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Por Virginia Domingo , coordinadora del Servicio de Mediación Penal de Castilla y León-Amepax y presidenta de la Sociedad Científica de Justicia Restaurativa
Por fin, llegó el día de mi primera mediación, y pronto descubrí que por mucho que te digas “tienes todo controlado”, la vida real supera con creces la teoría. Habíamos convenido con la Fiscalía que empezaríamos con delitos menos serios y en especial faltas, sin embargo nos llegó un delito: robo con fuerza. Y no un robo cualquiera uno, en que la víctima cuando entró a su restaurante y sorprendió a una pareja robando en lugar de poner pies en polvorosa, se quedó allí recriminándolos su actitud hasta que los gritos les asustaron y huyeron, aunque posteriormente fueron capturados. En las reuniones individuales, no tardé en darme cuenta de que la víctima era una mujer con gran empatía, me comentó que esto de la mediación penal la parecía muy bien porque quería decirles unas cuantas cosas, yo la recordé las consabidas reglas de comportamiento en la reunión conjunta, a lo que ella me contestó: “hombre, ya imagino, por quién me tomas”. Hablamos durante largo tiempo, y me di cuenta de una primera cosa importante, no puedes ofrecer un proceso más humano y cercano y someter a la víctima a toda una batería de preguntas, en nuestros protocolos habíamos elaborado una serie de preguntas tales como ¿qué sentiste? ¿Qué necesitas?...pero, en la vida real esto ya se da en el proceso penal tradicional, no necesitan que lo repitamos nosotros. La reunión con los infractores fue algo más compleja, eran una mujer y un hombre en proceso de desintoxicación que cometieron el delito dos años antes, totalmente drogados y que además apenas recordaban lo sucedido. Su situación había cambiado y aunque se estaban recuperando, su pasado volvía en forma de dos juicios penales. No tenían sin duda la misma capacidad de comunicación que la víctima pero su voluntad de reunirse con ella, parecía sincera. Tampoco hice uso del consabido cuestionario. El día de la reunión conjunta íbamos a ser dos los mediadores, pero el destino me dejó sola, “ya les conoces” me dije a mi misma. Quedé con la víctima diez minutos antes de la hora fijada, la seguridad de la víctima es nuestra principal preocupación. Cuando llegaron los infractores se hizo un gran silencio, se notaba que sentían vergüenza, les invité a sentarse, había dispuesto dos sillas al lado nuestro pero de repente se sentaron en otras dos, que estaban en la sala por si acaso. Me planteé: ¿les obligo a sentarse junto a nosotros? ¿Incumplo mi lema de que la gente que participe tiene que sentirse cómoda? Así que opté por quitar importancia al “problemilla surgido”, y no llevaba más de dos minutos recordando mi función como mediadora cuando la víctima me pidió la palabra y dijo : y que coste que no muerdo…Quise que me tragara la tierra, pero para mi asombro puede ver una gran sonrisa en la mujer infractora. Cuando acabe la introducción y reglas del proceso, animé a los infractores a sentarse más cerca, y en ese mismo momento se sentaron en las sillas previamente dispuestas para ellos. Les animé a hablar, a contar su historia pero los infractores seguían un poco “bloqueados”, descubrí que poner rostro a su delito, es peor castigo que cualquier juicio. Entonces animé a la víctima a contar su propia visión de los hechos y para mi sorpresa empezó contando un chiste. Algo tan simple, rompió la barrera invisible que había entre ellos, todavía recuerdo como se reían víctima e infractores. A partir de ese momento, yo fui una simple facilitadora de la comunicación. Ellos contaron que eran adictos y que apenas se acordaban del día del delito. La víctima les comentó: creo que si os estáis rehabilitando porque no hay nada más que ver el buen aspecto que tenéis ahora, ese día estabais hechos una “mierda” Con estos comentarios yo me ponía un poco en tensión, pero me di cuenta que esto acercaba más a las personas que tenía en la sala. Luego la víctima dijo: quiero deciros lo que me supuso el delito, ese día tenía contratado el restaurante para una celebración importante y os comisteis los flanes que había hecho de postre, ¿os imagináis lo que tuve que hacer para reponerlos? Si no lo hubiera hecho, mi reputación y la de mi restaurante hubiera quedado por los suelos. En ese momento la víctima me dio otra lección: y es que por mucho que creamos saber qué necesitan, nadie mejor que ellas mismas para valorar que quieren. Y me quedaban más sorpresas, ya que los infractores pidieron perdón (algo que no es el objetivo central de la mediación penal pero que frecuentemente surge de forma espontánea) Les pregunté por el daño y cómo repararlo, la cantidad sustraída apenas eran 300 euros, la víctima quería que lo devolvieran para que aprendieran que el dinero cuesta ganarlo, sin embargo, su petición fue la siguiente: 150 euros los abonaría el hombre al centro donde estaba en tratamiento de desintoxicación y los otros 150 la mujer lo ingresaría en la cuenta de su hija, (durante la reunión ella comentó que había cambiado en parte porque había tenido una niña). Nosotros daríamos seguimiento al acuerdo y ella se conformaba con que no volvieran a delinquir. Evitaron la cárcel y dejaron las drogas, y la víctima se sintió escuchada. A pesar de las muchas sorpresas fue una mediación penal “modelo” de las que aún hoy después de ocho años sigo recordando. Mi último consejo o más bien reflexión es el siguiente: aunque la formación es esencial y necesaria, la práctica nos da la experiencia vital importante en estos procesos. Nunca debemos olvidar que a pesar de seguir unos protocolos, la mediación penal como proceso restaurativo es el que debe adaptarse a cada parte y no a la inversa, y sobre todo debemos creer en las personas, su humanidad y su capacidad para gestionar algo que las afecta tan directamente como es el delito.
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