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Como cambiar el sombrero de abogado a mediador de forma eficaz
MADRID, 20 de OCTUBRE de 2014 - LAWYERPRESS

Por Mª Teresa Olmedo Butler. Abogado y Mediadora de AD&M Olmedo Butler Abogados

Mª Teresa Olmedo ButlerEn mi doble condición de abogado y mediadora, siempre que tengo ocasión, me gusta hacer especial hincapié en lo extraño que me parece el hecho de que durante la formación universitaria, y no creo que esto haya variado mucho hoy en día, se estudien  exhaustivamente todas las normativas aplicables para la resolución, normalmente judicial, de los conflictos, que es mayormente donde se desarrollará nuestra vida profesional de letrados, y sin embargo no se dedique la mínima atención que merece, a aquello que da fundamento a esos estudios y a la normativa aplicable, que es el propio CONFLICTO.

En mi caso, la  formación en mediación fue la que me hizo ir más allá en el estudio y conocimiento más profundo de los conflictos y sus dinámicas, así como las distintas formas de enfrentarlos; conocimiento, que por otra parte entiendo desde entonces absolutamente esencial para alcanzar satisfactoriamente su resolución, sea cual sea el sistema escogido finalmente para ello. Por eso mismo, creo que debiera ser materia de estudio obligada para los universitarios, se me ocurre que quizás no sólo de derecho, puesto que el conflicto es consustancial al ser humano y a la sociedad en la que vivimos, y sea cual sea el ámbito en el que desarrollemos nuestra labor profesional,  habremos de enfrentarlos de forma cotidiana; más aún si como en el caso de la abogacía, nuestros clientes acuden al despacho en busca de ayuda profesional para resolverlos, en busca de soluciones.

Esa formación en mediación, y unos grandes maestros que me invitaron a profundizar en estas cuestiones, han colaborado a mi concienciación con el hecho de que a pesar que la profesión de letrados discurra una gran parte de las veces entre negociaciones, tampoco durante la formación universitaria se incide en esta materia de forma específica, ni se adquieren o desarrollan este tipo de capacidades, que podamos tener en mayor o menor medida previamente;  y que posteriormente para mejorar profesionalmente adquiriremos o desarrollaremos, según nuestra necesidad e interés a través de formación complementaria; y si bien es cierto que hay profesionales que son negociadores natos, también lo es, que el hecho de ser letrado o incluso un buen letrado no es sinónimo de ser un buen negociador.

Así las cosas y dado que actualmente, en mi faceta como docente me encuentro profesionales, de muy distintos ámbitos, que coinciden en querer saber cómo se cambia un rol tan marcado como el de abogado (añado yo el de cualquier otra profesión, psicólogos, arquitectos y arquitectos técnicos, economistas, ingenieros, etc….) al de mediador, sobre todo contando con una vasta experiencia profesional previa que sin duda imprime carácter;  mi respuesta es siempre la misma, se trata de cambiar el punto de vista

Para ello es importante de forma previa profundizar en ese conocimiento de los conflictos al que me he referido, conocer las distintas formas de intervenir en su resolución y con ello la diferencia entre intervenir proponiendo nosotros la solución, que es a lo que nos lleva el rol de nuestra profesión de origen, o por el contrario, intervenir facilitando que sean las propias partes las que lo resuelvan, sin necesidad de tener que acudir a un tercero en busca de esa solución; que es lo que realmente hace un mediador;  la máxima es “No es mi solución, es la suya” .

Así pues, es esa diferente perspectiva sobre el conflicto, lo que nos permitirá y facilitará ese cambio de rol, ese cambio de “sombrero” del que hablamos. Así mientras como abogados intervenimos de forma activa en la solución, proponiéndola y en su caso aplicándola, o demandando su aplicación por un tercero (el juez o el árbitro) según nuestro criterio jurídico, como mediadores únicamente intervenimos para facilitar la comunicación de las partes y que así sean capaces por sí mismas de llegar a los acuerdos, es decir, como mediadores no damos la solución ni les aconsejamos.

