La
cosa
se
torció
desde
el
principio.
Yo
estaba
seguro
que
iba
a
ganar
aquel
juicio,
mi
primer
juicio,
un
robo
que
me
había
tocado
defender
de
oficio.
Había
estudiado
minuciosamente
el
asunto,
había
analizado
letra
por
letra
la
causa,
había
incluso
calculado
que
el
sol
ya
se
había
puesto
a la
hora
en
que
ocurrieron
los
hechos,
estaba
convencido
que
la
identificación
de
mi
cliente
podía
ser
errónea...
Así
que,
con
la
confianza
que
da
la
inexperiencia,
me
coloqué
mi
mejor
(y
único)
traje
y
entré
en
la
sala
con
gesto
grave,
plenamente
consciente
de
la
alta
misión
que
iba
a
llevar
a
cabo
e
imbuido
de
elevados
ideales.
Pero,
como
digo,
la
cosa
se
torció
desde
el
principio.
Mi
cliente,
un
hombre
con
gravísimos
antecedentes,
aún
no
había
llegado
pues
venía
conducido
desde
la
prisión
por
la
guardia
civil,
de
forma
que
ocupé
mi
lugar
en
estrados
tras
saludar
con
mucha
unción
al
magistrado
y al
fiscal
que,
tras
devolverme
el
saludo,
siguieron
a lo
suyo
sin
dar
demasiada
importancia
a mi
presencia.
Al
poco
se
oyó
ruido
de
golpes
en
los
ascensores,
un
rumor
alarmante
que
iba
subiendo
de
intensidad
a la
par
que
subía
el
ascensor...
“Creo
que
ya
viene
su
cliente...”
(me
dijo
el
juez)
“lo
digo
por
si
quiere
usted
hablar
con
él...”
Iba
a
responderle
pero
el
ascensor
había
llegado
ya a
nuestra
planta
y se
oían
con
toda
claridad
gritos
por
el
pasillo...
"¡Me
voy
a
comer
el
corazón
del
juez!
¡Hijos
de
puta!"
Me
quedé
petrificado
y
todavía
estaba
pensando
qué
responder
al
Juez
cuando
A.V.H.
hizo
su
entrada
en
la
sala
de
vistas,
esposado
y
con
cuatro
guardias
tratando
de
sujetarlo
pues
mi
cliente,
lejos
de
resistirse
a
entrar
en
sala,
lo
que
parecía
pretender
era
abalanzarse
sobre
el
juez.
Los
guardias
a
duras
penas
lo
sujetaban,
él
lanzaba
gritos
de
furia
y
trataba
de
cargar
contra
el
juez;
en
un
momento
determinado
la
melé
formada
por
mi
cliente
y
los
guardias
llegó
a la
altura
del
banquillo
de
los
acusados,
el
forcejeo
cesó
momentáneamente
y
A.V.H.
levantó
la
cabeza
y
mirando
al
juez
le
dijo
más
que
le
gritó:
-"Hijo
de
puta"
En
ese
momento
yo
había
perdido
toda
mi
calma
anterior,
mi
cliente,
mi
primer
cliente,
estaba
insultando
al
juez
y
eso
empezaba
a
sospechar
no
parecía
demasiado
beneficioso
para
mi
bien
estudiada
estrategia
procesal,
mi
pose
antes
digna
y
marmórea
era
ahora
más
bien
una
inmovilidad
asustada
y
cerúlea.
La
afrenta
materna,
sin
embargo,
no
pareció
afectar
demasiado
al
juez
que
respondió
con
sosiego:
-"Mire
A.,
le
conozco
mucho,
sé
que
tiene
una
larga
condena
y
que
trata
de
provocar
delitos
para
buscar
la
fuga
en
los
traslados...
sé
que
lo
ha
logrado
alguna
vez
pero
ya
está
bien,
mandaré
que
le
saquen
si
sigue
comportándose
así...
Mire,
ahí
tiene
a su
abogado..."
A.V.H.
me
miró
en
ese
momento
y
dijo:
-¡Yo
no
quiero
a
ese
abogado!
¡Que
me
lo
cambien!
Vi
el
cielo
abierto
y
balbuceé...
"Bueno
Señoría
si
el
acusado
renuncia
a
mí..."
Pero
no
había
acabado
de
empezar
a
ponerme
en
pié
cuando
el
magistrado
me
dijo
-"Usted
no
se
va,
llevamos
ya
muchas
suspensiones
de
este
juicio...”
Emití
un
respetuoso
"¡glups!"
y
volví
a
sentarme...
A
esas
alturas
ya
no
estaba
para
reflexiones
jurídicas
ni
para
contestar
a
nadie
con
coherencia.
A.V.H.
trató
de
cargar
contra
el
juez
dos
o
tres
veces
más
y,
tras
esto
y
media
docena
de
blasfemias,
el
juez
mandó
que
lo
sacaran
de
la
sala.
Traté
de
poner
en
duda
la
fiabilidad
del
reconocimiento
sin
éxito,
luego
dijimos
aquello
de
"por
reproducidas"
y "a
definitivas"
y me
dieron
la
venia
para
informar.
Mi
bien
preparado
informe
oral
se
convirtió
en
una
sucesión
de "ejems",
toses,
carraspeos
y
muletillas
jurídicas
sin
sentido.
Salí
aturdido
de
la
sala
y
sin
demasiadas
ganas
de
contar
a
nadie
lo
ocurrido.
Años
después
A.V.H.
logró
por
fin
su
objetivo:
Durante
un
juicio
en
la
Audiencia
Provincial
de
Murcia
logró
zafarse
de
los
policías
que
le
sujetaban
y
saltar
sobre
la
mesa
del
tribunal
donde
conectó
una
fuerte
patada
en
la
cara
a
uno
de
los
jueces,
el
suceso
sorprendió
a
muchos,
pero
no a
mí
que
ya
conocía
como
se
las
gastaba.
Traté
de
seguir
la
pista
de
A.V.H.,
conocí
de
su
larga
carrera
delictiva
y,
hará
unos
pocos
años
vi
que
tenía
página
en
una
red
social;
supe
que
había
permanecido
muchos
años
en
prisión
en
durísimas
condiciones,
que
había
escrito
un
libro
sobre
sus
experiencias
en
la
cárcel
que
tuvo
bastante
éxito
y
que
mantenía
íntegro
su
espíritu
rebelde.
Ahora
está
en
libertad
y
firma
ejemplares
de
su
obra
en
la
feria
del
libro.
Me
habría
gustado
ganar
mi
primer
juicio
pero,
como
dije,
todo
se
torció
desde
el
principio.
Sin
embargo
esto
importa
poco
pues
la
vida
es
larga
y
siempre
te
da
oportunidades.
Y me
las
dio.
Y no
solo
a mí
sino
también
a
A.V.H.
Espero
que
todo
le
vaya
(nos
vaya)
bien
en
el
futuro,
que
el
viento
le
sople
de
espaldas
y
que
nunca
más
vuelva
a
necesitar
un
abogado.
Esta
va
por
ti.