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COLABORACIONES / Opinión
Por Manuel Aguilar Romero, abogado
Hace ya muchos años, recorría acompañado de un buen cliente unos grandes almacenes planta por planta. Caminaba con determinación por esos pasillos perfectamente iluminados, cuando señaló a un señor enchaquetado de unos 50 años aproximadamente, diciendo sin compasión: ¡Ese es un hombre muerto! Luego, prosiguió su camino y de nuevo indicó a otro con su índice: ¡Otro hombre muerto! Yo, que lo conocía desde que apareció por primera vez en mi despacho hacía ya varios años, nunca lo imaginé tan frío como en dicho paseo. Por aquel entonces, mi cliente pertenecía a la Dirección General de aquella empresa y todos sus empleados le saludaban atentamente y con mucho respeto. Terminado el recorrido por todas las instalaciones, me dijo: "En fin, este año entran en la lista once personas, el Consejo de Administración así lo ha decidido. A partir de esta inclusión les cambiará su vida profesional y por supuesto, su vida personal." La verdad, no entendía nada y ante mi curiosidad y, conociendo mi especialidad como abogado laboralista, me dijo: “Lo que te voy a contar nunca podrás decir que te lo conté, pero creo que te lo debo”. Y entonces me lo explicó: "Manuel, sabes que las grandes empresas, y sobre todos las multinacionales, sobreviven por los resultados de ventas. Para ello, realizan estrategias variopintas para que sus Ejecutivos vendan y vendan cada vez más. Fichan a jóvenes muy preparados, que adquieren sus conocimientos trabajando en presión y viajando por todo el mundo. Se les motiva de muchas formas, primero por objetivos independientes de su nómina, después con premios, y por supuesto con tarjetas de crédito. Primero plata, después oro y finalmente platino. Un sobresueldo para trajes y vestidos a medidas, y todo lo que se les ocurra para que el directivo se esfuerce en ser el mejor. Poco a poco ese joven va madurando y cada vez dedica más hora a su trabajo, más viajes fuera de casa, apenas ve a su esposa o esposo e hijos, pero cada vez está más convencido de que su vida es la empresa. Un día lo llaman y le proponen ser delegado de una parte importante de la empresa. Cada vez, más trabajo. Los resultados del directivo suelen ser espectaculares. Pasan los años y ese joven ya no lo es tanto, y se ha convertido en un magnífico alto directivo. Pero de pronto, alguien del departamento de Recursos Humanos (RRHH) realiza un nuevo plan estratégico y comprueba la plantilla es vieja, que hay que examinar las edades y los resultados de los últimos años. Hay que exigir mejores objetivos. ¡Es insuficiente, la competencia nos come! Y miran los D.N.I. y alguien hace una lista de los que ya no interesan. La lista de hombres muertos, hombres o mujeres que según la multinacional ya no venden lo que necesitan, ya no tiene el vigor que tenían. Están desfasados en nuevas técnicas y ya no dan la imagen que necesita la gran multinacional, en donde no existen arrugas, canas y barrigas. Entonces, el departamento de RRHH tiene un encargo directo desde el Consejo de Administración: hay que amortizar ese puesto de trabajo al menor coste posible. Así que estudian los contratos, sus cláusulas de confidencialidad, los justificantes de gastos de los últimos tres años, las bajas médicas poco justificadas. Se hurga en sus vidas privadas y comienza el acoso sibilino. Primero, se empieza a organizar un supuesto organigrama nuevo, en el que como por arte de magia, desaparecen funciones que el directivo tenía desde hace años. De pronto, se nombra a un joven Ejecutivo para ir realizando esas funciones que ya no va a hacer el directivo cuestionado. Las zonas se reducen, las tarjetas de créditos se eliminan, los viajes ya no son necesarios, y se les pide informe que jamás se pidieron. El gran jefe lo llama para pedir explicaciones de por qué van mal las ventas, y los compañeros ya no son tan compañeros, porque resulta ser peligroso tanta cercanía. Una mañana, a primera hora, el Ejecutivo es llamado desde el departamento de RRHH y se le notifica una modificación de su contrato de trabajo. Bien se le envía a otra parte del país peor comunicada con su hogar, bien se le elimina sus bonos por objetivos, o no se le paga el convenido. O incluso, se le notifica su despido por múltiples causas de los más peregrinas. Entonces, ¡el Alto Ejecutivo!, ¡el Dios del Universo!, ¡el que siempre estaba reunido!, se encuentra solo delante de un documento que