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Escribir un artículo como este es una tarea arriesgada. Y es que, como
magistrado que soy, tengo prohibido inmiscuirme en política. Se entiende pues
que, opinar tal como voy a hacer sobre los programas electorales en materia de
justicia sea caminar entre arenas movedizas. Con todo, mi compromiso ciudadano
me obliga a pronunciarme sobre aquellos asuntos cruciales en los que se juega el
Estado de Derecho. Juez sí, mudo no. Uno de ellos, sin lugar a dudas, es el
gobierno del Poder Judicial. Intentaré, por tanto, no extraviarme en la selva de
la ideología, sino centrarme en los aspectos jurídicos, o más bien filosóficos
del problema. Me explico:
Difícil es poner de acuerdo a los jueces españoles, siendo como somos un
colectivo muy fragmentado. Diríase que el manido estereotipo del español
anarquizante, individualista hasta la caricatura, se cumple entre nosotros, los
ciudadanos togados de este país. Nos cuesta muchísimo trabajo concertarnos. Aun
así, a principios de este mes de noviembre de 2015, las cuatro asociaciones
judiciales coincidieron en criticar el programa electoral del partido
“Ciudadanos”. Ciertamente, no en unos términos dóciles, dado que no vacilaron en
motejarlo de “absurdo” o “regresión”. ¿A santo de qué tanta saña?
La causa no era otra que la propuesta que hacía dicha formación política
(apoyada por cuatro prestigiosos catedráticos) de suprimir el Consejo General
del Poder Judicial, órgano de gobierno de nuestra judicatura. Pretende, según
anuncia, reemplazarlo por un “presidente” (designado por una mayoría
parlamentaria de dos tercios) y por dos “adjuntos” (elegidos democráticamente
entre la magistratura). De entrada, cabría pensar que la iniciativa complacería
a los sectores judiciales más reivindicativos, que llevan años dirigiendo sus
invectivas contra un Consejo al que tachan de politizado, de ser un títere de la
oligarquía partidista. Pero, curiosamente, el efecto ha sido el contrario.
Paradojas de la vida. Parece que no se sabe cómo contentar a sus señorías.
Para descifrar este aparente enigma hay que hacer repasar la historia. España ha
cambiado mucho desde la Transición. Junto a los partidos tradicionales emergen
grupos alternativos que cuestionan el bipartidismo, cuando no el mismo
ordenamiento constitucional. Son las formaciones más conservadoras las que se
inclinan a favor de que los jueces elijan a los miembros del Consejo. Así, el
Partido Popular, principal partido del centro-derecha, incluye en la última
versión de su programa electoral: “promoveremos la reforma del sistema de
elección de los vocales del Consejo General del Poder Judicial, para que,
conforme a la Constitución, doce de sus veinte miembros sean elegidos de entre y
por jueces y magistrados de todas las categorías” (sic). Por su parte Vox,
partido emergente próximo en el espectro ideológico, se atreve con una receta
pareja, si bien constituyendo un cuerpo electoral que no sólo incluiría a los
magistrados, sino también a fiscales, secretarios, funcionarios y demás
integrantes de la Administración de Justicia.
Pues bien, cuando el mencionado partido alcanzó el gobierno de la nación (con
mayoría absoluta, tengámoslo presente) se olvidó de sus promesas. Pergeñó
una componenda híbrida que, a fin de cuentas, venía perpetuar el control de la
clase política. Sentó muy mal entre la magistratura. Muchos jueces calificaron
el nuevo sistema de “farsa electoral” e incluso llegaron a celebrar unas
elecciones alternativas que gozaron de un insospechado éxito.
La izquierda, por su parte, había mostrado tradicionalmente una preferencia por
el origen parlamentario del gobierno judicial. Con todo, el escandaloso
resultado del sistema actual parece haberles hecho reconsiderar su postura.
Aunque el borrador del programa electoral del PSOE no ofrezca una respuesta
clara sobre este tema, algunas declaraciones de su Secretario General, Pedro
Sánchez, dan a entender que las cosas van a cambiar. Si no para democratizar la
carrera judicial, al menos sí para abrir algo la mano y permitirles a los jueces
un cierto grado de participación. En la misma línea, la asociación “Jueces para
la Democracia”, referente progresista dentro de la judicatura, ha terminado
aproximándose a la idea de devolver a sus compañeros la capacidad de
autogobierno. Es un paso sin precedentes.
