisar con ellos un asunto, a llevarlos a una reunión y escuchar después qué han entendido.
Pablo lo agradecería. Él y su compañera se ayudan mucho, pero a veces les falta alguien a quien preguntar. Hoy, por ejemplo, le habría venido bien hablar con un abogado que hubiera tenido que explicar muchas veces una noticia como esta. No le habría cambiado el señalamiento. Quizá le habría ayudado a llevar mejor la conversación.
Elena contesta a su clienta antes de ponerse con las cuentas. No hay noticias del juzgado. Le dice que volverá a preguntar y que la llamará en cuanto sepa algo. La mujer le da las gracias. Elena sabe que está preocupada y procura no dejar sus mensajes sin respuesta, aunque algunos lleguen cuando ya ha cerrado el despacho.
Luego abre la cuenta del banco. El alquiler está a punto de pasar y tiene que reservar dinero para la cuota y los demás gastos. Repasa lo que espera cobrar. Hay trabajo hecho que todavía no se ha convertido en un ingreso, y necesita saber con qué puede contar.
Cuando se apuntó al turno sabía que no iba a hacerse rica. Siempre aparece esa frase cuando se habla de lo que cobran sus abogados. Como si pedir una remuneración suficiente exigiera aclarar antes que uno no tiene grandes ambiciones.
Elena quiere pagar sus gastos y vivir de su trabajo. También ahorrar un poco, si puede. No tendría que dar muchas explicaciones por ello.
Le gusta el turno. Hay personas que llegan sin saber muy bien qué les está pasando, con papeles que no entienden y miedo a lo que venga después. Sentarse con ellas, escuchar y empezar a ordenar el problema es una parte de la abogacía que le importa. Por eso sigue.
Pero cada asunto requiere estudio, llamadas, escritos, desplazamientos. A veces una conversación se alarga porque la persona necesita que se lo expliquen otra vez. Elena se toma ese tiempo. La responsabilidad que asume tampoco disminuye porque su cliente tenga reconocido el derecho a la asistencia jurídica gratuita.
Cuando hablamos del turno solemos reconocer esa entrega. Se agradece. Aunque a Elena le ayudaría bastante más que la remuneración tuviera en cuenta el trabajo que hace y que pudiera organizar sus cuentas sabiendo cuándo va a cobrarlo.
Creo que deberíamos poder decir esto sin rodeos. La asistencia jurídica gratuita necesita financiación suficiente para pagar dignamente a quienes la prestan. Los baremos y los plazos de pago forman parte del servicio. De ellos depende también que los profesionales puedan seguir dedicándole tiempo y atención.
Y convendría escuchar a quienes están empezando antes de dar por hecho que siempre habrá alguien dispuesto a asumirlo. Elena quiere continuar. Ha estudiado para esto y siente que hace un trabajo necesario. Pero un mes tras otro las cuentas no salen, y eso hace mucho daño a la vocación y corroe la ilusión de prestar un servicio útil.
Clara, Pablo y Elena son nombres inventados. A lo largo de los años he conocido a muchos jóvenes que podrían reconocerse en alguna de estas escenas. Llegaban con ganas, preguntaban, buscaban una oportunidad. Después les fui perdiendo la pista a algunos. De otros sé que siguen y que les va bien. También he escuchado bastantes veces eso de «si lo hubiera sabido antes…».
No sabemos cuántos de los 15.801 no ejercientes se han marchado decepcionados. Ni siquiera sabemos cuántos llegaron a ejercer. Dejemos el dato ahí, sin hacerle decir más de lo que dice.
Lo que sí está en nuestra mano es ocuparnos de quienes quieren seguir. Las administraciones pueden fijar un calendario de acceso y cumplirlo. Deben conseguir que un abogado no tenga que explicar a su cliente que su juicio tardará cuatro años en celebrarse. Y pagar el turno de oficio como corresponde al trabajo y a la responsabilidad que exige. A quienes dirigen los despachos les tocará seguir formando a jóvenes aunque una herramienta les permita sacar adelante el trabajo con menos gente. También ellos tuvieron que aprender de alguien.
Me gustaría saber qué pensarán Clara, Pablo y Elena cuando lean las felicitaciones del 31 de octubre. Quizá ni tengan tiempo. Ella seguirá comparando másteres; él tendrá otra llamada pendiente; Elena estará de guardia.
Habrá que acordarse de ellos también en noviembre.

Sobre el autor
Hans A. Boeck

Editor y Director de Lawyerpress. Fundador del grupo Lawyerpress. Periodista con más de 30 años de experiencia en medios nacionales e internacionales. Idiomas: Español, alemán, inglés. Correo electónico: hab@lawyerpress.com y Twitter @LP_hans

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