Necesariamente habremos de cambiar pues nuestra mirada sobre el conflicto para facilitar que sea el mediador el que actúe en lugar del letrado que también está dentro de nosotros; y desde luego, no es tarea fácil, sobre todo al principio.  

Para mí no lo fue y no me cuesta reconocerlo; muy al contrario entiendo que lleva su tiempo, acostumbrados como estamos a contemplar y estudiar las soluciones más idóneas jurídicamente, intervenir en un conflicto únicamente facilitando la comunicación entre las partes para que ellas mediante el diálogo intercambien propuestas, y manteniéndonos al margen en esa decisión para que negocien los mejores términos de un acuerdo; convengo pues, que es tarea difícil, y más si cabe, cuando el abogado que hay dentro siempre, como si tuviera vida propia ( yo siempre lo comparo de forma gráfica con un “alien”),  pugnara por salir  al percibir que las propuestas de las partes no son las que como letrado aconsejarías o elegirías.

 Aunque también es cierto, que no hay que perder la esperanza ya que con la práctica profesional, cada vez va apaciguándose más el yo letrado en favor del yo mediador, que siempre prefiere aguardar con paciencia y empatía,  a que las partes recorran el largo y duro camino del reconocimiento y la proposición constructiva.

Tanto el mediador como las partes sabemos que al final, si no hay acuerdo,  siempre está la posibilidad de una solución judicial, que en cualquier caso será impuesta con base a una serie de criterios jurídicos, que en la mayoría de las ocasiones no satisfacen al cien por cien las expectativas de todos, por lo que en mediación siempre nos apoyamos en que los acuerdos que se alcancen son siempre propios de ellos y por tanto más eficaces que los que pudieran venirles impuestos. Entender ese distinto papel que jugamos, profesionalmente respecto al conflicto, es clave y puede facilitar que no nos sea tan costoso cambiar nuestro rol según si intervenimos como letrados o como mediadores, siendo posible sin ningún género de duda alternar nuestra dedicación profesional a las dos actividades, aunque por supuesto nunca dentro del mismo caso.

Sobre esa base, he ido aprendiendo que lo realmente importante es ayudar a que se escuchen y sobre todo a que se sientan escuchadas y comprendidas por los mediadores que intervienen, y también entre ellas; lo cual se obtiene con un buen conocimiento y práctica de las técnicas de comunicación que utilizamos en el proceso; y también  he aprendido de la práctica, que la manera de facilitar el cambio de “sombrero” o de rol, es apoyarnos en la idea de que no importa nuestra posible solución ideal para el conflicto, o la que puede parecernos más justa, sino única y exclusivamente la que las partes elijan como propia, que será sin duda la mejor para ellos.

Desde el momento en que seamos capaces de ser únicamente vehículo de comunicación y no un oráculo de soluciones, podremos realizar el cambio de rol, y aunque como he dicho, no se trata de un proceso fácil al principio,  si no se realiza de forma eficaz, nos encontraremos “presionando” a las partes a adoptar soluciones que no han acordado de forma libre, voluntaria y conjunta, sino que responden a nuestras propias ideas, lo que finalmente malogrará el proceso de mediación.

Es verdad que cada conflicto es particular, como lo son las partes que lo viven y por eso como profesionales, independientemente de que aconsejemos la mediación como la mejor de las opciones, debemos entender que hay ocasiones también en las que un conflicto no es mediable o quizás las partes no se encuentran preparadas para resolverlo por ellas mismas, y de ahí que sea tan importante la existencia de buenos profesionales de la mediación como de buenos abogados. La coexistencia de ambas profesiones es fácil si somos capaces de delimitar nuestra actuación en cada uno de esos roles, respetando para ello las características propias de cada una de ellas.

 

 

 

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