Pero el plato fuerte es el partido “Podemos”, que ha irrumpido con fuerza
descomunal, desbancando a los excomunistas de “Izquierda Unida” y aspirando
incluso a fagocitar al mismísimo PSOE. Su propuesta es la más radical: que los
vocales del Consejo sean elegidos directamente por votación popular. Estocada en
la más genuina herencia revolucionaria. Justicia de masas.
En este agitado escenario debuta el partido “Ciudadanos”, movimiento centrista
muy difícil de encasillar ideológicamente y que, según algunos politólogos, está
erosionando la base electoral del mismísimo Partido Popular. Mucha era la
curiosidad que entre los jueces despertó la incógnita de su futuro programa
electoral. Ya sabemos, empero, cuánta ha sido la decepción.
En realidad, “Ciudadanos” se acerca a una fórmula mixta, vagamente reminiscente
del primer modelo puesto en práctica por la ley orgánica de 1980. Intuye que esa
es la solución mejor. Pero no atina a materializarla. Con todo el respeto que me
merecen los catedráticos, de cuya ciencia bebemos gustosos los jueces, su
distanciamiento de la realidad asusta. Es un brindis al sol. Y muy peligroso.
Concentrar el grueso del gobierno del Poder Judicial en una sola persona (sin
perjuicio de sus decorativos adláteres) abre las puertas a la dictadura
judicial. En la actualidad el CGPJ no sólo detenta competencias en materia de
“política judicial”, sino que decide en áreas tan cruciales como la inspección
de los tribunales, el régimen disciplinario, los ascensos y trasladados de
nuestros magistrados o la Escuela Judicial, por citar los casos más clamorosos.
Se nota que la propuesta ha sido parida por mentes muy alejadas de la vida
cotidiana de nuestros juzgados, que ni se imaginan cuán intimidatoria es una
llamada telefónica proveniente de alguno de los vocales (por ínfimo que sea
pedigrí) a cualquier juzgado de nuestra geografía. El potencial amenazador es
inmenso. Y eso en la actualidad, sin necesidad de ninguna reforma. Figurémonos
cómo sería si algún día viese la luz semejante engendro presidencial.
Pero hay más. La ciencia política se aleja crecientemente de los modelos de
poder reconcentrado. Buen ejemplo es la Fundación “Hay Derecho” que alerta, en
un reciente informe presentado en el club 567, del riesgo que entrañan los
llamados “alcaldes fuertes” (esos zares municipales tan característicos de la
España profunda) a menudo ligados a los peores focos de corrupción local. ¿Habrá
que repetir el manido tópico de que cuánto más absoluto sea el poder, más
corrupto? Esperemos que no.
Lo malo es que estas reflexiones no son sólo teóricas. El actual Presidente del
Consejo General del Poder Judicial alcanzó una involuntaria celebridad cuando se
mostró favorable a la disciplina de los “palos y las zanahorias”, lo que amplios
sectores de la carrera judicial interpretaron como una burda bravuconada. Ni que
decir tiene que ni se le ocurrió disculparse. No queremos ni pensar cómo sería
el panorama si llegara algún día a empuñar el cetro que le ofrece el mentado
partido político. Él, u otro como él.
La moraleja es muy simple. Los políticos, políticos son. No hay que pedirle
peras al olmo. Sus pronunciamientos son el resultado de delicados equilibrios,
de componendas, de sacrificios recíprocos. La sociedad civil, en cambio, con
organizaciones como la Plataforma Cívica por la Independencia Judicial, disfruta
de la libertad de decir lo que piensa, sin deseo de agradar ni temor de
incomodar. Afortunadamente.
Pero, ¿y los catedráticos? Para mí ha sido una desilusión, siendo como soy un
enamorado de la ciencia universitaria. Lo que más me duele es la ignorancia de
quienes se supone que deberían ser fuente de sabiduría. Menos mal que siempre
nos queda el consuelo de espíritus valientes como el procesalista don Andrés de
la Oliva, que acaba de recordarnos en su bitácora los inquietantes antecedentes
tardofranquistas de algunas modas de última hora. Todo muy triste. ¿O no?
Errare humanum est. Confío en que lo yerros de hoy sean los aciertos de
mañana. Ojalá. |