Una pared es un arma muy grande. entre el vandalismo y el arte

Publicado el viernes, 22 mayo 2020

Natalia Velilla Antolín – Arte Puñetero.

¿Alguna vez te has preguntado lo que significa la palabra “arte”? El diccionario de la RAE lo define, en su primera acepción, que es la que nos importa a nuestros efectos, como «Actividad humana que tiene como fin la creación de obras culturales». No parece una definición muy esclarecedora, puesto que se remite a otro concepto igualmente indeterminado y abstracto como es “cultura”.

La mayoría de las personas identificamos el término “arte” con “belleza”. Esta es la razón por la cual el arte moderno no cuenta con tantos adeptos como el anterior a las vanguardias, donde, a partir de la Edad Media, la principal finalidad era el reflejo de la belleza en los productos artísticos humanos. No voy a desarrollar la idea, pero, aún en la antigüedad, el arte no siempre ha tenido por finalidad satisfacer las ansias estéticas humanas, sino que, en épocas como el medievo, los artistas tenían propósitos diversos, como pedagógicos o religiosos, en una población analfabeta.

Volviendo al concepto de arte, lo podríamos definir como el conjunto de creaciones voluntarias humanas que buscan expresar ideas, sentimientos, sensaciones y emociones a través de recursos plásticos o técnicos con reflejo sensorial. Por ello, cualquiera puede hacer arte para expresarse, si bien no siempre tendrá el reconocimiento del público. Apunto que, para tenerlo, tienes que aportar un ingrediente de originalidad, cada día más difícil de conseguir.

En los años 60, en el neoyorkino barrio del Bronx, surgió, como reacción a la marginalidad en la que vivían los colectivos que residían allí, la mayoría de origen afroamericano o latino, un movimiento cultural que se ha denominado arte callejero o graffiti. Este movimiento, que se extendió como la pólvora por todo el mundo, nació como forma de expresión de mensajes contenido político y crítica social. Empezó con la aparición de grandes pintadas ejecutadas con aerosoles acrílicos en paredes y vagones de tren. Posteriormente, evolucionó hacia la utilización del estarcido y las plantillas.

Muchos pensarán que no hay nada bello en el arte callejero y que el vandalismo no puede considerarse arte.

El Código Penal español considera delito al que causare daños en propiedad ajena, siendo un tipo agravado si dicho daño afecta a bienes de dominio o uso público o comunal (artículo 263). Hasta 2015 se preveía la falta de deslucimiento de inmuebles en el artículo 626 del Código Penal, hoy derogado.

Para diferenciar el delito de daños de la falta de deslucimiento, la jurisprudencia entendía que, en el primer caso, el graffiti debía ser de tales características que impidiera la restitución del bien a su estado originario sin el empleo de una actividad restauradora importante que obligara a volver a pintar el inmueble, mientras que, para que fuera falta de deslucimiento, la pintada tenía que ser susceptible de ser limpiada. Con la reforma del Código Penal efectuada por la Ley Orgánica 1/2015, que despenalizó las faltas, estas acciones leves pasaron a ser calificadas como infracción administrativa recogida en el artículo 37.2 de la Ley Orgánica de Protección de la Seguridad Ciudadana.

Y yo me pregunto ¿es posible considerar arte a un acto ilegal?

Obviamente, si la pintada ha sido realizada con consentimiento del titular del inmueble, la pregunta deviene inútil. Así, por ejemplo, el gran mural de la plaza de Puerta Cerrada en Madrid, cerca de la Plaza Mayor, con el lema «fui sobre agua edificada, mis muros de fuego son, esta es mi insignia y blasón», realizado por Alberto Corazón para embellecer la lisa pared del edificio sobre el que se pintó, fue realizada por encargo y consentimiento de los titulares del edificio. Pero cuando este consentimiento no es prestado, ¿es arte?

Si volvemos a la definición que apuntaba antes, arte y derecho poco tienen que ver, pese a que me dedique semanalmente a intentar asociar ambas producciones humanas. La expresión de emociones, sentimientos, pensamientos y opiniones no tiene que ser necesariamente legal para ser arte. Otra cuestión es cómo reacciona el Estado frente a dichas expresiones, que, en principio, no tienen por qué quedar impunes.

La evolución del arte callejero ha convertido a ciertos autores en verdaderos artistas reconocidos, que han llegado a exponer en museos y galerías de arte. A modo de ejemplo, hay que destacar la obra de la artista callejera sudafricana conocida como “Faith47”, con murales sobre el apartheid, si bien, tras el cambio político y social de su país, se ha centrado recientemente en temáticas relacionadas con el medio ambiente y la insana relación del hombre con la naturaleza. O los disruptivos hermanos Os Gemeos, brasileños, que describen sus obras callejeras como “fantasías escapistas”, en un estilo onírico, plástico y semejante a las ilustraciones, y que acostumbran a pintar sus figuras humanas con la piel amarilla con las que exponen sus ideas sobre las circunstancias políticas y sociales de su país en las calles de São Paulo.

Sin embargo, el primer graffitero que alcanzó verdadera fama a nivel internacional fue Jean-Michel Basquiat, un icono pop a quien su inusual talento, su amistad con Andy Warhol y su abrupta muerte a los 27 años de edad –engrosando el mito del Club de los 27-, le han dotado de inmortalidad en las filas del arte moderno. De origen haitiano, nació en el Bronx, donde se inició con el pseudónimo SAMO como graffitero. Su paso a la pintura comenzó con la exposición colectiva “Times Square Show”, convirtiéndose en 1980 en un referente del arte de la época. Lo llamativo de Basquiat es que nunca tuvo un propósito estético en su obra. Su originalidad radica en su expresividad, vitalidad, frescura, y textualismo utilizando referencias musicales de jazz y rock con mensajes de identidad racial y cuestiones transculturales. Sus obras destilan violencia visual y fuerza plástica.

Más amable en sus formas, pero igualmente comprometido en su mensaje, es el genial Banksy, pseudónimo de un artista inglés nacido en Bristol en 1974 de identidad desconocida. El graffiti y el estarcido, así como la utilización de plantillas, son su seña de identidad, que, a menudo, imprime en paredes de calles de todo el mundo, especialmente en Reino Unido. A él le debemos la frase «Una pared es un arma muy grande. Es una de las cosas más desagradables con las que puedes golpear a alguien». Este artista siempre busca remover conciencias y realizar críticas políticas y sociales. De las calles pasó a los museos a través de stunts (actos-atentado), que consisten en colarse en los museos más famosos del mundo y plantar sus obras de forma clandestina, como una reacción contra el arte comercial. A él le debemos la frase «el éxito comercial es un fracaso para el graffitero». Para demostrarlo, instaló un mecanismo de autodestrucción en el interior del marco victoriano de una de sus obras –una niña con un globo en forma de corazón– que, el 5 de octubre de 2018, en el mismo momento en que el mazo del subastero de Shoteby’s golpeaba la madera adjudicando la obra a su postor por 1,180 millones de euros, comenzó a triturar el lienzo. ¿Estafa o arte?

Termino alabando el talento artístico de Banksy, cuyas obras no dejan indiferente a nadie. A una perfecta ejecución plástica ­–indudablemente bella­–, se une la particularidad de convertir la crudeza y franqueza en amabilidad y solidaridad. Así, en su última obra, publicada en su red de Instagram (vemos que el artista respeta el confinamiento), “Game Changer”, muestra a un niño jugando con una enfermera con capa. No es ni Batman, ni Superman. Todo un homenaje a los grandes héroes de la pandemia por la COVID-19.

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