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Límites al ejercicio del derecho de defensa

MADRID, 19 de MARZO de 2013
 

Concebido como un derecho fundamental por nuestra Constitución, el derecho de defensa y el derecho a la asistencia de Letrado, por su articulo 24.2, posteriormente se ha matizado, concretamente en el procedimiento criminal, como derecho a designar Abogado, lógicamente de su libre elección, y a solicitar la presencia de éste para que asista a las diligencias policiales y judiciales de declaraciones y a que intervenga en todo reconocimiento de identidad de que sea objeto. Sólo en los casos en que no se elija Abogado, se procederá entonces a la designación de uno de oficio, de conformidad con el artículo 520.1 c) de la Ley de Enjuiciamiento Criminal y únicamente si el detenido o preso se hallare incomunicado, su Abogado será designado, sin mas, de oficio de acuerdo con el artículo 527, de dudosa constitucionalidad, en relación con el artículo 520 bis de nuestro Código de procedimiento criminal. Pero, en este artículo no voy a tratar de los límites jurídicos al ejercicio del derecho fundamental de libre defensa en el proceso penal, sino de uno de los límites no terminantemente escritos, ni mucho menos, sino deducidos de lo que es, o debe ser, el comportamiento procesal del Abogado defensor con respeto a su cliente. Y para expresarse sobre ello, sin duda es necesario el conocimiento del Derecho, y sin duda también lo es el conocimiento, y muy a fondo, del ejercicio de la abogacía.

La denominada “pasión por la justicia de los ingleses”, aunque a veces para un español pueda resultar paradójica, ha llevado a la cinematografía una serie de filmes sumamente aleccionadores sobre ella, y es realmente espectacular, aunque no siempre ha sido entendida así, la película de Sir Alfred Hitchcock (1899-1980), titulada “El proceso Paladine” (1947): el asesinato de un ciego y anciano coronel británico por su viuda, joven, elegante y muy bella, que tiene como Letrado a un actor excelente como era Gregory Peck, en el papel del Abogado Mr. Keane, que se constituye en el autentico protagonista y que personifica, con inusitada vigencia, algunos de los rasgos eternos y siempre problemáticos de la muy delicada y sutil profesión de Abogado defensor.

En el film de Hitchcock se trata de un brillante profesional que acepta la defensa de la viuda acusada, con verdadero apasionamiento, como era su costumbre, inicialmente puesto en su labor profesional y que, equivocadamente, y éste seria uno de los límites reales de la defensa, se va proyectando primero de forma velada y después de una forma evidente, como un encendido enamoramiento por su bellísima defendida. La pasión por la defensa es un rasgo, incluso sumamente positivo, de la profesión de Abogado, pero nunca lo debe ser la pasión por la defendida o por el defendido, pues, entonces, esto último, hace que pierda de forma muy clara, la base de frialdad de razonamiento jurídico profesional que debe ser expuesto apasionadamente como nota persuasoria, pero nunca como expresión de una desmesurada emotividad hacia la persona defendida, puesto que en aras de esto último puede llegar a que se convierta en un elemento distorsionador y que conduzca al mas arriesgado exceso en cuanto al fondo y a la forma del mandato conferido por el cliente, y que desemboque, como sucede en el film, en un estrepitoso fracaso debido al error estratégico que todo ello pueda conllevar. Nunca se debe defender al cliente más allá de lo que éste desea y expresa. Y éste sería también un segundo límite real al ejercicio profesional del Abogado defensor.

Lo anterior queda magistralmente descrito en la película del admirable Hitchcock, pues el protagonista somete a un fiero y destructor interrogatorio al criado y antes subordinado del coronel Paradine, André Latour, desde luego movido por intensos celos, pues conocía expresamente por su defendida que ella estaba perdidamente enamorada de Latour. Hasta el punto de que ésta le comunicó que si tenía que salvarla irrogando algún perjuicio a André, prefería entonces no ser absuelta.
Esto no lo acepta, en modo alguno, el Letrado quien se lanza al vacío para salvar, a toda costa, a la señora Paradine, con una defensa instrumentada en que Latour era el verdadero asesino.

