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Por Eva Cañizares, Abogada, Experta en Derecho Deportivo
Mi primera vista fue un lunes. Tenía 25 años. En aquella fecha, acababa de terminar un master en RR.HH, y llevaba poco tiempo trabajando de pasante en uno de los despachos más prestigiosos de Sevilla, compuesto por tres abogados, uno de ellos mi maestro, que superaba con creces los 65 años, y, a la sombra de ellos tres, me encontraba yo. Eran días en los que vivía apasionadamente el Derecho y entrar en ese despacho me permitió acceder a multitud de procedimientos absolutamente dispares, participando activamente en la mayoría de ellos. Recuerdo con absoluta claridad el primer caso en el que intervine: la defensa de una señora de la alta aristocracia sevillana, de edad muy avanzada, propietaria de una finca de cientos de hectáreas, en una localidad cercana a Sevilla, atravesada por un pequeño río en cuya orilla la gente del pueblo celebraba la romería de Santa Bárbara. Y, en plena euforia, una pobre mujer que se siente indispuesta, se esconde tras unos setos y, junto a un pino decide “hacer de vientre” con tan mala suerte que el árbol, justo en ese momento tan oportuno, se cae encima de ella causándole la muerte. Entenderéis ahora el por qué recuerdo con tanta nitidez mi primer caso. Aún puedo sentir la indignación que me produjo la demanda de los organizadores de la romería – Ayuntamiento y Hermandad - contra nuestra clienta, cuando ella llevaba años accediendo, voluntaria y altruistamente, a prestar su terreno para celebrar la fiesta. Pero era la dueña de la finca y, en principio, según el Código Civil, la responsable de los daños acaecidos dentro de los límites de su propiedad. Por aquel entonces, en primera instancia no se celebraba juicio oral, y era la apelación la que se ventilaba en una vista – al contrario de lo que sucede en la actualidad -. De haber sido como ahora, ésta hubiera sido mi primera mi primera experiencia ante un Tribunal, pero me fui del despacho antes de que se recurriera la sentencia, por lo que no pude intervenir en la apelación. Cuando llevaba diez meses en el despacho, uno de los compañeros me pidió que me encargara de un asunto que me sedujo desde el primer momento por su singularidad y complejidad. Se trataba de una apelación en interés de Ley, un recurso extraordinario interpuesto con el fin de remediar las consecuencias que para el futuro pudiera tener una sentencia errónea y dañosa para el interés general, que no pudiera ser objeto de recurso alguno. De esta manera, al estimarse el recurso en interés de ley se fijaba la doctrina legal, vinculando dicho fallo a todos los Jueces y Tribunales inferiores en grado del mismo orden jurisdiccional. Por tanto, si ganaba, el éxito era por partida doble: por un lado, la propia satisfacción del trabajo bien hecho, una sentencia a mi favor; por otro, creaba “jurisprudencia”. Estaba entusiasmada. Mi primera vez no iba a ser ante un solo Juez sino ante un Tribunal compuesto por tres magistrados. La parte positiva era que no tenía contrario enfrente. Me puse manos a la obra y me estudié a fondo el asunto. Hice unas fichas a modo de guión con los puntos más importantes de mi intervención y me dediqué a hacer simulacros del acto de la vista en mi despacho. Al contrario que muchos compañeros, no estaba nerviosa y sí entusiasmada con la idea de interesar ante un Tribunal, ansiosa de que llegara el día de la vista. Mi maestro me recomendó llevarme una botellita de agua, por si los nervios me secaban la boca, y mantener el respeto al Tribunal de una de las maneras que más se han perdido actualmente: asistir vestida con traje negro. Aún conservo esta costumbre. Llegó el día. Reconozco que estaba nerviosa, aunque más por la ilusión que por el hecho de tener que hablar en público. Esto, por suerte para mí, nunca ha supuesto un problema. Obvié al Tribunal el hecho de que era mi primera vez – en otros juicios a los que asistí, los letrados noveles apuntaban tímidamente dicho detalle al Juez, pero nunca me pareció ni oportuno ni adecuado – y me explayé durante largos minutos. La actuación en Sala fue una tarea complicada y compleja, ya que mis acciones se sucedían con tanta rapidez que difícilmente tenía tiempo para meditar o reflexionar entre un proceder y el siguiente. De espectadores tuve a mis tres compañeros de despacho y ¡a mi novio! Y no me llevé a mi familia y amigos porque sus ocupaciones se lo impedían. Hubiera llenado la Sala con todos. Semanas más tarde, el procurador nos envió la sentencia al despacho. Había ganado.
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