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LP emprende - especial segundo aniversario de la Reforma Laboral
Por Ignacio Hidalgo. Director del área laboral de Chávarri y Muñoz Abogados
Esta semana hace dos años que entraba en vigor el RDL 3/12, de 10 de febrero y, con él, posiblemente una de las reformas laborales de más calado desde la aprobación del actual Texto Refundido del Estatuto de los Trabajadores. La tarde en que redacto esta opinión, además, se ha conocido que el Tribunal Constitucional ha desestimado las cuestiones de inconstitucionalidad elevadas por un Juzgado de lo Social de Madrid mediante las que se cuestionaban tres aspectos clave de la reforma: la eliminación de los salarios de tramitación, el régimen de indemnizaciones por despido y la propia forma de tramitación a través del Real Decreto Ley. Si hacemos un balance y usando un término deportivo, debo decir que podemos hablar de un “empate técnico” o, a lo sumo, una pírrica “victoria a los puntos” entre el éxito y el fracaso de la norma, en relación con la finalidad que tenía. Bien es cierto, que siguiendo esa misma temática, podría afirmarse que el árbitro ha sido un poco “casero”, lo que probablemente ha provocado que los efectos prácticos de la reforma hayan quedado un poco descafeinados. Cuando el Gobierno en el 2012 decidió modificar el marco de relaciones laborales que durante muchos años había comportado unas reglas de juego determinadas, tenía, fundamentalmente, tres objetivos con ello: por un lado fomentar la contratación en general y la contratación indefinida en particular, por otro dinamizar la negociación colectiva y, por último, conseguir que las empresas optaran por la flexibilidad interna, frente a la flexibilidad externa Los tres cambios, de haber tenido los efectos deseados en conjunto, podrían haber permitido hacer del mercado laboral el elemento clave para superar la dificilísima situación del mercado de trabajo en España. Sin embargo, la realidad es que posiblemente ninguno de esos objetivos se ha conseguido plenamente. Si bien en un artículo anterior manifesté una opinión favorable a considerar que podíamos estar ante un cambio de tendencia en lo que a la evolución del desempleo se trataba, ello no obsta para afirmar que las modificaciones que se operaron en la legislación en materia de fomento de la contratación, no han tenido éxito. El discutido contrato para emprendedores, herramienta clave para fomentar la contratación para las empresas de menor tamaño, no parece haber tenido la utilización que se pretendía, posiblemente por las dudas que una parte de los operadores jurídicos sembraron respecto de la constitucionalidad del elemento más incentivador que tenía: su prolongado periodo de prueba. El resto de medidas vinculadas a la contratación, desde las referidas a la contratación a tiempo parcial a las que tenían por objeto bonificar la contratación indefinida, resulta evidente que tampoco han cumplido su objetivo, puesto que el nivel de destrucción de empleo ha superado con creces a la contratación, sobre todo si tenemos en consideración la contratación indefinida. En el campo de la negociación colectiva, ciertamente los cambios operados parecían ir por buen camino, pues introducían dos importantes elementos que deberían haber permitido al Gobierno conseguir el objetivo dinamizador. Pero la realidad no ha sido tal. Por un lado, la limitación de la ultraactividad de los convenios y la llamada de atención que suponía a sindicatos y patronales para que agilizaran las negociaciones, tuvo un cierto efecto hasta el mes de julio de 2013, pero después perdió fuelle. El fracaso debe achacarse, fundamentalmente, al intervencionismo judicial, pues las sentencias que se han dictado interpretando el alcance de la limitación legal han dejado sin efecto práctico real lo que el Gobierno pretendía. La consecuencia ha sido que la presión que para los negociadores implicaba el miedo a la pérdida de vigencia de los convenios, haya desaparecido por completo. La opción del legislador por el convenio de empresa frente al convenio sectorial, igualmente, se reguló de forma adecuada, pero el rechazo directo de sindicatos y patronales a los efectos que provocaba y las enormes dificultades que para las empresas supone tener un rechazo directo sindical a la negociación en muchas ocasiones, ha provocado que el efecto de la medida se haya quedado a medio camino. Aunque se están negociando más convenios de empresa y éstas están perdiendo, en parte, el miedo a iniciar esa nueva vía, todavía, a mi entender, no se contempla la negociación colectiva en la empresa como una herramienta útil para conseguir superar los problemas empresariales. Y, por último, es necesario hacer una reflexión sobre los efectos de las medidas tendentes a que las empresas abandonaran la idea de la flexibilidad externa, a favor de la interna, disminuyendo de esta forma los niveles de destrucción de empleo. Es, quizás, en este aspecto donde la reforma laboral haya tenido un mayor calado si bien, sus efectos reales tardarán todavía en percibirse. Las empresas, ahora, ven en las distintas posibilidades que da la legislación laboral en materia de medidas de flexibilidad interna, vías efectivas para solucionar sus problemas. Sin embargo, ya apuntaron voces autorizadas hace dos años que, en un primer momento, las empresas necesitaban ajustes en sus plantillas para adaptarlas a la realidad del mercado, por lo que el gran número de despidos colectivos desarrollados durante estos años, no ha sorprendido a nadie, pero tampoco implica que continuará así. En todo caso, desde el mes de febrero de 2012, todo proceso de despido colectivo ha ido acompañado de un proceso de sustitución de despidos a cambio de medidas alternativas de flexibilidad interna, lo que es muestra de que, una vez ajustadas las plantillas, éstas últimas medidas pasarán a ser la clave de los futuros procesos de reestructuración empresarial. El resultado de todo el análisis, por lo tanto, es el que se anticipó al inicio: empate técnico. La reforma no ha conseguido el resultado deseado, pero sí ha servido para cambiar algunos paradigmas en empresas y trabajadores que deben llevar, con el tiempo, a conseguir dinamizar el mercado de trabajo. Seguramente, el balance a los cuatro años, será mucho más positivo.
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