no entiende o que no quiere entender, abatido y sin saber realmente que está ocurriendo. Al principio piensa que ha de ser un error, esa carta será dirigida a otra persona. Luego, pasados unos minutos, comprende que no existe equivocación alguna. Llega a casa más temprano que de costumbre y allí no hay nadie. Todos están en sus obligaciones, y al final de la tarde empiezan a llegar su familia, su esposa o esposo e hijos, si es que su matrimonio no lo rompió el trabajo, y no articula palabra. Sólo tiene fuerza para mostrar el documento y retirarse para que los suyos no vean que se derrumba”. Pero al día siguiente, los grandes hombres o mujeres se levantan, y decide que hay que pelear, que hay que luchar contra esa injusticia y comienza la búsqueda. ¿Quién defenderá mi honor, mi dignidad y mis derechos? Esta pregunta es difícil, porque esa decisión hay que tomarla rápidamente. Los plazos son cortos y hay que decidir, ¿Qué abogados defenderán dicha injusticia? Cómo sabemos, las multinacionales, las grandes empresas normalmente tienen dentro de sus colaboradores abogados contratados por igualas (pagos anuales por llevar la defensa de los intereses de la empresa durante todo el año). Hablamos de cifras importantes, objeto de deseo de grandes firmas de abogados que todos conocemos. La primera intención del Ejecutivo acosado o despedido, es llamar a los abogados con los que ha estado colaborando durante años. Pero cuando reflexiona se da cuenta de que sus abogados ya no son sus abogados, sino los abogados de la empresa, Intenta llamar al bufete importante que dos años atrás defendía la empresa, pero no les interesa defenderle, ya que todos los años pueden haber ofertas para ser contratados por la gran multinacional. ¡Gran dilema!, ¿a quién llamar? Todos tienen intereses creados, todos han sido o pueden ser contratados por la empresa. Empieza la búsqueda y las dudas Normalmente un alto directivo conoce o ha conocido a muchos abogados. También, normalmente incluso tienen un amigo personal abogado. Ese al que siempre han cuidado su amistad por si acaso. El directivo dice: “Voy a llamar a mi amigo, tal..., pero piensa este no es abogado experto en laboral. Voy a llamarlo para que el me recomiende, y así lo hace”. ¿Qué suele ocurrir? No te preocupes, en mi despacho hay un compañero muy bueno que te defenderá muy bien, o no te preocupes, yo mismo puedo defenderte pues tu asunto es muy fácil, o no te preocupes que conozco un amigo que conoce a un abogado laboralista muy bueno. En fin, empieza el peregrinaje por toda la ciudad para encontrar un buen abogado honesto y experto en estos temas tan específicos. Todos los abogados dirán que están capacitados para llevar el asunto, pero eso no es cierto, hay que buscar y no errar en la elección. El abogado no ha de ser un abogado generalista, ha de se especialista en derecho laboral, ha de tener mucha experiencia, pues la va a necesitar para enfrentarse al gran bufete que se encontrará enfrente. Ha de ser independiente y no tener intereses ni pasados, ni presentes, ni futuros con esa multinacional, ni otras. Ha de ser efectivo, rápido, sincero y advertir los riesgos del asunto. Una vez elegido al abogado idóneo se ha de emprender una estrategia para combatir a su vez lo planeado por la empresa e iniciar las acciones judiciales para conseguir la indemnización mayor para los intereses de los directivos. Tras todo el proceso judicial y si todo ha ido como corresponde se habrá obtenido una indemnización y ahora se plantea un nuevo escenario en el que se encuentra ese directivo. Ese nuevo escenario puede ser muy diferente, pero lo cierto es que su vida ya no es la misma y ha de replantearse que hacer con todos sus conocimientos y tantas horas empleadas en adquirirlos. Es en este punto donde el alto directivo tiene que demostrar que no es un hombre muerto, que está en plenitud de su vida, que las generaciones se han transformado y que la esperanza de vida ya no es la misma que hace 100 años, y que ahora es cuando ha llegado su mejor momento. Es entonces cuando tiene y puede devolver a la sociedad lo que ha recibido de ella, creando una nueva empresa aplicando sus conocimientos, arriesgando parte de la indemnización creando proyectos y llevarlos a cabo, para demostrarse a sí mismo que su vida profesional no solo no se ha acabado sino todo lo contrario, renace con fuerza e ilusión, y con generosidad hacia las nuevas generaciones.
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