La fiereza, si bien correcta procesalmente, de los interrogatorios, conducen al frágil Latour a la consumación del suicidio, tras haber culpabilizado a la señora Paradine. A la vista de este hecho luctuoso e inesperado que se manifiesta por el agente judicial al Fiscal y al Presidente del Tribunal, el primero expone su opinión, terminante, en el sentido de que el Fiscal considera terminado este proceso. El Letrado Keane, desmedidamente enamorado y ciego, no advierte que la cuestión se habría concluido y fuerza la situación procesal solicitando que declare también su patrocinada. No lo hace absurdamente; lo hace arrebatado por el amor, ya que desea que quede patente ante la sociedad y la opinión pública, que su amada es totalmente inocente. Ésta cumple su amenaza y se declara completamente culpable, salvado la memoria de su querido y esquivo Latour y condenándose ella a la muerte. El letrado renuncia a la defensa y abandona la Sala presa de su profundo fracaso y manifiesta abandonar su profesión, equivocadamente, pero no sin cierta coherencia.
La inmensa ternura de los consejos de la señora Keane le abren un horizonte hacia la esperanza, siendo un bálsamo para la herida que le supuso el desprecio de la viuda asesina.

El letrado había roto, pues, el límite de ser fiel exponente de su cliente, y su defensa se disloca de la voluntad de esta última, conduciéndole inevitablemente al desastre.

La confianza y la total lealtad al cliente es el gran límite real, ético y podría ser que hasta normativo, del ejercicio de la abogacía, y en este caso se muestra la tensión entre fracaso y la brillantez del Letrado que vulnera el eje neurálgico del ejercicio de su profesión, que es dicha confianza y lealtad con su cliente.

Piero Calamandrei en su “Elogio de los jueces escrito por un Abogado”, subraya, con la finura y agudeza que siempre caracterizó a este maestro italiano del Derecho procesal penal, una de las notas esenciales de la profesión de Abogado. La pasión en la defensa, por lo demás coherente, es nota definitoria de la profesión junto con la muy noble parcialidad. Pasión equivale para Calamandrei a identificación solidaria en la defensa procesal entre cliente y letrado, pero nunca la pasión por el defendido o defendida, como ya hemos apuntado. Y los escasos límites a dicho apasionamiento procesal se deben situar en la legalidad constitucional que, a su vez, necesariamente se deberían entender a todos, a través de su exquisito respeto (medios de comunicación, especialmente, en la formación de opinión) y que legalmente exigen frenos a los ataques, solapados o manifiestos, de claro tufo totalitario, contra el libre ejercicio de la defensa en un Estado de Derecho, debiendo constituir, nada menos, que una infracción criminal. Que un Abogado defienda a un (presunto) asesino, o a un (presunto) narcotraficante, no tiene porqué identificársele con él, porque supondría, en principio, una auténtica infracción al derecho fundamental a la presunción de inocencia, al margen de ser un grave e intolerante ataque al derecho fundamental de la libre defensa, y que sólo se puede entender, pero nunca justificar, desde la posición del deseo de desestabilización de dicha defensa. El médico que trata, por ejemplo, una dermatitis seborreica, no tiene porqué tener caspa, ni el psiquiatra que cura a un paranoico sexual, tampoco tiene porqué ser él un enfermo sexual. Confundir, intencionadamente, al Letrado con su cliente no es más que un método, ya utilizado, por la propaganda hitleriana contra los defensores de la víctimas judíos, pero no exclusivamente, del espantoso holocausto nazi.

Mención aparte merece el personaje que representa el extraordinario actor Charles Laughton que, como Magistrado Presidente del Jurado, impenitentemente ataca, aprovechando su coyuntural posición de superioridad, con inusitado sarcasmo, al brillante Letrado, evidenciando una intensa envidia y un profundo resentimiento, debido a su deseo manifestado, y rechazado expresamente, por la persona de la señora Keane. Y que también se extiende a la señora Paradine, para incrementar el intenso dolor y fracaso del apasionado Letrado defensor, cuando el Magistrado descarta toda indulgencia, solicitada por su propia mujer, cenando privadamente en casa, respecto a la ejecución de la pena de muerte para la señora Paradine, defendiendo éste entonces su cínica posición con base en la independencia de un Juez de Su Majestad británica. La frustración sexual del magistrado la evidencia con el odio contra el marido de su deseada mujer, y que comprende también a la señora Paradine, por el citado motivo*.

Manuel Cobo del Rosal, Catedrático de Derecho Penal y Abogado.

 


 





 


 

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