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Por Emilio Aparicio. Abogado. Socio Aparicio & Durana
El Consejo General de la Abogacía Española, en el año 2008, publicó el libro “La Abogacía española en datos y cifras”. En el mismo se refleja que el ejercicio independiente de la abogacía constituye la forma claramente dominante de desempeño de la profesión (en torno al 71%). Lawyerpress me brinda la oportunidad de contar mi experiencia personal cuando van a hacer casi diez años (¡que rápido pasa el tiempo!) desde que me colegié en el Ilustre Colegio de Abogados del Señorío de Vizcaya. Pero vayamos al principio, al inicio de la carrera. Cuando me matriculé en derecho lo hice más por descarte que por convicción, pero superados los primeros cursos fui cogiendo el gusto a la misma, especialmente por el derecho administrativo (al parecer debo ser un poco raro). Iban pasando los cursos y me di cuenta que en la universidad no iba a lograr más que memorizar textos que estaban en los libros. Por ello, y por un poco de conciencia social, me hice voluntario del servicio jurídico de una ONG dedicada a la ayuda de los refugiados. Fue en esa ONG donde tuve mis primeros contactos con el oficio. Aun recuerdo los pasillos de la comisaría de la Policía Nacional y el despacho donde el comisario tecleaba con frialdad terribles historias de los solicitantes de asilo que asistíamos. Primer contacto con el “ejercicio”, pero sobre todo con la cruda realidad, algo para lo que tampoco nos preparan. Poco tiempo después, al comenzar mi último curso de la carrera, inicié la pasantía en un despacho de abogados. Las mañanas las dedicaba a trabajar (sin retribuir) y las tardes a estudiar. Al año, algo comenzaron a pagarme y guardaba ese dinero para poder colegiarme. Tardé un año en reunir el dinero suficiente para poder colegiarme, mientras compaginaba mi pasantía con un trabajo de fin de semana para poder atender a mis gastos. Pasaba el tiempo, crecía la experiencia y, por tanto, las responsabilidades, mientras se forjaba una relación (que aún perdura) con los que, junto a mi, gozábamos y sufríamos la pasantía. Pero llego el momento de decidir. Éramos jóvenes, quizás demasiado, pero no teníamos ni responsabilidades ni cargas familiares, y por ello decidimos iniciar nuestra andadura autónoma. Mi AMIGO, sí, con mayúsculas, y yo, nos marchamos del despacho, con una pequeña pero fiel cartera de clientes, y nos pusimos por nuestra cuenta, riesgo y ventura. Estábamos, junto con algún amigo y la que ahora es mi mujer, en un pequeño despacho de poco más de veinte metros cuadrados decidiendo como amueblarlo y de que color pintarlo. Y justo allí, brocha en mano, pensando que iba a ser de nuestro futuro. Y es, sin el colchón de un sueldo a fin de mes, cuando percibes con crudeza la realidad de la profesión. Sin clientes no ejerces, no avanzas, no aprendes, pero, sobre todo, no comes. Ha llovido desde junio de 2005, fecha en la que Natxo y yo decidimos iniciar nuestra andadura en solitario. En este tiempo ha habido éxitos, fracasos, clientes que vienen y van, pero sobre todo ha habido personas, a las que, con mayor o menor fortuna, hemos prestado nuestro asesoramiento y asistencia. Y en ese tiempo, porque no decirlo, hemos tenido la oportunidad y suerte de aumentar nuestro equipo humano en un proyecto que no ha hecho más que empezar, porque ocho años no son nada para la carrera de fondo que supone el ejercicio de la abogacía. Ahora somos seis abogados con la aspiración de lograr la máxima excelencia en la prestación de nuestros servicios, pero sin olvidar que tras cada expediente hay una persona o una empresa que ha depositado su confianza en nosotros. Estas breves líneas me han costado más de lo que pensaba, ya que, por raro que parezca, no me gusta hablar de mi mismo. Mi mujer y un compañero me han “boicoteado” un texto anterior al tildarlo de políticamente correcto (mi talón de Aquiles). Por ello, he querido poner el acento en la necesidad de clientes para poder afrontar con garantías nuestro ejercicio profesional. Es una obviedad, pero los clientes no llegan solos al despacho. El oficio de abogado es una mezcla de técnica profesional y comercial y, si falla la una, fallará la otra. Pero hay otro pilar que considero esencial, la pasión por la profesión. Sin pasión por la misma no es recomendable su ejercicio. El esfuerzo y sacrificio que exige este digno oficio no se satisface con dinero. La retribución debe ser económica pero también personal. Es esa satisfacción personal la que hace que cada día volvamos al despacho con la ilusión renovada. Hace poco leí un estupendo post del compañero Francisco Bonatti titulado “Buscando el alma de nuestro despacho” que me ha dado el final de estas breves líneas. Ten alma de abogado.
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