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COLABORACIONES / OPINIÓN
Jaume Armengou, vicerector de la UIC (Universidad Internacional de Catalunya)
Me confiaba no hace mucho un alumno de doctorado, ingeniero de caminos, a punto de depositar su tesis doctoral, con estancias de investigación en el extranjero ya finalizadas, que no tenía la intención de volver al extranjero para encontrar un trabajo. Veía positivamente la fuga de talento al extranjero porque, de este modo, bajaba el número de competidores. No han pasado cuatro años desde que, en enero de 2009, el Círculo de Empresarios emitió el documento “El espíritu emprendedor: elemento esencial para afrontar la crisis económica española”. Sin embargo, el razonamiento de ese estudiante era impensable en aquel momento. En su resumen ejecutivo, el documento mencionado agrupa sus propuestas en torno a cuatro ejes: 1. Reconocimiento social del empresario 2. Integración del espíritu emprendedor en la educación 3. Apoyo y adecuación institucional para la creación de un entorno favorable 4. Liderazgo empresarial en la promoción del espíritu emprendedor Entre la documentación que aporta el Círculo de Empresarios para fundamentar sus propuestas destacamos dos gráficos. El primero de ellos (gráfico 3) trata el porcentaje de personas que nunca se han planteado empezar un negocio propio; el segundo (gráfico 4) recoge cómo las consecuencias del eventual fracaso disuaden el empleo por cuenta propia. Es fehaciente la pésima situación de España en cuanto a espíritu emprendedor. Un modelo positivo de espíritu emprendedor es el Silicon Valley. Solomon Darwin, profesor de la escuela de negocios de la Universidad de California, Berkeley, analizaba en el aula hace unas semanas las condiciones históricas y ambientales que habían propiciado el éxito del Silicon Valley. Las guerras y la depresión americanas, la fiebre del oro, la construcción del ferrocarril, entre otras, en cuanto a la historia. Enumeraba las condiciones ambientales: libertad, tenacidad, capacidad de asumir riesgos, respeto de la propiedad intelectual… sin sorpresas, hasta que habló de “celebrar el fracaso”. Celebrar el fracaso es todo lo contrario de la lamentación o la parálisis. No es simplemente afrontarlo sin desánimo, o aprender de él para volver a empezar. El concepto “celebrar el fracaso” resuelve completamente el problema de la aversión al riesgo que paraliza al emprendedor. Es justo en este momento cuando se puede afirmar que las crisis (crisis económica, crisis de la relación Catalunya-España) no son un problema, sino una necesidad. Al igual que celebrar el fracaso va más allá de aceptarlo, reconocer una crisis como necesaria va más allá de disponerse a superarla. En el caso del primer eje (Reconocimiento social del empresario), podríamos decir que la crisis ya lo ha resuelto. Hoy en día, cualquiera que pueda dar empleo a otros ya no será visto negativamente, sino como un modelo a seguir. También desde el punto de vista institucional (tercer eje) se están produciendo cambios (por ejemplo, en la legislación) que favorecen la actividad emprendedora. El cuarto eje (liderazgo empresarial) es una evidencia. Sin embargo, la integración del espíritu emprendedor en la educación (segundo eje), principalmente en la formación universitaria, no es tan evidente. Existe la tentación de pervertir el concepto de universidad. En el mejor de los casos, la universidad estaría formando a las personas que los diversos sectores necesitan en este preciso momento. Las empresas, entonces, confían o “encargan” a la universidad el tipo de formación que tiene que impartir. Siguiendo con el modelo de confiar al corto plazo el diseño de la formación universitaria, podríamos buscar la preparación de personas con capacidad de esfuerzo y de asunción de riesgos, dominio de idiomas y de las herramientas informáticas, con capacidad de trabajo en equipo, creatividad, espíritu crítico e independencia intelectual, sentido de responsabilidad, etc. Dando un paso más, estos graduados estarían dotados de los conocimientos propios de sus especialidades. Eso es algo que se da por supuesto, pero ni mucho menos es así. Sin embargo, a pesar de la altura del objetivo que se plantea, si la universidad se planta aquí podríamos decir que ha fracasado. Son dos los ámbitos que tendríamos que añadir, como mínimo, a ese proyecto de universidad. Por un lado, sostenibilidad: necesitamos que esos graduados sean capaces de aprender constantemente. Formar a las personas adiestrándolas en los conocimientos que existen actualmente supone cortedad de miras y no resuelve las necesidades futuras… ni las del momento actual. Para ello se requiere la capacidad de impartir formación a lo largo de toda la vida por parte de las universidades y, al mismo tiempo, la transmisión de fundamentos básicos de cada ámbito de conocimiento que no son de aplicación directa. El segundo ámbito a añadir es el humanístico. Esencialmente no hay por qué hablar de un segundo ámbito, ya que la formación humanística forma parte de esos conocimientos básicos referidos en el párrafo anterior. Un ingeniero, por ejemplo, necesita dotarse de conocimientos sólidos de álgebra, cálculo y geometría. Y un médico tendrá que aprender estadística y biología molecular. Pero ambos requieren estar formados en literatura, antropología, historia, etc. Por último, cabría decir que el único modo de transmitir el espíritu emprendedor es a través de la presentación de modelos. El alumno necesita ver en la tarima a alguien a quien desee imitar. El carácter emprendedor se transmite por “impregnación” o por “ósmosis”, no se enseña. Llegados aquí, ¿qué acciones concretas proponemos en el ámbito universitario? 1. Asegurar la transmisión de conocimientos fundamentales aunque no sean de aplicación directa, tanto los específicos de cada ámbito como los humanísticos. 2. Exigir la presencia de prácticas en empresas y actividades solidarias en los diseños curriculares. 3. Entregar parte de la docencia a profesionales prestigiosos, muchos de los cuales son emprendedores. 4. Hacer buen uso de las metodologías docentes que favorecen el aprendizaje del trabajo en equipo, el dominio de diversos idiomas, la creatividad, etc. El paso hacia la excelencia vendrá dado por la atención personalizada: asesoramiento personal de cada alumno, preparación para la entrada al mundo profesional mediante el coaching o instrumentos similares, etc. El objetivo propuesto describe un modelo de docencia universitaria que no sólo favorece la emprendeduría, sino también que ésta se consolide en cada uno de los emprendedores y no redunde únicamente en su beneficio particular. Beneficiarse de estas crisis sólo para obtener una emprendeduría no consolidable sería un desperdicio. Jaume Armengou, vicerector de la UIC (Universidad Internacional de Catalunya)
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