Francisco de Vitoria

Precursor de los derechos humanos y del derecho internacional, un humanista presente en el discurso del Papa León XIV pronunciado ante las Cortes Generales

Francisco de Vitoria

Manuel Jaén Vallejo

Hace ahora dos años tuve la oportunidad de escribir unas líneas sobre “La independencia del Poder Judicial en un Estado democrático de Derecho. Sin independencia judicial no hay Justicia” (Lawyerpress news, 1-7-2024), en homenaje a mi asociación judicial, la Asociación Judicial Francisco de Vitoria (AJFV), con ocasión del 40 aniversario de su constitución (1984), destacando entonces el enorme orgullo de pertenecer a una asociación con el nombre de este gran humanista y jurisconculto, teólogo, escritor y economista del siglo XVI (1483/1546).

Una asociación con unas señas de identidad, con un ideario, que la caracterizan, como la defensa de los valores y principios constitucionales (la libertad, la justicia, la igualdad, el pluralismo, la dignidad de la persona y los derechos inviolables que le son inherentes), con plena independencia respecto a los partidos políticos, algo que ha supuesto un enorme sacrificio para sus miembros, que no ha podido contar con las mismas posibilidades de promoción que otros compañeros de asociaciones como la APM y JD, y con plena libertad de voto y democracia interna, sin los estereotipos y prejuicios que rigen en otros colectivos, coherentemente con el pluralismo propio de nuestra sociedad.

Orgullo que ahora es mayor aún en estos días, en los que se han producido dos acontecimientos inolvidables, que siempre estarán en nuestra memoria.

El primero ha sido la concesión a Francisco de Vitoria del doctorado “Honoris Causa”, a título póstumo, por la Universidad de Salamanca, al cumplirse los 500 años desde que este ilustre fraile dominico obtuviera su cátedra Prima de Teología el 7-9-1526, así como también los 500 años de la Escuela de Salamanca a la que aquel perteneció, junto con otros grandes pensadores como Domingo de Soto y Francisco Suárez.

Francisco de Vitoria, a pesar del tiempo transcurrido, sigue siendo una figura de plena actualidad.

Este prestigioso profesor universitario, que tanto contribuyó a la enseñanza en su alma máter que fue la Universidad de Salamanca, y en donde tantos recuerdos se guardan de él, fue quien sentó las bases tanto de la defensa de los derechos humanos como del derecho internacional.

Como dijo el también fraile dominico Pablo Carlos Sicouly, en el momento de recibir el “Honoris Causa” en nombre de la Orden de los Dominicos a la que pertenecía Francisco de Vitoria: “Francisco de Vitoria contribuyó al reconocimiento de la plena dignidad humana y jurídica de todos los seres humanos, incluidos los pueblos indígenas de América”, y “fue también el primer representante de una reflexión sobre la comunidad internacional mundial: el totus urbis, comprendido como una comunidad de todos los pueblos fundada en el derecho natural universal y no en el uso de la fuerza”.

Un excelente acto académico y muy acertado homenaje el ofrecido a Francisco de Vitoria en estos días en Salamanca, al que a tantos doctores y profesores de Derecho nos hubiera gustado sumarnos, y con certeza a alguna representación de la AJFV, siempre defendiendo la independencia judicial y la separación de poderes como límite al poder político, que son las claves principales del Estado democrático de Derecho.

Hay una hermosa obra, Derechos Humanos en Francisco de Vitoria (editorial San Esteban, Salamanca, 2ª edición, 1984), en donde se recogen esos principios vitorianos sobre los derechos del hombre, que revelan el gran humanismo de este ilustre profesor y jurista. Como una simple muestra cito los siguientes:

  • “el hombre fue creado en libertad”;
  • “por derecho natural todos los hombres son libres”;
  • “sólo en la comunicación de unos con otros mediante la palabra y por los intercambios de experiencias, conocimientos y afectos, pueden los hombres conseguir su perfección como personas”;
  • “todos los hombres son por derecho natural iguales”;
  • “la coexistencia, la tolerancia, la convivencia y el diálogo, son derechos humanos con sus correlativos deberes, que deben manifestarse principalmente en el orden del pensamiento y de la religión”;
  • “uno de los derechos más importantes del hombre es su educación, que le va perfeccionando en su condición de hombre”;
  • “la mentira es un gran mal”;
  • “los magistrados deben juzgar conforme a las leyes existentes en la república”;
  • “desde el momento en que consta que una ley es inicua, no se ha de obrar conforme a ella”;
  • “para que una ley sea justa y pueda obligar, no basta la voluntad del legislador, es necesaria que sea útil a la república y armónica o acorde con los demás” (pp. 241 y ss.), etc.

Derechos y principios, no se olvide, que están mencionados en el siglo XVI, llegando a afirmar, en tiempos del descubrimiento de América, que los indios no son seres inferiores, sino que poseen los mismos derechos que cualquier ser humano, siendo dueños de sus tierras y bienes, ideas que se tuvieron en cuenta en la leyes de Indias, promulgadas en 1542, reinando Carlos I.

El segundo acontecimiento al que antes me refería tiene que ver con la especial mención que a Francisco de Vitoria y la Escuela de Salamanca hizo el Papa León XIV en su discurso ante las Cortes Generales el pasado lunes día 8.

Dijo el Papa que hablar de la persona humana conducía naturalmente a Salamanca, en donde hace cinco siglos se abrían «mundos nuevos» y posibilidades inmensas de las relaciones entre los pueblos, y algunos maestros comprendieron que la razón no podía ser invocada para revestir de legitimidad la fuerza, introduciendo así en el discernimiento histórico la pregunta por el valor irreductible de todo ser humano y los límites morales del poder.

El Papa dejó claro en su alocución que la reflexión de un totus orbis, de una comunidad humana, que permitía afirmar la existencia de vínculos jurídicos y morales entre los pueblos, realizado por la Escuela de Salamanca, de manera particular por fray Francisco de Vitoria, junto con otros dominicos y jesuitas, contribuyó a formar una conciencia jurídica y moral capaz de recordar que la autoridad lleva siempre consigo una responsabilidad, y que todo ser humano debe ser reconocido como sujeto de derechos y deberes.

Un anhelo, concluía el Papa, que debe llevar también hoy a desear que la dignidad, la justicia, y el bien común, sean la medida de las relaciones sociales, tanto a nivel nacional como internacional, y a que la paz se construya sobre el reconocimiento de la persona y no sobre la imposición de la fuerza.

Dos acontecimientos los que hemos vivido estos días, la concesión del doctorado «Honoris Causa» a Francisco de Vitoria, y la reivindicación por el Papa del legado de la Escuela de Salamanca, en especial de Francisco de Vitoria, que han permitido rememorar justamente a esta gran figura del siglo XVI, que da nombre a una de las asociaciones judiciales más importantes de nuestro país, y tan necesaria en los tiempos actuales, en los que tantas arremetidas viene sufriendo la independencia del Poder Judicial, única y auténtica garantía del Estado democrático de Derecho.

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